Niñera en apuros

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Soy Andrea, una madre soltera de 32 años, y vivo únicamente con mi hijo Camilo, de 6 años. Soy de piel blanca, mido 1,70 metros, de contextura normal, peso unos 58 kilos, y calzo talla 38. Siempre he tenido cosquillas en todo el cuerpo, pero si hay un lugar donde soy realmente vulnerable, es en las plantas de mis pies. ¡No puedo soportarlo! Y lo peor es que Camilo ya lo descubrió.

Hace poco, decidí ganar un dinero extra cuidando a tres niños de entre 6 y 7 años, amigos de mi hijo. Sus padres me pagaban para cuidarlos al menos tres días a la semana. Aunque no disfruto tener tantos niños en mi casa, lo hacía por necesidad. Todo parecía transcurrir con normalidad hasta que, un día, ocurrió algo inesperado.

Los niños estaban jugando en la sala mientras yo leía un libro, acostada en el sofá, boca arriba, con las piernas estiradas y apoyadas en el apoyabrazos del sofá. Estaba descalza, completamente ajena a lo que se avecinaba. De repente, sentí unos pequeños deditos deslizarse por las plantas de mis pies. Fue un contacto fugaz pero letal. No pude evitar soltar una carcajada, mover mis pies instintivamente y sentarme rápidamente en el sofá. Inmediatamente, froté mis pies contra la alfombra mientras miraba a los niños con sorpresa. Fue entonces cuando Jorge, uno de los niños, se echó a reír con cara de travesura y exclamó:

—¡Tiene cosquillas!

Los demás niños, incluidos Camilo, no tardaron en sumarse a las risas. En un abrir y cerrar de ojos, los cuatro pequeños se abalanzaron sobre mí, desatando un verdadero caos. Me hacían cosquillas en las axilas, costillas y cintura, mientras que Jorge, quien había descubierto mi debilidad, se enfocaba en mis pies.

—¡Niños, nooo!— intenté protestar entre carcajadas, pero era inútil.

Ellos repetían en coro: «¡Tiene cosquillas!» mientras continuaban con su ataque implacable. Yo me revolcaba en el sofá, sin poder hacer nada más que reírme y retorcerme. Lo peor era que cuando intento moverme, pierdo completamente la fuerza cuando me hacen cosquillas, y más si es en los pies.

En medio de mi desesperación, logré reunir algo de energía y me levanté del sofá. Pero para mi mala suerte, los niños simplemente se aferraron a mis piernas, sujetándome debajo de las rodillas y logrando que cayera nuevamente. Ahora estaban concentrados en mis pies. Me hacían cosquillas en el empeine, los lados de los pies, en los dedos y, peor aún, ¡me levantaban los pies para cosquillear directamente las plantas con sus pequeños deditos! Yo reía sin control, suplicando piedad y luchando por liberarme, pero aquellos cuatro pequeños parecían decididos a no soltarme.

Finalmente, con un último esfuerzo, logré apartarlos y corrí hasta mi habitación. Sabía que la única forma de protegerme era calzarme unos tenis. Pero ellos no pensaban rendirse tan fácilmente, y me siguieron hasta la habitación, intentando continuar con su locura de cosquillas mientras yo luchaba por calzarme los zapatos. Apenas logré ponérmelos, me giré hacia ellos, jadeante y aún riendo.

—¡Basta! —les dije, intentando sonar seria, aunque con una sonrisa en el rostro—. Estuvo divertido, pero ya es suficiente. Nada de más cosquillas por hoy, ¿de acuerdo?

Los niños me miraron y finalmente aceptaron. Les pedí también que no le dijeran a nadie lo que había ocurrido. Ellos asintieron y, como si nada hubiera pasado, volvieron a jugar entre ellos y a hacer sus tareas. A lo largo de la tarde, sus padres vinieron a recogerlos uno por uno. Me despedí de cada uno y les entregué a sus hijos con una sonrisa, aunque por dentro aún sentía las cosquillas residuales recorriendo mi cuerpo.

Cuando finalmente quedé sola con mi hijo Camilo, suspiré y me dejé caer en el sofá, agotada. Pensé en todo lo que debía hacer al día siguiente y en cómo evitar otro «ataque» inesperado. Aunque esta vez no había sido mi hijo quien los animó, de alguna forma, siempre terminaba siendo el causante de estas situaciones.

Y yo solo podía preguntarme… ¿cuánto tiempo pasará antes de que vuelvan a intentarlo?

Andrea

Original de Tickling Stories

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