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Hola, soy Gisselle. Tengo 39 años, mido 1,79 metros de estatura y me encanta usar tacones que resaltan mi figura alta y elegante. Tengo el cabello castaño, ojos color miel y piel blanca. Llevo una vida saludable y dedico tiempo al gimnasio para mantenerme en forma. Soy profesional en Negocios Internacionales, y mi carrera me llevó a mudarme de Colombia a Boston, Estados Unidos, donde dirijo mi propia firma de negocios. Me desplazo por la ciudad en mi Mercedes-Benz deportivo, un reflejo de mi estilo y determinación. Sin embargo, hay algo curioso sobre mí que pocos conocen: soy terriblemente cosquilluda en todo mi cuerpo, pero mis pies, especialmente los arcos, son mi punto más sensible y vulnerable.
Todo comenzó una tarde después de salir del centro comercial. Estaba caminando hacia mi auto, cuando un hombre se me acercó con una pregunta inesperada. Aunque al principio estaba un poco recelosa, decidí escuchar. «¿Tienes cosquillas?» preguntó, directo y sin rodeos. Mi desconcierto fue evidente, pero mi curiosidad superó mi reserva. Respondí que sí, que tenía cosquillas, y él continuó con otra pregunta: «¿Te considerarías muy cosquilluda?» Sin poder evitarlo, admití que sí, que era extremadamente cosquilluda, y cuando me pidió que le dijera mi punto más cosquilloso, confesé que eran las plantas de mis pies, sobre todo los arcos.
El hombre, que se presentó como Max, me explicó que dirigía un estudio donde realizaba sesiones de cosquillas con mujeres cosquilludas. Me entregó una tarjeta con el nombre «Tickling in Boston» y un número de contacto. Aunque al principio me parecía algo descabellado, mi curiosidad no dejaba de crecer. Esa misma noche, después de llegar a mi apartamento y trabajar un rato en mi laptop, tomé la tarjeta y decidí escribirle. Max respondió de inmediato y me dio la dirección de su estudio. Sin pensarlo demasiado, me cambié de ropa, me puse un pantalón de seda negro, tacones negros y una camisa negra de manga larga. Completar el conjunto con mi chaqueta de cuero negra y un bolso rojo. Estaba lista para lo desconocido.
Cuando llegué al estudio, Max me recibió con una sonrisa tranquila y profesional. Me condujo al interior, donde una silla de bondaje dominaba el espacio. Tenía un cepo para asegurar los pies y correas en los extremos para las muñecas. Me explicó cómo funcionaba todo y me invitó a sentarme. Aunque estaba nerviosa, también estaba intrigada, así que acepté. Me quité la chaqueta y me aseguró las muñecas con correas. Luego aseguró mis pies en el cepo, dejando mis tacones puestos hasta el último momento.
Con una sonrisa que delataba su experiencia, Max retiró lentamente mis tacones, dejando mis pies descalzos y expuestos. Mis uñas, pintadas de un rojo impecable, destacaban contra la piel suave de mis plantas. Él no perdió tiempo y comenzó a deslizar sus dedos por mis axilas. La sensación fue inmediata; solté una carcajada involuntaria y moví mi cuerpo en un intento de escapar, pero las correas me mantenían fija en mi lugar. Max siguió explorando, ahora en mis costillas y cintura. Cada movimiento de sus dedos provocaba una ola de risas y desesperación. Me revolqué en la silla, incapaz de detener las carcajadas que escapaban de mis labios.
Justo cuando pensaba que no podía ser más intenso, Max bajó a mis muslos y rodillas. Sus dedos se movían rápidos y precisos, arrancándome carcajadas cada vez más altas. Sentía cómo mi energía se agotaba mientras trataba de resistir, pero era imposible. Entonces, el momento más temido llegó: Max se concentró en mis pies.
Al deslizar sus dedos por los arcos de mis plantas, sentí una sensación tan intensa que no pude contener un grito seguido de carcajadas desesperadas. Él alternaba entre usar sus dedos, sus uñas y, para mi sorpresa, un cepillo de peinar que deslizaba con maestría sobre mi piel. La combinación de las cerdas del cepillo y sus movimientos calculados sobre mis arcos me llevó al límite. Mis pies se movían frenéticamente en un intento de escapar, pero el cepo los mantenía perfectamente inmóviles. Max disfrutaba de cada momento; su rostro reflejaba satisfacción mientras observaba mi lucha y escuchaba mis carcajadas incontrolables.
“Eres más cosquilluda de lo que imaginé,” dijo con una sonrisa mientras continuaba su «trabajo». Yo apenas podía responder entre risas y gritos. La sensación de desesperación e impotencia era abrumadora, pero también había algo emocionante en la experiencia. Cada vez que el cepillo tocaba mis plantas, especialmente los arcos, sentía cómo mi risa se transformaba en una mezcla de carcajadas y súplicas.
Finalmente, después de lo que parecieron horas pero probablemente fueron solo unos minutos, Max se detuvo y me dio un momento para recuperar el aliento. Me miró con una expresión divertida y dijo: “Creo que esta sesión fue un éxito. Eres una de las personas más cosquilludas que he conocido.” Aunque estaba exhausta, no pude evitar sonreír ante su comentario. La experiencia había sido intensa, pero también única.
Esa noche, mientras conducía de regreso a mi apartamento en mi Mercedes-Benz, no podía dejar de pensar en lo que había ocurrido. Había descubierto una parte de mí misma que nunca había explorado, y aunque fue desafiante, también fue emocionante. Quizá, solo quizá, consideraría repetir la experiencia.
Gisselle
Original de Tickling Stories
