Las crónicas de Erika – Parte 2

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Erika decidió mantenerse a salvo, o al menos eso pensaba, estableciendo su base de operaciones únicamente en su tienda de campaña. La idea de volver a entrar a la mansión era aterradora, y mucho más descalza, sabiendo que sus pantuflas habían quedado atrapadas en aquel fatídico lugar. Cada vez que veía la estructura desde lejos, un escalofrío recorría su espalda, recordándole la humillante y desesperante experiencia vivida días atrás.

A pesar de ello, Erika no se rendía en su afán de documentar el misterio. Desde su tienda de campaña, comenzó a explorar formas de investigar sin exponerse. Usaba drones para capturar imágenes de las habitaciones superiores y cámaras térmicas para intentar detectar cualquier actividad inusual. Sin embargo, las grabaciones eran confusas: sombras fugaces, risas distantes que parecían provenir de ninguna parte, y extrañas marcas que aparecían en las paredes cada vez que revisaba los videos.

Erika intentaba distraerse con su trabajo, pero no podía dejar de sentir que estaba siendo observada constantemente. En más de una ocasión, mientras escribía en su laptop, escuchaba risitas bajas y burlonas que parecían provenir de todas direcciones. A menudo encontraba pequeños rastros fuera de la tienda, como pisadas diminutas en la tierra, y objetos ligeramente movidos, como si alguien hubiera estado rondando mientras dormía.

Una noche particularmente fría, mientras revisaba las grabaciones más recientes, Erika notó algo que la dejó helada. En un video capturado por su dron, justo en la ventana del tercer piso, se podía ver una sombra con forma humanoide que agitaba la mano hacia la cámara antes de desaparecer en la oscuridad. El gesto parecía burlón, casi como si la invitara a regresar.

El miedo la invadió, pero también la curiosidad. Sabía que mantenerse alejada era lo más sensato, pero el misterio de la mansión la estaba consumiendo lentamente. Cada día que pasaba, la presión de descubrir qué estaba ocurriendo aumentaba. Sin embargo, juró que esta vez no cometería el error de entrar desprotegida o sin un plan. Y lo más importante, no pensaba exponerse descalza nunca más.

O eso creía…

El invierno comenzó a cubrir el bosque con su manto blanco, transformando el paisaje en un escenario tan hermoso como hostil. Erika, ahora adaptándose al cambio de estación, cambió su ropa ligera por chaquetas gruesas, pantalones térmicos y botas resistentes al frío. Su tienda de campaña, reforzada contra el clima extremo, se convirtió en su refugio principal. Había preparado todo para una estancia prolongada, con suficientes provisiones, baterías y una conexión a internet satelital que le permitía mantenerse en contacto con el mundo exterior mientras documentaba su experiencia.

La nieve caía constantemente, amortiguando los sonidos del bosque y creando un ambiente aún más aislado. Erika intentaba mantenerse ocupada con sus investigaciones y redacciones, pero el ambiente tranquilo y las sombras que se proyectaban sobre la nieve parecían intensificar su sensación de vulnerabilidad. Cada tanto, mientras revisaba sus notas o grabaciones, sentía como si algo la estuviera observando desde los árboles o incluso desde la mansión misma.

Una noche particularmente fría, mientras editaba sus videos frente a una pequeña estufa portátil, escuchó algo que la hizo detenerse. Era un sonido leve, como el crujir de la nieve bajo pies diminutos. Al asomarse por la entrada de la tienda, no vio nada al principio, solo la blancura del paisaje iluminado por la luz de la luna. Pero cuando su linterna barrió el área cercana, pudo distinguir huellas diminutas que se dirigían hacia su tienda, rodeándola por completo.

El frío le recorrió la espalda, pero decidió no entrar en pánico. Con su cámara en mano, comenzó a grabar mientras seguía el rastro de las huellas, que desaparecían misteriosamente a pocos metros de la tienda. Cuando regresó, encontró algo inesperado: sobre la nieve frente a su entrada había una pequeña figura de madera tallada, representando a una mujer con las manos levantadas y los pies descalzos.

El mensaje era claro, aunque no sabía si debía interpretarlo como una advertencia o una invitación. Erika sabía que no podía ignorar el extraño regalo, pero también comprendía que cualquier acción que tomara podría desatar algo más grande. Mientras miraba la figura, una risa leve, casi imperceptible, resonó en la distancia, mezclándose con el ulular del viento invernal.

Esa noche, el viento soplaba con fuerza, haciendo crujir las ramas de los árboles cubiertos de nieve. Erika, arropada en su saco de dormir, trataba de ignorar los inquietantes sonidos del exterior. Sin embargo, los aullidos comenzaron a intensificarse, resonando en un círculo inquietante alrededor de su tienda. El miedo empezaba a instalarse en su pecho mientras trataba de convencerse de que los lobos simplemente pasaban cerca.

Lo que Erika no podía imaginar era que esos lobos no eran completamente libres. Los duendes de la mansión, con su misteriosa capacidad de influir en el entorno, habían logrado tomar control de la manada. Desde lo profundo de la mansión, los pequeños seres reían y susurraban entre ellos, tramando cómo aprovechar el nuevo escenario.

De repente, Erika escuchó un ruido fuerte justo afuera de su tienda, como si algo pesado hubiera caído sobre la nieve. Alarmada, tomó su linterna y su cámara, preparándose para registrar cualquier cosa que pudiera estar ocurriendo. Al abrir cuidadosamente la entrada de la tienda, su corazón dio un vuelco: frente a ella había un enorme lobo de pelaje gris, sus ojos brillaban con un extraño fulgor verde. Otros lobos comenzaron a aparecer alrededor, moviéndose lentamente, como si fueran atraídos por una fuerza invisible.

Antes de que pudiera reaccionar, uno de los lobos empujó la entrada, obligándola a retroceder dentro de la tienda. Erika trató de cerrar la cremallera, pero algo increíble sucedió: los lobos no la atacaron. En cambio, comenzaron a moverse de manera peculiar, con una coordinación extraña. Un lobo acercó su hocico y mordió con delicadeza la bota de Erika, quitándosela de un tirón. Otro hizo lo mismo con la otra bota, mientras sus ojos brillantes parecían observarla con una inteligencia que no era propia de un animal.

Erika, paralizada por la confusión, sintió un escalofrío cuando los lobos comenzaron a lamer sus pies descalzos con sus ásperas lenguas. La sensación era extrañamente cosquillosa, y Erika no pudo evitar soltar una carcajada involuntaria. Trató de mover sus pies, pero los lobos eran rápidos y coordinados, sujetándola suavemente con sus patas mientras continuaban.

En ese momento, escuchó una risa tenue pero familiar: los duendes. Estaban allí, invisibles, regocijándose con lo que estaba sucediendo. Erika finalmente entendió: los lobos eran una extensión de los juegos de los duendes, una herramienta para seguir con su tortura de cosquillas. Mientras las carcajadas de Erika llenaban la tienda, los duendes susurraban desde la distancia:
—La nieve trae nuevas formas de diversión, Erika… ¿Estás lista para jugar?

La situación se tornó aún más aterradora y surrealista para Erika. Su cuerpo, completamente inmovilizado por esa fuerza invisible, se encontraba ahora vulnerable en el interior de su propia tienda de campaña. Los lobos, guiados por una inteligencia sobrenatural y bajo el control de los duendes, entraron lentamente, sus ojos brillantes reflejando la luz tenue de la linterna que había caído al suelo.

El extraño líquido viscoso, tibio y pegajoso, cubría cada rincón de su piel expuesta. Erika intentó gritar, pero lo único que salía de su boca eran risas desenfrenadas. Apenas los lobos comenzaron a lamerla, una sensación indescriptible la invadió. Sus lenguas ásperas recorrían sus costillas, su abdomen, sus piernas y sus brazos, sin dejar ni un centímetro sin atender. Cuando sus lenguas llegaron a las plantas de sus pies, Erika perdió completamente el control de sus carcajadas.

—¡JAJAJAJAJAJAJA, NOOOO, POR FAVOR, AHAHAHAHAHA! —intentaba suplicar entre risas, pero sus palabras eran tragadas por el eco de su propia desesperación.

La sensación era insoportable. Los lobos lamían sin piedad, atraídos por el sabor del líquido que los duendes habían esparcido estratégicamente. Sus lenguas trabajaban al unísono, creando una sinfonía de cosquillas que recorría cada terminación nerviosa del cuerpo de Erika. Algunos se concentraban en su cuello y sus costillas, donde la piel era más sensible, mientras que otros se enfocaban en las plantas de sus pies y entre sus dedos, lugares que siempre habían sido su punto débil.

En el fondo de su mente, Erika sabía que esto no era natural. Los lobos no se comportaban así, y el hecho de que una fuerza invisible la mantuviera inmóvil solo confirmaba lo que temía: los duendes estaban detrás de todo esto. Entre carcajadas, Erika podía oír sus risas lejanas y burlonas, resonando como ecos fantasmas en su cabeza.

—¡JAJAJAJAJA, PAREN, AHAHAHAHA, NO MÁS! —gritaba Erika, pero la tortura continuaba.

Los lobos no tenían prisa. Su coordinación y precisión eran casi imposibles para criaturas normales. Uno de ellos incluso utilizó su hocico para empujar suavemente su cabello, permitiendo que otro lobo comenzara a lamer detrás de su oreja, provocándole una explosión de risas que la dejó sin aire.

El tiempo parecía detenerse mientras Erika era sometida a esa insólita tortura. Su cuerpo estaba agotado, pero los duendes parecían deleitarse con su sufrimiento. Desde lo profundo de la mansión, sus risas burlonas resonaban en su mente como si estuvieran disfrutando cada segundo de su desesperación.

Los lobos, controlados por aquella fuerza sobrenatural, no mostraban señales de detenerse. Erika seguía completamente inmóvil, atrapada por esa energía invisible que la mantenía prisionera. Aunque no había ataduras visibles, era como si el aire mismo se hubiera solidificado alrededor de su cuerpo, impidiéndole cualquier movimiento.

Las lenguas ásperas de los lobos continuaban su labor, recorriendo cada rincón de su cuerpo sin piedad. Erika no podía hacer otra cosa más que reír. Su risa resonaba con tal intensidad que parecía competir con los aullidos lejanos del bosque.

—¡JAJAJAJAJA! ¡NO PUEDO MÁS! ¡AHAHAHAHAHA, POR FAVOR, DETÉNGANSE! —gritaba entre carcajadas, pero sus súplicas caían en oídos sordos.

Uno de los lobos se concentró en sus costillas, lamiendo entre los espacios de cada hueso, mientras otro lamía el arco de su pie izquierdo, provocándole un estallido de risas aún más fuerte. Otros dos lobos trabajaban en sincronía, uno lamiendo su cuello y el otro explorando su abdomen, donde el líquido viscoso parecía haberse acumulado más.

Erika intentaba desesperadamente apretar sus músculos para soportar la intensidad, pero la inmovilidad forzada la hacía completamente vulnerable. Cuando pensó que la situación no podía empeorar, sintió cómo uno de los lobos comenzaba a lamer la parte interna de su rodilla, un área que siempre había sido extremadamente sensible.

—¡AAAAAAH, NO AHÍ! ¡JAJAJAJAJAJA, POR FAVOR, AAAAHAHAHAHAHA! —sus gritos eran una mezcla de desesperación y risa incontrolable.

Los duendes parecían deleitarse con el espectáculo. Aunque Erika no podía verlos, sentía su presencia, sus risas burlonas resonando en su mente como un eco lejano.

A medida que pasaban los minutos, los lobos comenzaron a enfocarse nuevamente en las plantas de sus pies, un lugar que para Erika era su mayor debilidad. Uno de ellos lamía con movimientos lentos y deliberados, mientras otro usaba su hocico para empujar suavemente entre sus dedos. Erika sentía que su mente se iba a romper con la intensidad de las sensaciones.

—¡AHAHAHAHAHA, POR FAVOR, DETÉNGANSE! ¡NO MÁS, NO MÁS! —gritaba, pero sus palabras eran arrastradas por sus carcajadas sin fin.

Los lobos no mostraban señales de agotamiento, mientras que Erika sentía cómo su energía se iba desvaneciendo poco a poco. La noche avanzaba lentamente, y la fría brisa invernal que entraba por la tienda de campaña no hacía más que recordarle que estaba atrapada en una pesadilla de la que no podía despertar.

Mientras sus carcajadas llenaban el aire, Erika se preguntaba cuánto tiempo más podría soportar. Su cuerpo temblaba de agotamiento, pero los lobos seguían, incansables y controlados por una fuerza que parecía disfrutar llevándola al límite de su resistencia.

Como si una nueva orden hubiera sido impartida desde esa misteriosa fuerza que los controlaba, los lobos cambiaron sus movimientos. Las lenguas ásperas que recorrían las plantas de los pies de Erika fueron sustituidas por suaves mordiscos, que, aunque no causaban daño, lograban intensificar las cosquillas de una manera que ella nunca habría imaginado posible.

—¡NOOOOOOOO! ¡AAAAAAAH! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA, POR FAVOR! ¡AHAHAHAHAHA, ME VOY A VOLVER LOCA! —gritaba Erika, totalmente fuera de sí.

Sus pies, ya hipersensibles por las continuas lamidas, ahora eran torturados por los pequeños dientes de los lobos que mordían justo en los puntos más vulnerables: los arcos, los talones, los dedos y las suaves almohadillas debajo de estos. Cada mordisco enviaba oleadas de cosquillas tan extremas que el cuerpo de Erika parecía querer retorcerse, pero la fuerza invisible seguía manteniéndola inmóvil.

Uno de los lobos se enfocó en mordisquear delicadamente entre los dedos de su pie derecho, mientras otro mordisqueaba los bordes del talón izquierdo. La combinación era devastadora, y Erika solo podía llorar de risa, con las lágrimas resbalando por su rostro.

—¡JAJAJAJAJAJA, NO MÁS, NO MÁS! ¡ESTO ES DEMASIADO! ¡AHAHAHAHAHA, AYUDAAAAA!

El líquido viscoso que aún cubría sus pies parecía intensificar las sensaciones, haciéndolos aún más irresistibles para los lobos. Cada mordisco era preciso, meticuloso, como si estuvieran siguiendo un plan para llevarla al borde de la locura. Uno de los lobos, más audaz que los demás, mordisqueó justo en la base de los dedos, donde la piel era increíblemente delicada, arrancando un grito ahogado de Erika que rápidamente se transformó en carcajadas histéricas.

Los duendes, aunque invisibles, se deleitaban en las profundidades de la mansión. Sus risitas burlonas resonaban en la mente de Erika, amplificando su desesperación. Sentía como si todo su ser estuviera atrapado en un bucle interminable de sensaciones insoportables.

Intentó apretar los dedos, arrugar las plantas, incluso mover los pies en vano, pero los lobos seguían, mordisqueando y estimulando cada milímetro de piel con precisión implacable.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJA! ¡NO PUEDO MÁS! ¡JAJAJAJAJAJA, ME VAN A MATAR DE RISA! —su voz, rota y desesperada, se alzó entre las carcajadas, pero no había nadie que pudiera socorrerla.

La noche se sentía interminable, y los lobos, como si estuvieran en un trance, continuaban su misión. Erika estaba atrapada en un torbellino de cosquillas extremas, incapaz de liberarse ni de despertar de lo que parecía una cruel realidad.

Los lobos parecían haber recibido una nueva orden, como si algo o alguien estuviera dirigiendo cada uno de sus movimientos. Ahora, todos se concentraban en las zonas más sensibles de Erika: las plantas y los arcos de sus pies.

Sus pequeños dientes presionaban suavemente contra la delicada piel, mordisqueando con precisión quirúrgica. Cada mordisco era rápido y ligero, apenas lo suficiente para estimular los nervios más sensibles, pero sin causar ningún dolor.

—¡AAAAAH, JAJAJAJAJAJAJAJA! ¡POR FAVOR, POR FAVOR, NO MÁS! ¡AHAHAHAHA, ME VOY A VOLVER LOOOCA! —gritaba Erika, con la voz completamente rota, mientras las carcajadas continuaban desbordándose de su garganta.

Los lobos no mostraban piedad. Uno de ellos, más audaz, enfocó sus mordiscos justo en el arco del pie derecho, donde la piel era tan fina y sensible que cada contacto enviaba una descarga eléctrica de cosquillas a través del cuerpo de Erika. Otro se dedicó a la planta del pie izquierdo, mordisqueando lenta y meticulosamente desde el talón hasta la base de los dedos.

—¡JAJAJAJAJAJA! ¡AHÍ NO! ¡AHÍ NO! ¡JAJAJAJAJAJA, POR FAVOR, AHÍ NOOOO!

Intentó encoger los pies, apretar los dedos, estirarlos para liberarse de esa tortura implacable, pero era inútil. Sus pies permanecían perfectamente inmóviles, ofrecidos a los lobos que trabajaban con una coordinación que parecía sobrenatural.

El líquido viscoso que cubría sus pies amplificaba las sensaciones, haciendo que cada mordisco se sintiera como una explosión de cosquillas insoportable. Los lobos parecían deleitarse en los arcos, mordisqueando en línea recta y deteniéndose en puntos clave para lamer brevemente antes de continuar con los mordiscos.

—¡JAJAJAJAJAJAJA, NO PUEDO MÁS! ¡AHAHAHAHAHA, ESTO ES UNA LOCURA! ¡JAJAJAJAJAJA!

Su risa resonaba en la tienda, mezclándose con los sonidos de las lenguas y mordiscos. Los lobos parecían incansables, y Erika, atrapada e incapaz de moverse, solo podía entregarse a la desesperación de esa noche interminable.

Erika sintió un cambio sutil pero significativo en la presión invisible que la mantenía prisionera. Aunque su cuerpo seguía inmovilizado, pudo mover los pies por primera vez en lo que parecía una eternidad. Sin embargo, este pequeño acto de libertad pronto se convirtió en un nuevo desencadenante para su sufrimiento.

Cada intento de escapar hacía que sus pies golpearan los hocicos de los lobos. Los animales retrocedían momentáneamente, pero regresaban con mayor ferocidad, mordiendo con más intensidad. Los mordiscos, que antes eran ligeros y controlados, se volvieron más vigorosos, como si los lobos hubieran decidido castigar a Erika por su resistencia.

—¡AAAAH, JAJAJAJAJAJAJAJA! ¡NO, NO, NO MÁS, POR FAVOR! ¡ESTO ES UNA LOCURA! —gritaba entre carcajadas, tratando de controlar los movimientos de sus pies para evitar provocar a los lobos, pero su instinto de defensa era más fuerte que su lógica.

El lobo más grande tomó posición en su pie derecho, hundiendo sus dientes con precisión en el arco y mordiendo con una fuerza que, aunque no perforaba la piel, amplificaba las cosquillas hasta niveles que Erika jamás había creído posibles. Mientras tanto, otros dos lobos atacaban su pie izquierdo, mordisqueando la planta y los dedos con movimientos rápidos y sincronizados.

—¡JAJAJAJAJAJA! ¡AHÍ NO, POR FAVOR, AHÍ NOOOO! ¡JAJAJAJAJA, NO PUEDO MÁS!

Intentó mover los pies con mayor vigor, pateando de un lado a otro, pero esto solo parecía enfurecer más a los lobos. Los mordiscos se intensificaban, y ahora incluían lamidas intermitentes, lo que añadía una nueva capa de tortura a la ya insoportable situación.

—¡AAAAAH, ME ESTÁN MATANDO DE RISA! ¡POR FAVOR, PAREN! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!

El líquido viscoso en sus pies actuaba como un potenciador, haciendo que cada mordisco y lamida se sintiera como un rayo de cosquillas recorriendo su cuerpo. Los lobos no mostraban señales de detenerse, y Erika estaba al borde de la histeria. Su risa se tornaba más aguda, sus gritos de súplica más desesperados, mientras los lobos continuaban implacables.

El aire frío de la noche y el calor que emanaba de los cuerpos de los lobos se mezclaban, creando una atmósfera surrealista. Erika sabía que debía encontrar una forma de liberarse antes de que su resistencia se agotara por completo, pero la fuerza invisible que aún la aprisionaba parcialmente parecía disfrutar de su desesperación tanto como los lobos que la rodeaban.

El líquido viscoso que había cubierto el cuerpo de Erika finalmente desapareció por completo, dejando su piel limpia pero aún hipersensible, como si el misterioso fluido hubiera potenciado sus terminaciones nerviosas al máximo antes de desvanecerse. Sin embargo, los lobos, como si ya no necesitaran de aquel catalizador, continuaban concentrados en las plantas de sus pies con una intensidad que parecía interminable.

Cada mordisco era calculado, sus dientes rozando apenas la delicada piel de los arcos y las plantas. A veces, sus hocicos presionaban con fuerza, mientras que otras veces sus lenguas húmedas volvían a deslizarse entre sus dedos, alternando entre mordidas rápidas y lamidas que mantenían a Erika al borde de la locura.

—¡JAJAJAJAJA! ¡NO MÁS, NO PUEDO MÁS! —gritaba Erika, su cuerpo temblando por las carcajadas, aunque seguía incapaz de moverse por completo. Sus pies, ahora libres de ataduras invisibles, intentaban esquivar los ataques, pero cada movimiento provocaba que los lobos redoblaran sus esfuerzos, como si jugaran con su presa.

El lobo más grande, que parecía liderar la manada, mordisqueaba el arco del pie derecho de Erika con una precisión perturbadora, mientras otros dos lobos se enfocaban en los dedos del pie izquierdo, succionándolos y mordiéndolos suavemente. Erika sentía que su risa ya no le pertenecía, era una reacción automática de su cuerpo ante el ataque incesante.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡AAAAH, ESTO NO ES REAL, NO ES REAL! ¡POR FAVOR, DETÉNGANSE!

La madera del suelo de su tienda crujía bajo el peso de los lobos mientras estos seguían con su peculiar tortura, ignorando por completo los gritos de Erika. Su respiración era errática, mezclándose con carcajadas descontroladas. Cada vez que creía que los lobos se cansarían, estos parecían revitalizarse, atacando con renovada energía.

El frío del bosque comenzaba a filtrarse en la tienda, pero el calor de su cuerpo, sumado al frenesí de los lobos, la mantenía en un estado febril. Erika sentía que su resistencia se desmoronaba, pero la tortura continuaba como si no hubiera fin.

—¡JAJAJAJAJAJAJA, NO MÁS, NO MÁS! ¡ME RINDO, ME RINDO!

Las palabras salían entrecortadas entre carcajadas, pero los lobos parecían sordos a sus súplicas. En el fondo, Erika empezaba a darse cuenta de que estaba completamente a merced de estas criaturas y de la fuerza invisible que, aunque ahora menos restrictiva, seguía dominándola por completo.

Los lobos, como si estuvieran poseídos por un deseo interminable de «jugar», mantenían su enfoque en las hipersensibles plantas de Erika. Sus mordidas eran rápidas, firmes, pero curiosamente delicadas, como si midieran la presión exacta para no lastimarla, pero sí para llevarla al límite de su resistencia. Las plantas de sus pies eran un hervidero de sensaciones: mordiscos que rozaban, lenguas que lamían, y hocicos húmedos que presionaban contra su piel, combinándose en una tormenta implacable de cosquillas.

—¡AAAAAHHH! ¡JAJAJAJAJAJAJA, NOOOOO, POR FAVOR, NO MÁS! —gritaba Erika con desesperación, sus carcajadas mezclándose con jadeos y súplicas entrecortadas.

El lobo más grande, con su hocico oscuro y ojos brillantes, se enfocaba en los arcos del pie derecho, mordisqueando con precisión justo en el punto donde la piel era más vulnerable. Los otros lobos se alternaban entre los dedos y las almohadillas del pie izquierdo, metiendo sus lenguas entre los espacios y mordiendo suavemente las puntas, lo que provocaba que Erika lanzara carcajadas aún más estruendosas.

—¡JAJAJAJAJAJAJA, NO PUEDO MÁS, ¡ES DEMASIADO! —gritaba mientras intentaba mover los pies frenéticamente, pero los lobos, como si anticiparan cada intento de escape, seguían sus movimientos con precisión, asegurándose de que sus mordidas y lengüetazos llegaran exactamente a las zonas más sensibles.

El contacto constante en sus plantas, combinado con la vulnerabilidad de estar descalza y a merced de los lobos, la mantenía atrapada en un estado de risa descontrolada. Cada mordisco en sus arcos la hacía arquearse ligeramente, mientras que los lametones entre los dedos la hacían lanzar gritos agudos de desesperación.

El frío del bosque parecía desaparecer frente al calor generado por su cuerpo, que vibraba con cada carcajada. Erika se retorcía, sus movimientos limitados por la fuerza invisible que la mantenía en su sitio. Sus pies se sacudían, pero los lobos lo tomaban como una invitación para intensificar su ataque, redoblando las mordidas y lengüetazos en un juego interminable.

—¡JAJAJAJAJAJA, ¡POR FAVOR, PAREN! ¡JAJAJAJAJAJAJA, NO MÁS, NO MÁS!

Pero los lobos no tenían intención de detenerse. Sus colas se movían de lado a lado, como si disfrutaran tanto como ella sufría. La fuerza invisible parecía amplificar las cosquillas, asegurándose de que Erika no pudiera encontrar un momento de respiro. Su risa resonaba en el silencio del bosque, un eco de pura agonía y caos.

Erika cayó al suelo de su tienda de campaña con un golpe sordo, sus músculos temblando por el agotamiento extremo y su respiración entrecortada. El sudor frío recorría su frente y espalda mientras intentaba comprender lo que acababa de suceder. Miró a su alrededor, pero la tienda estaba completamente vacía. Los lobos habían desaparecido sin dejar rastro, como si nunca hubieran estado allí.

Se quedó tendida unos segundos, jadeando, intentando reunir fuerzas. Su mente estaba nublada, confusa, y una sensación de irrealidad se apoderó de ella. Tocó sus pies, como si necesitara confirmar que estaban intactos. No había marcas de mordiscos, ni rastros del líquido viscoso que cubría su piel hace unos instantes. Todo parecía… normal.

«¿Fue un sueño? ¿Una alucinación?» pensó Erika, mientras se incorporaba lentamente, todavía temblando. Pero el cansancio en su cuerpo y el eco de sus propias carcajadas resonando en su mente le decían que aquello había sido demasiado real para ser producto de su imaginación.

Al inspeccionar el interior de la tienda, todo estaba en su lugar: su ropa, su mochila, incluso su laptop conectada a la antena satelital. Pero la sensación de haber estado prisionera bajo una fuerza invisible y a merced de los lobos era imposible de ignorar.

Decidió salir de la tienda, envuelta en una manta, para respirar el aire frío de la noche. Afuera, la nieve había comenzado a caer suavemente, cubriendo el bosque con un manto blanco que parecía tranquilizador. Pero Erika no podía relajarse. Cada crujido de las ramas, cada soplo del viento, la hacía dar un respingo.

Al mirar hacia la mansión, a lo lejos, vio una tenue luz parpadeante en una de las ventanas superiores. Se quedó paralizada, observando fijamente. ¿Era su imaginación? ¿O acaso la mansión seguía viva, burlándose de ella?

Un escalofrío recorrió su columna, pero Erika no podía apartar la vista de esa luz. Finalmente, dio un paso atrás y regresó a su tienda, cerrando la cremallera con manos temblorosas. Esa noche, durmió con un cuchillo a su lado y el corazón acelerado, sin saber si las verdaderas pesadillas estaban dentro o fuera de la tienda.

En el fondo de su mente, una idea comenzaba a tomar forma: esto no había terminado. Y la mansión, con sus secretos y fuerzas inexplicables, no había dicho su última palabra.

Continuará…
Original de Tickling Stories

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