Me llamo Nurys Helena, tengo 52 años y desde que tengo memoria he sido increíblemente cosquilluda. Mido aproximadamente 1,75 metros, tengo piel blanca, cabello negro y ojos café. Vivo sola en un apartamento en Boca Ratón, Florida, y aunque mis dos hijos ya son mayores y viven con sus parejas, mi hogar nunca está vacío, pues lo comparto con mis dos adorables pero traviesos perros french poodle, Motita y Goosie.
Desde siempre he tenido cosquillas en todo el cuerpo, pero mi punto más sensible, sin duda alguna, son las plantas de mis pies. Esas zonas son mi mayor debilidad; cualquier roce, caricia o toque me hace perder el control y soltar carcajadas incontrolables. Cuando mis hijos eran pequeños, disfrutaban haciéndome cosquillas en los pies, y ahora, después de tanto tiempo, terminé experimentando algo completamente nuevo y alocado… todo por culpa de algo que leí en internet.
Hace unos días, navegando en la web, encontré un artículo que hablaba sobre las cosquillas con animales, en especial con perros. Decía que algunos perros, al jugar con los pies de sus dueños, podían provocarles sensaciones extremadamente cosquillosas, sobre todo si los lamían o mordisqueaban suavemente. Me pareció una idea loca y al mismo tiempo interesante. Como amante de las cosquillas y conociendo mi propia sensibilidad en los pies, me pregunté qué pasaría si intentaba algo así con Motita y Goosie.
Así que decidí probar.
Una tarde, después de regresar de mi rutina de ejercicio, me senté en el sofá de la sala, cansada pero con la emoción de poner en marcha mi plan. Mis perros, como siempre, se alegraron de verme y saltaron a mi lado. Me quité los tenis y las medias, dejando mis pies completamente desnudos y vulnerables. Primero, para provocar su reacción, jugué con ellos usando mis medias, golpeándolos suavemente en el hocico para que las olfatearan e intentaran morderlas. Como esperaba, se entusiasmaron de inmediato, gruñendo y tratando de arrebatármelas con sus dientecitos.
Cuando vi que estaban lo suficientemente ‘emocionados’, retiré las medias y, en su lugar, puse mis pies frente a ellos. Lo que sucedió después fue un caos absoluto.
Motita y Goosie no dudaron ni un segundo en atacar mis pies con mordisquitos rápidos y juguetones. La primera mordida en mis plantas me hizo soltar una carcajada tan fuerte que me sorprendí a mí misma. Sentí una descarga de cosquillas desesperantes recorrer todo mi cuerpo.
—¡Oh, no! ¡Jajajajaja! ¡Dios mío, no, no, no! —grité entre risas, retorciéndome en el sofá.
Los dos perros estaban completamente metidos en su juego, mordiéndome con más entusiasmo cada vez que movía mis pies. Lo peor era que mis arcos eran su blanco favorito, la parte más hipersensible de mis pies. Cada vez que sus dientecitos tocaban esos puntos, me volvía loca de la risa, moviendo desesperadamente los pies sin poder detenerlos.
—¡Jajajajajaja! ¡No puedo más! ¡Aaah, mis pies! —seguía riendo sin poder escapar.
Los mordiscos eran constantes y firmes, sus pequeños dientes presionaban mis plantas sin compasión. Cuando me mordían los arcos, la sensación se intensificaba de una manera insoportable, como si cada diente activara un punto de cosquillas aún más profundo. Mis carcajadas eran un completo descontrol, mis piernas temblaban y golpeaban involuntariamente el sofá, pero en lugar de alejarlos, esto parecía emocionarlos aún más. Mis dedos de los pies se abrían y cerraban con desesperación, tratando de encontrar alivio, pero cada movimiento solo lograba que sus pequeñas bocas encontraran más espacios para morderme sin piedad.
Mi risa resonaba en toda la sala. Intenté bajarlos, pero cada vez que retiraba un pie, el otro quedaba expuesto y recibía una nueva andanada de mordiscos que me hacían retorcer de la risa. Finalmente, logré apartarlos por un momento, agarré mis medias para distraerlos y tomar un respiro. Pero apenas me sentí lista nuevamente, retiré las medias y volví a poner mis pies desprotegidos frente a ellos.
Esta vez, en lugar de morderme de inmediato, comenzaron a lamerme. Sus lenguas ásperas recorrieron cada rincón de mis plantas, trazando líneas ardientes que despertaban un nuevo tipo de cosquilleo. La sensación era distinta a los mordiscos: más lenta, más agonizante, como una tortura dulce e imparable.
—¡Jajajajajaja! ¡Por favor, basta, basta! —supliqué entre carcajadas, pero no tenía a nadie que me ayudara. Era yo misma quien debía decidir cuándo detenerlo.
Cada vez que una lengua recorría mis arcos, mi cuerpo entero se estremecía, un temblor de pura sensibilidad me recorría de pies a cabeza. Intenté apretar los dedos de los pies, tratando de bloquear la sensación, pero lo único que logré fue atraparlos entre sus lenguas, lo que los incentivó a lamer con más fuerza. Mis piernas golpeaban el sofá mientras mis manos se aferraban a los cojines, tratando de soportar la sensación insoportable.
Mis carcajadas se volvieron más entrecortadas, mis ojos lagrimeaban y apenas podía respirar. Sentía que cada centímetro de mis pies ardía de cosquillas, una mezcla entre dulzura y desesperación que nunca antes había experimentado. Me revolvía en el sofá, con la boca abierta en un grito de risa, mientras mis perros continuaban con su juego sin la menor intención de detenerse.
Después de varios minutos de tortura, logré reunir fuerzas y aparté mis pies. Acaricié a Motita y Goosie con mis manos temblorosas, tratando de recuperar el aliento. Ellos, satisfechos y tranquilos, se bajaron del sofá, fueron a tomar agua y luego se echaron a dormir plácidamente, como si nada hubiera pasado.
Yo, en cambio, me quedé jadeando, mirando mis pies ahora completamente rojos, con marcas de dientes y cubiertos de saliva. Aún sentía el cosquilleo residual recorriendo mis plantas, como si sus lenguas y dientes siguieran allí.
Me recosté en el sofá, con una sonrisa en los labios, sin poder creer lo que acababa de vivir. No podía negar que había sido una de las experiencias más intensas y cosquillosas de mi vida. Y lo más extraño de todo… es que sabía que no sería la última vez que lo haría.
Nurys Helena
Original de Tickling Stories
