Tiempo de lectura aprox: 3 minutos, 24 segundos
Desde que tengo memoria, las cosquillas han sido una constante en mi vida. Soy Andrea, una madre soltera de 32 años, de piel blanca, 1.70 metros de estatura, contextura normal y con un hijo maravilloso llamado Camilo. Siempre he sido extremadamente cosquilluda, algo que descubrí desde niña, cuando mis hermanos mayores, cinco en total, encontraban placer en atormentarme con cosquillas en cada oportunidad que tenían.
Recuerdo que cuando era pequeña, mis hermanos disfrutaban haciéndome cosquillas en todo el cuerpo: axilas, costillas, cintura, y sobre todo en mis plantas de los pies, que siempre han sido mi punto más cosquilloso. No importaba cuántas veces les suplicara que se detuvieran, ellos seguían, riendo y disfrutando de mi sufrimiento entre risas incontrolables. La misma historia se repetía con mis primos. En especial, un primo que era dos años mayor que yo, con quien tuve una experiencia muy particular cuando tenía 15 años. Me quedé en su casa y él, obsesionado con hacerme cosquillas en los pies, no paró hasta hacerme llorar de la risa.
En el colegio, la historia no cambió mucho. Estudié en un colegio de monjas solo para señoritas y mis amigas sabían perfectamente de mis cosquillas. De vez en cuando se aprovechaban de eso, haciéndome ataques sorpresa que me dejaban sin aliento. Luego, al llegar la adolescencia, tuve un novio que cuando descubrió mi debilidad, quiso hacerme cosquillas todo el tiempo. No soporté la obsesión y terminé la relación.
Cuando llegué a la universidad, fue cuando entendí realmente que las cosquillas, especialmente en los pies, eran un fetiche para muchas personas. Fue ahí donde conocí a Miguel, mi novio de ese entonces, quien tenía un fetiche con los pies femeninos y, por supuesto, con hacer cosquillas. Al principio, me gustaba que me prestara tanta atención y jugara conmigo de esa manera, pero luego se convirtió en una tortura, especialmente cuando su mejor amigo, Camilo Andrés, que tenía el mismo fetiche, se unió a los juegos.
“¡Por favor, no! ¡No más cosquillas en los pies!” solía suplicar entre carcajadas, mientras ambos se turnaban para inmovilizarme y hacerme sufrir con sus dedos en mis plantas.
Pero lo peor estaba por venir. Después de terminar con Miguel, Camilo Andrés seguía frecuentando mi apartamento. Entre visita y visita, y entre sesiones de cosquillas, un día la situación escaló a otro nivel y terminamos teniendo relaciones. De ahí, quedé embarazada de mi hijo Camilo. Cuando le di la noticia, Camilo Andrés se mostró responsable, pero dejó en claro que no podía interrumpir sus estudios. Sin embargo, aseguró que respondería por el niño sin problemas.
Al principio, intentamos vivir juntos, formar una familia, pero todo se derrumbó cuando descubrí que me estaba siendo infiel con su secretaria. “No puedo creer que fueras capaz de hacerle cosquillas en los pies a otra mujer,” le reclamé en su momento. Él solo rió con nerviosismo y desde entonces decidimos criar a Camilo por separado.
A pesar de todo, mantenemos una relación cordial por el bienestar de nuestro hijo. Sin embargo, de vez en cuando, él no puede evitar hacer comentarios como:
“¿Sigues igual de cosquilluda en los pies?”
A lo que yo, con un poco de ironía, le respondo: “Si no hubieras sido infiel, podrías averiguarlo tú mismo.”
Recientemente, mi hijo Camilo ha descubierto mi debilidad y lo ha compartido con algunos niños que cuido en mi casa para ganar dinero extra. En una ocasión, mientras descansaba en el sofá con los pies descalzos, uno de los niños, Jorge, descubrió mis cosquillas en los pies y, como era de esperarse, todos se lanzaron sobre mí, haciéndome cosquillas sin piedad.
“Noooo, niños, por favor, ¡no más!” gritaba entre carcajadas, mientras ellos reían y coreaban “¡Tiene cosquillas!”
Fue una experiencia agotadora, pero divertida. Y hablando de experiencias nuevas, hace poco empecé a salir con una mujer, Ximena. No me considero ni lesbiana ni bisexual, simplemente somos muy buenas amigas con una conexión especial. Tiene 38 años, piel blanca, ojos verdes y cabello negro.
En nuestras salidas, hemos ido a spas juntas y hemos tocado el tema de las cosquillas. Descubrimos que compartimos algo en común: ambas somos extremadamente cosquilludas, sobre todo en los pies. Ximena, a diferencia de mí, disfruta más hacer cosquillas que recibirlas.
Una noche, después de unas copas de vino en su apartamento, la conversación se tornó más íntima.
“Entonces, ¿qué hacías cuando los niños te hacían cosquillas en los pies?” me preguntó con curiosidad.
“Solo me reía… no podía hacer otra cosa,” respondí con una sonrisa nerviosa.
De repente, sin previo aviso, Ximena se lanzó sobre mí y comenzó a hacerme cosquillas en las costillas, cintura y axilas. Entre risas y defensas, no tuve más opción que contraatacar, haciéndole cosquillas a ella también. Ambas terminamos riendo sin control, hasta que Ximena tomó la iniciativa de quitarme los tacones y hacerme cosquillas en los pies.
“Noooo, Ximena, por favor, mis pies noooo,” le supliqué riendo.
Ella simplemente rió y dijo: “Ahora es mi turno.”
Aproveché la situación y le quité sus tacones, atacando sus pies de la misma manera. Fue un duelo de cosquillas en el que ninguna quería ceder, hasta que nos dolió el estómago de tanto reír.
Después, Ximena besó mis pies y comenzó a lamer mis plantas y chuparme los dedos. “¿Te molesta?” preguntó mirándome a los ojos.
“No, continúa,” respondí, sintiendo un cosquilleo diferente.
Cuando terminó, levantó sus pies hacia mí y me pidió que hiciera lo mismo. Al hacerlo, vi su rostro lleno de diversión y placer, riendo suavemente cuando mis labios recorrieron sus plantas. Al final, nos besamos y seguimos conversando como si nada hubiera pasado. Después de terminar dos botellas de vino, me despedí y regresé a casa, donde pagué a la niñera y me acosté, reflexionando sobre todo lo que había pasado.
Definitivamente, las cosquillas han marcado mi vida de muchas formas, desde mi infancia hasta el presente. Con Ximena he descubierto una faceta dentro de mí que no conocía, y aunque todo ha sido espontáneo, lo estamos disfrutando. Al final, lo importante es vivir el momento y disfrutar cada risa que la vida nos regala.
Andrea
Original de Tickling Stories
