Policia fetichista

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Soy Mercedes, capitán en la Policía Nacional. Tengo 35 años, llevo 16 años sirviendo en la institución, y mi rostro –con piel blanca, cabello negro y ojos verdes– suele transmitir autoridad. Siempre llevo brillo en las uñas de las manos y esmalte rojo en las de los pies, una imagen impecable que esconde un secreto: una profunda fascinación por la sumisión y un placer inesperado en las cosquillas.

Todo comenzó cuando, en el portal Fetlife, conocí a un chico de 24 años que se hacía llamar “El Castigador”. Aunque en mi perfil nunca revelé mi verdadera profesión, compartí mi interés por ser sometida a las cosquillas, una experiencia que, aunque no era mi máxima pasión, me parecía mucho más llevadera que otras formas de tortura. En nuestro intercambio, él se mostró decidido y dominante, y yo, sumisa y dispuesta a explorar, acepté su propuesta.

Fijamos una cita en su apartamento, un lugar que resultó ser una auténtica masmorra de bondage, equipada meticulosamente para sus sesiones. Al llegar, me indicó que debía vestirme acorde a lo que había planeado. Me retiré al baño, me cambié y salí luciendo un short ceñido y una camisilla, descalza, según sus instrucciones.

En cuanto me encontré en ese ambiente cargado de tensión, “El Castigador” no perdió tiempo. Con precisión, me colocó correas en las muñecas, tobillos y alrededor de mi cintura. Luego, me colgó en el aire a unos 1.5 metros del suelo, utilizando una serie de arneses que me dejaron completamente inmovilizada y vulnerable.

Fue en ese preciso instante cuando comenzó la “tortura” que había acordado: sus dedos se deslizaron primero por mis axilas, provocándome una risa incontrolable mientras me debatía en el aire. No tardó en ampliar su exploración; sus caricias se extendieron por mis costillas, cintura y caderas, y aprovechando que mi vientre estaba al descubierto, me pasó plumas suaves que se convirtieron en caricias desesperantes. Además, recorrió la parte trasera de mis muslos y detrás de mis rodillas con la misma intensidad.

Pero lo peor llegó cuando se centró en mis pies. Con especial empeño, se dedicó a hacerme cosquillas en las plantas, mi punto más sensible. A pesar de que, entre risas y gritos, repetí mi palabra de seguridad –“piña”– una y otra vez, él continuó sin piedad. Cada toque en mis pies me sumía en un estado de desesperación y éxtasis, haciendo que mi mente se entregara por completo al placer y al tormento.

La sesión se prolongó casi dos horas, durante las cuales mis carcajadas y súplicas se mezclaron en una experiencia de intensa vulnerabilidad. Al final, “El Castigador” decidió liberarme de esa “prisión” improvisada y me ayudó a bajar. Mis plantas ardían por tantas cosquillas y mi cuerpo entero se sentía adolorido por la posición en la que había permanecido suspendida.

Una vez en tierra firme, él, volviendo a ser el chico dulce que conocí en el foro, me preguntó si había disfrutado de la experiencia. Con voz entrecortada por la mezcla de sensaciones, le respondí que, a pesar de la extrema intensidad de las cosquillas, me había divertido y había descubierto en mí una faceta nueva y profunda.

Esa experiencia marcó un antes y un después en mi vida. Mientras mi día a día en la Policía Nacional exige firmeza y autoridad, en ese instante pude entregarme por completo a mis fetiches y a la sumisión, dejando que cada cosquilla –por dolor, placer y vulnerabilidad– revelara una parte de mí que había permanecido oculta durante demasiado tiempo.

Mercedes

Original de Tickling Stories

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