Lo peor de tener cosquillas en los pies – Parte 2

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Mira, yo creo que hay personas que nacen con ciertas cosas marcadas. No elegiste tu nombre, no elegiste tu familia, y desde luego yo no elegí tener estas cosquillas que me persiguen desde que tengo uso de razón.

Soy Mónica, tengo 55 años, soy ama de casa, viuda desde hace unos años. Mis hijos ya son grandes, cada uno con su vida, y yo soy abuela de dos nietos maravillosos que son la luz de mis ojos. Pero también son los que han heredado el talento de mi familia para encontrarme el punto débil y no dejarme en paz.

Tengo cosquillas en todo el cuerpo, eso sí. Si alguien me toca las costillas, me encogió. Si me rozan el cuello, me pongo nerviosa. Pero mis pies… mis pies son mi perdición. Desde que era joven, siempre he tenido unas plantas de los pies terriblemente sensibles. Cualquier roce, cualquier dedo, cualquier cosquilleo me desmonta por completo. Y todos los que me conocen lo saben.

Porque las cosquillas en mis pies han sido una constante en mi vida. No importa la edad que tenga, no importa dónde esté. Siempre hay alguien que descubre mi punto débil y no duda en aprovecharlo.

Y ahora que soy abuela, la historia se repite. Mis nietos, con sus manitas pequeñas, han descubierto que su abuela tiene cosquillas en los pies. Y no hay quien los detenga.

Pero vamos por partes. Porque esta historia no empezó con mis nietos. Empezó hace muchos años, con un vecino adolescente que no sabía lo que iba a desencadenar.

Cuando tenía unos treinta y tantos años, vivía en un barrio tranquilo con mi familia. Mis hijos eran pequeños, mi esposo trabajaba, y yo me ocupaba de la casa. Era una vida tranquila, hasta que llegaron los vecinos nuevos.

Eran una familia con un hijo adolescente llamado Pablo. Tendría unos quince o dieciséis años, era alto, delgado, y siempre estaba buscando algo que hacer. Era un chico inquieto, travieso, de esos que no se quedan quietos. Y un día, sin querer, descubrió mi punto débil.

Estaba en el jardín de mi casa, regando las plantas con la manguera. Llevaba sandalias, porque era verano y hacía calor. Pablo, que pasaba por la calle, se asomó por la verja y me saludó. Yo le devolví el saludo y seguí regando. Pero él no se fue. Se quedó ahí, apoyado en la verja, mirándome.

—Doña Mónica, ¿necesita ayuda con algo? —me preguntó.

—No, hijo, estoy bien. Gracias —respondí.

Pero él no se fue. Se acercó un poco más y se quedó mirando mis pies. Me dio un poco de vergüenza que un chico adolescente estuviera mirándome los pies, así que moví los dedos dentro de las sandalias, sin querer. Pablo se rió y dijo:

—Doña Mónica, ¿usted tiene cosquillas en los pies?

Yo me quedé helada. Me puse colorada y no supe qué decir. Era una observación inocente, pero dio justo en el blanco. Y él, al verme tan nerviosa, se dio cuenta de que había tocado un tema sensible.

—No sé de qué me hablas, Pablo —dije, intentando cambiar de tema—. Bueno, tengo que seguir regando.

—Es solo curiosidad, doña Mónica —dijo él, con una sonrisa tranquila—. Nada más.

Yo lo miré, dudando. Era un chico, solo un adolescente curioso. No había malicia en sus ojos, solo esa curiosidad natural que tienen los jóvenes.

—¿Por qué quieres saber eso? —pregunté, sin poder evitar mi propia curiosidad.

—No sé —respondió él, encogiendo los hombros—. Solo es curiosidad. Siempre me ha dado curiosidad saber si la gente tiene cosquillas en los pies. Nunca se lo había preguntado a nadie.

Lo miré un momento. No había nada raro en él. Solo un chico que hacía una pregunta extraña, pero sincera.

—Bueno —dije, suspirando—, pues sí. Tengo cosquillas en los pies.

—¿En todo el pie o alguna parte en especial? —preguntó, con los ojos brillándole de curiosidad.

—Sobre todo en la planta —respondí, sin saber por qué le estaba contando esto.

Pablo asintió, como si hubiera confirmado algo que ya sospechaba.

—Gracias, doña Mónica —dijo, sonriendo—. Solo quería saber.

Y se dio la vuelta, salió del jardín y se fue caminando por la calle como si nada.

Yo me quedé allí, con la manguera en la mano, sin saber muy bien qué había pasado. Solo un chico curioso que me había hecho una pregunta inesperada. Nada más.

Pero algo en su mirada me dijo que no había sido solo curiosidad. Que había despertado algo en él. Un interés, una fascinación. Y yo, sin saberlo, había sido la primera persona en confirmarle lo que siempre había querido saber.

Pasaron unos días. Yo seguía con mi vida normal, ocupándome de la casa, de mis hijos, de todo. La conversación con Pablo había quedado como una anécdota curiosa, algo que recordaba y me hacía sonreír. No le di más importancia.

Hasta que un martes por la mañana, sobre las nueve, sonó el timbre.

Me extrañó. A esa hora, mis hijos estaban en el colegio y mi esposo en el trabajo. No esperaba a nadie. Me sequé las manos en el delantal y fui a abrir.

Allí estaba Pablo, con su mochila colgada de un hombro, mirándome con esa sonrisa tranquila que ya conocía.

—¿Pablo? —dije, sorprendida—. ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar en el colegio?

Él bajó la mirada, un poco avergonzado.

—Es que… me devolvieron —dijo—. No llevaba unas cosas que pedían para hoy. Me mandaron a casa a buscarlas.

Yo lo miré, dudando. No sonaba del todo convincente. Pero era un chico, y no era mi hijo. No podía juzgarlo.

—Bueno, ¿y no tienes llaves de tu casa? —pregunté.

—Mis papás están trabajando —respondió—. No vuelven hasta la tarde. Y mi tía me recoge al mediodía para llevarme al colegio otra vez.

Suspiré. No podía dejarlo en la calle.

—Pasa —dije, abriendo la puerta—. Siéntate en la sala mientras termino de arreglar la casa. Pero tienes que estar tranquilo, ¿eh?

—Sí, doña Mónica —dijo, entrando con una sonrisa—. Gracias.

Lo dejé en la sala, con la tele encendida, y me fui a seguir con mis tareas. Fregué los platos, limpié la cocina, y luego fui a la habitación a tender la cama. Había estado tan ocupada que me había olvidado por completo de que Pablo estaba en mi casa.

Terminé de arreglar la habitación y, sin pensarlo, me recosté en la cama. Solo un momento, para descansar un poco. Tenía los pies descalzos, porque en casa siempre ando así. Cerré los ojos y me relajé.

No sé cuánto tiempo pasó. Un minuto, quizás dos. Pero en un momento, sentí un peso sobre mis piernas. Alguien se había tirado encima de mí.

Abrí los ojos de golpe y salté, asustada. Pero cuando reaccioné, ya era tarde. Pablo estaba sobre mis piernas, sujetándome los pies con sus manos. Y antes de que pudiera decir nada, sus dedos comenzaron a moverse por mis plantas.

Empecé a reír. No pude evitarlo. Era un reflejo, una carcajada que salió de mi pecho sin control. Mis pies intentaban escapar, pero él los sujetaba con fuerza. Sus dedos recorrían toda mi planta, desde el talón hasta los dedos, una y otra vez.

—¡Doña Mónica! —decía mientras reía—. ¡De verdad que tiene muchas cosquillas! ¡Como me dijo!

Yo quería decirle algo, pedirle que parara, pero las palabras no salían. Solo podía reír. Reír a carcajadas, sin control, mientras sus dedos no dejaban de moverse por mis plantas.

—¡Ja, ja, ja, ja, ja! —era lo único que salía de mi boca.

Mis manos intentaban apartarlo, pero él era más fuerte. Mi cuerpo se retorcía en la cama, intentando escapar, pero era imposible. Él tenía mis pies bien sujetos y sus dedos no paraban.

—¿Así que es verdad, doña Mónica? —decía él, riéndose—. ¡Qué cosquilluda es!

Yo seguía riendo. Los abdominales me dolían de tanto reír. No podía respirar. Solo reír. Reír sin parar.

Sus dedos recorrían el arco, se movian en el centro de la planta, se deslizaban hasta los dedos. Una y otra vez. Sin descanso. Sin piedad.

—¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja!

No podía hablar. No podía pedirle que parara. Mi mente solo podía rezar para que se detuviera, pero mi cuerpo seguía riendo. Riendo a carcajadas, sin control.

Mis pies intentaban escapar, pero él los sujetaba con fuerza. Sus dedos se movían por mis plantas con una precisión que ya conocía. El arco, el talón, el centro de la planta, la zona justo debajo de los dedos. Todas esas zonas que me vuelven loca. Y yo, sin poder hacer nada, solo reía.

En un reflejo, apreté los dedos de los pies, arrugando las plantas. Era un intento desesperado por protegerme, por crear una barrera que detuviera sus dedos. Pero no funcionó. Al contrario, pareció divertirle aún más. Sus dedos se movieron más rápido, más fuerte, como si mis arrugas fueran un desafío que él estaba dispuesto a superar.

Yo seguía riendo. Las lágrimas corrían por mis mejillas. Mi cuerpo se retorcía en la cama, intentando encontrar una posición que me librara de sus dedos. Pero era imposible. Él estaba sobre mis piernas, mis pies bien sujetos, y sus dedos no paraban.

Ninguno de los dos decía nada. Solo el sonido de mi risa llenaba la habitación. Carcajadas que salían de mi pecho sin control. Y él, en silencio, moviendo sus dedos por mis plantas como si disfrutara cada segundo.

Apreté los dedos de los pies otra vez. Las plantas se arrugaron aún más. Y él, en lugar de aflojar, incrementó la intensidad. Sus dedos recorrían el arco con más fuerza, presionaban el centro de la planta, se deslizaban por el talón. Una y otra vez.

Yo ya no podía más. Mi pecho ardía. Mis abdominales dolían. Las lágrimas no paraban de salir. Y la risa no se detenía. No podía detenerla.

—¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja!

Mis pies se movían solos, intentando escapar. Mis manos golpeaban la cama sin fuerzas. Mi cuerpo se retorcía sin control. Y él, en silencio, seguía.

Sus dedos recorriendo mis plantas una y otra vez. El arco, el talón, los dedos. El centro de la planta, la zona sensible. Todo. Sin parar. Sin piedad.

Y entonces, sentí que mis dedos se arrugaban de nuevo. Mis plantas se contraían en un intento desesperado por protegerlas. Y él, sin una palabra, respondió moviendo sus dedos más rápido. Como si disfrutara de mi reacción.

Yo reía. Solo reía. No podía hacer nada más.

Y él, en silencio, seguía.

Y entonces, de repente, se detuvo. Sus dedos dejaron de moverse. Mis plantas quedaron libres. Pero mi cuerpo seguía temblando. Mi pecho subía y bajaba, buscando el aire que había perdido. Mi cara estaba colorada, mojada por las lágrimas. Mis pies aún se movían solos, como si recordaran el cosquilleo.

Me incorporé rápidamente en la cama, sentándome con las piernas recogidas. Necesitaba protegerme, esconder mis pies de él. Mi respiración era entrecortada, mi corazón latía tan fuerte que podía oírlo en mis oídos. Los abdominales me dolían de tanto reír.

Pablo, sin decir una palabra, se sentó en el suelo, cruzando las piernas. Me miró con una sonrisa tranquila, como si acabara de hacer algo completamente normal.

Yo lo miré, intentando recuperar el aliento. No entendía qué había pasado. No entendía por qué un adolescente al que apenas conocía había hecho algo así.

—¿Por qué hiciste eso? —pregunté, con la voz aún temblorosa.

Pablo encogió los hombros, como si la respuesta fuera obvia.

—Desde que la vi el primer día —dijo, con una sinceridad desarmante—, sentí muchas ganas de hacerle cosquillas en los pies. Así, de esa manera. Quería ver cómo reaccionaba, quería verla reírse así, sin control. Quería verla volverse loca por las cosquillas.

Yo lo miré, sin saber qué decir. Era un chico, un adolescente, y había sido honesto. Demasiado honesto. No había malicia en sus palabras, solo esa curiosidad natural que tienen los jóvenes cuando descubren algo que les fascina.

—¿Y lo lograste? —pregunté, todavía sin aliento.

Él sonrió, ampliamente.

—Sí —dijo—. La volví loca por las cosquillas que le hice en los pies. Y fue increíble.

Negué con la cabeza, pero no pude evitar una sonrisa. Era absurdo. Todo era absurdo. Pero él había sido sincero, y yo, a pesar de todo, no podía enfadarme con él.

—Eres un demonio, Pablo —dije, entre risa y cansancio.

Él se rió y se levantó del suelo.

—Lo sé —dijo—. Pero no se preocupe, doña Mónica. Ya no la molestaré más. Mi tía debe estar esperándome.

Y salió de la habitación, dejándome allí, en la cama, con los pies aún temblorosos y la risa aún resonando en mi cabeza.

Escuché la puerta de la calle abrirse y cerrarse. Se había ido.

Me quedé unos minutos más, sentada en la cama, recuperando el aliento. Mi cuerpo poco a poco volvía a la normalidad. Mis pies dejaron de temblar. Mi respiración se fue calmando.

Pero algo había cambiado. Esa mañana, con Pablo, había descubierto algo sobre mí misma. Que las cosquillas en mis pies eran más fuertes que yo. Que no podía controlarlas. Y que, por mucho que intentara esconderlas, siempre habría alguien dispuesto a descubrirlas.

Nunca más volví a ver a Pablo. Su familia se mudó poco después. Pero esa mañana en mi habitación, con mis pies descalzos y sus dedos recorriendo mis plantas, me enseñó algo que nunca olvidé.

Y así fue como Pablo, ese vecino adolescente curioso, se convirtió en el primero de muchos. Porque después de él vinieron mis hijos, que descubrieron el mismo secreto cuando eran pequeños. Y mis sobrinos, que siempre encontraban el momento para atacar mis pies descalzos. Y ahora, mis nietos, que con sus manitas pequeñas han heredado el talento de mi familia para hacerme reír sin control.

Pero no me quejo. Al final, esas risas son las que han llenado mi vida. Las que han hecho que mi casa siempre esté llena de gente, de ruido, de momentos inolvidables. Las que me recuerdan que estoy viva, que tengo una familia que me quiere, que mis nietos son felices jugando con su abuela.

Y aunque mis plantas sufran, aunque mis abdominales duelan, aunque a veces sienta vergüenza de reírme tan fuerte delante de otros, siempre vale la pena. Porque las cosquillas en los pies son eso: un momento de risa, de conexión, de amor.

Y yo, Mónica, las he vivido toda mi vida. Con vecinos, con hijos, con sobrinos, con nietos. Y las seguiré viviendo mientras haya alguien que quiera hacerme reír.

Porque al final, eso es lo que importa. No las cosquillas en sí, sino las personas que las hacen. La familia que las provoca. El amor que hay detrás de cada dedo que recorre mis plantas. La risa que compartimos juntos.

Y aunque a veces intente esconder mis pies, aunque a veces intente protegerme, sé que siempre habrá alguien dispuesto a descubrirlas. Y cuando eso pase, me reiré. Porque las cosquillas no se esconden. Y porque, al final, siempre, siempre, ganan.

Y así es Mónica. Ama de casa, viuda, abuela joven. Una mujer de 55 años que ha vivido toda su vida con cosquillas en los pies, y que ha aprendido a disfrutarlas como parte de quien es.

Original de Tickling Stories

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