Feria de renacimiento – Parte 1

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Sofie Lacroix y Camille Durand llevaban más de un año compartiendo un apartamento en el barrio La Candelaria, en el corazón de Bogotá. Sofie, de 24 años, había llegado a Colombia en enero de 2022, huyendo de una relación tóxica en Montpellier y buscando inspiración para su trabajo como ilustradora freelance. Su pelo castaño corto, siempre un poco despeinado, y sus ojos grises tras lentes redondos, la hacían parecer más joven de lo que era. Sus pies, largos y delgados (talla 39), eran su talón de Aquiles: extremadamente sensibles, especialmente en los arcos y entre los dedos.

Camille, un año mayor, había llegado tres meses después, tras perder su puesto como cellista en una orquesta parisina. Con su melena rubia recogida en un moño desordenado y sus ojos color miel, Camille tenía un aire de elegancia despreocupada. Sus pies, más pequeños (talla 38), eran igual de sensibles, aunque ella lo negaba con una sonrisa coqueta.

Ambas habían encontrado en Bogotá un refugio inesperado. Sofie trabajaba desde casa, ilustrando bestiarios para editoriales locales y murales para cafés hipster. Camille daba clases de cello en el Liceo Francés y tocaba en bares de jazz los fines de semana. Su apartamento, un loft con ventanas altas y paredes llenas de acuarelas y partituras, era un caos organizado que olía a café recién hecho y velas de eucalipto.

Pero lo que realmente las unía era algo que pocos entendían: su sensibilidad extrema a las cosquillas. Para Sofie, era una maldición. Recordaba cómo, de niña, su hermano mayor la ataba con sábanas y le hacía cosquillas en los pies hasta que lloraba de risa. Para Camille, era un secreto vergonzoso: en su primera cita en París, su novio le había acariciado el costado durante una película, y ella había saltado del sofá como si la hubieran electrocutado.

En Bogotá, las cosquillas se habían convertido en una especie de ritual entre ellas. Una noche, después de demasiado vino tinto, Sofie le confesó a Camille que su punto más débil era el hueco entre el tercer y cuarto dedo del pie izquierdo. Camille, siempre curiosa, no pudo resistirse y le pasó una pluma estilográfica por esa zona. Sofie se retorció tanto que derribó una lámpara, y desde entonces, las bromas se volvieron frecuentes.

Tu es une menace publique! (¡Eres una amenaza pública!) —le decía Sofie a Camille después de que esta le hiciera cosquillas en los pies mientras intentaba dibujar.

Et toi, tu es trop sensible! (¡Y tú eres demasiado sensible!) —respondía Camille, esquivando un cojín lanzado por Sofie.

Pero no todo era diversión. Las cosquillas también eran un recordatorio de su vulnerabilidad. Sofie evitaba usar sandalias en público por miedo a que alguien notara lo sensible que eran sus pies. Camille, por su parte, había desarrollado una fobia a los masajes después de que una esteticista le rozara el arco plantar durante una pedicura y ella terminara saltando de la silla.

Las mañanas de Sofie comenzaban siempre con el mismo ritual: sentarse frente a su mesa de dibujo con una taza de café tinto, revisar correos de clientes y evitar que Camille se acercara a sus pies. Mientras trabajaba en una ilustración de El Mohán para un libro de mitos colombianos, colocaba una almohada sobre sus pies descalzos. «Protección anti-cosquillas», decía.

Pero Bogotá siempre encontraba formas de recordarle su vulnerabilidad. Un día, mientras compraba mangos en el mercado de Paloquemao, una pluma de pollo escapó de un puesto cercano y rozó su tobillo izquierdo. Sofie saltó hacia atrás, derramando su café sobre el suelo de cemento.

¡Cuidado, señorita! —le advirtió una vendedora de ajíes, sin entender por qué una pluma inofensiva la había hecho reaccionar como si hubiera visto una serpiente.

Las tardes de Camille transcurrían entre clases de cello y batallas contra su propia piel. En el Liceo Francés, enseñaba a adolescentes bogotanos a dominar a Bach mientras luchaba por mantener la compostura. Su alumno más aplicado, Juan David, tenía la costumbre de ajustar su postura tocando suavemente su cintura.

¡Profesora, está muy tensa! —decía él, presionando levemente su costado derecho durante un presto de Vivaldi.
¡Ah! Non… no toques ahí —reía nerviosa, conteniendo un salto que habría enviado su cello a estrellarse contra el piso.

Los estudiantes creían que su hipersensibilidad era un «tic francés», y algunos hasta la imitaban exageradamente durante los recreos.

Las noches las unían en rituales de complicidad. Los miércoles, cocinaban juntas: Camille preparaba coq au vin mientras Sofie intentaba arepas de queso. Una vez, Camille usó una ramita de perejil para hacer cosquillas en el cuello de Sofie mientras esta freía plátanos. El resultado: dos mujeres limpiando aceite del piso y riendo hasta que les dolieron las costillas.

Tu es une enfant terrible! (¡Eres una niña terrible!) —la regañó Sofie, aunque ambas sabían que sin esas bromas, la nostalgia de Francia las habría devorado.

Sofie Lacroix ajustó los auriculares sobre sus orejas, intentando concentrarse en el boceto digital de una criatura acuática para Don Álvaro. Desde que llegó a Bogotá, había aprendido que trabajar descalza en el apartamento era un riesgo: Camille podía aparecer en cualquier momento con una pluma o una ramita de romero para hacerla reír. Hoy, sin embargo, su enemigo era el recuerdo de una pluma de pollo que horas antes había rozado su tobillo en el mercado. Cada vez que cerraba los ojos, sentía ese cosquilleo fantasmal.

Al otro lado de la habitación, Camille Durand practicaba un concierto imaginario frente al espejo del baño, sosteniendo su cello con una mano mientras se recogía el pelo con la otra. En el Liceo Francés, sus alumnos jamás habrían creído que la mujer que les enseñaba a dominar el vibrato con seriedad marcial era la misma que, días antes, había saltado del sofá porque Sofie le sopló en el cuello al pasar.

La convivencia tenía reglas no escritas:

  1. Nada de cosquillas durante horas laborales (aunque Camille consideraba las 5:01 PM como hora «libre»).
  2. Zapatos siempre cerca (tras el incidente del escarabajo que entró por la ventana y Sofie tuvo que correr descalza al baño).
  3. Sin comentarios sobre pedicuras (Camille aún se ruborizaba al recordar cómo gritó en el salón de belleza cuando la esteticista le raspó el talón).

Esa tarde, mientras Sofie terminaba una ilustración de El Mohán para Don Álvaro, Camille entró a la sala con dos tazas de chocolate caliente. Sofie, sin mirar, apretó instintivamente los pies contra el travesaño de la silla.

—*Relájate, ma chérie. Hoy no es día de guerra —dijo Camille, dejando una taza junto al mousepad manchado de café.

Dijiste lo mismo el jueves pasado… y terminé con los calcetines mojados —recordó Sofie, señalando la mancha en forma de mapa en la alfombra.

El sol bogotano se filtraba por las persianas mientras conversaban sobre su semana:

  • Sofie había rechazado una oferta para ilustrar un libro infantil sobre animales de la selva. «Demasiadas arañas y monos que podrían tener… tentáculos inesperados», explicó.
  • Camille había tenido que cancelar una cita después de que el hombre insistiera en masajearle los pies en un restaurante de La Zona T. «Pensó que era coquetería francesa», suspiró, mordisqueando una galleta de avena.

Al caer la noche, Bogotá les recordaba su fragilidad. En el Gato Gris, su café-jazz favorito, eligieron siempre la misma mesa: junto a la ventana, lejos del pasillo donde los camareros pasaban con bandejas que podían rozar sus pies. Mientras Camille seguía el compás de un bolero con los dedos en la mesa, Sofie dibujaba en una servilleta a una mujer con pies de mariposa.

Deberías exponer estos garabatos —sugirió Camille, señalando la servilleta.
¿En una galería o en el refrigerador? —bromeó Sofie, doblando el dibujo en forma de avioncito.

La rutina se rompió dos días después. Don Álvaro, al recibir la ilustración de La Madremonte, deslizó un volante entre las páginas de un libro viejo que le entregó a Sofie.

Para ustedes, artistas de lo invisible —dijo con un guiño que hizo que Sofie se preguntara cuánto sabía realmente el anciano.

El volante, impreso en papel reciclado, anunciaba la Feria de las Maravillas Ocultas en el Parque Nacional. Entre las actividades destacaban: «Lecturas de manos que ven más allá» y «Talleres de hierbas para sensibilidades especiales».

Esa noche, mientras llovía sobre Bogotá, Camille encontró el volante pegado con un imán al refrigerador.

¿Magia? En serio, Sof… —comenzó, pero una risa nerviosa le cortó la frase. Sofie, sentada en el suelo con las piernas cruzadas, miraba sus pies como si esperara que hablaran.

¿Recuerdas aquel cuento de tu abuela? El de las mujeres que leían el futuro en los pies…

Camille se estremeció. No era el frío de la noche, sino el recuerdo de una historia que la había perseguido desde la infancia: «Ellas te hacen reír hasta que el alma se desprende, y en tus plantas escriben tu destino».

El tictac del reloj de pared llenó el silencio. Afuera, un vendaval sacudió las ramas de los árboles. Sin decir nada, ambas supieron que irían.

El vino tinto respiraba en la copa de Camille mientras acomodaba sus pies debajo de un cojín de lana. Sofie, sentada frente a ella en el sofá de terciopelo verde, trazaba círculos en el aire con su dedo índice, simulando el movimiento de una pluma sobre piel.

Imagina que alguien te toca aquí —dijo, señalando el centro de su propia planta descalza—. ¿Leerían que morirás soltera rodeada de gatos?

Camille rio, pero se ajustó instintivamente las sandalias.
Preferiría que me lean las manos. Los pies… —hizo una mueca, recordando la vez que un niño en el TransMilenio le pisó el talón y ella casi gritó—. Los pies son zona de desastre.

Sofie sirvió más vino. El apartamento olía a las velas de bergamota que Camille compraba en el mercado de las Pulgas. Fuera, Bogotá murmuraba con el sonido lejano de buses y vendedores ambulantes.

En Montpellier, mi abuela decía que las líneas de los pies guardan las risas no reídas —comentó Sofie, mirando sus propios pies con recelo—. Si alguien las lee… te roban el alma.

Tonterías de viejas —respondió Camille, aunque se frotó el empeine como para borrar marcas invisibles—. Pero si esas mujeres en la feria intentan tocarme, les rompo las uñas.

El chasquido de la puerta del balcón al cerrarse por el viento las hizo saltar. Sofie se rio de su propio nerviosismo, pero Camille notó cómo su amiga ajustaba los calcetines de lana hasta cubrir los tobillos.

¿Y si es una secta? —preguntó Camille, imaginando a cuatro ancianas persiguiéndolas con plumas por La Candelaria—. O peor… ¿una estafa para turistas?

Sofie miró el volante pegado con un imán de Je t’aime Paris en el refrigerador. La ilustración de una carpa estrellada le recordó a los cuentos de hadas oscuros que leía de niña.

Don Álvaro no recomendaría algo peligroso —dijo, más para convencerse a sí misma—. Pero si quieres, llevo mi tableta gráfica… por si hay que defendernos.

Camille arrojó un cojín bordado con forma de corazón. Sofie lo esquivó, riendo, y el objeto aterrizó junto a las botas de cuero que siempre permanecían al lado de la puerta.

La mañana del sábado, Sofie eligió unos botines altos con suela gruesa, no por necesidad, sino por precaución. Sus pies, suaves y cuidadosamente hidratados con crema de almendras, eran un lujo que protegía como arte frágil. Camille, en un acto de coquetería práctica, optó por zapatos de lona con suela delgada que mostraban sus arcos perfectos.

Si me tocan, al menos huiré rápido —bromeó Camille, aunque ambos sabían que sus pies, tan suaves como los pétalos de las rosas que vendían en el mercado, eran su talón de Aquiles.

Mientras Sofie masajeaba una loción de vainilla en sus talones inmaculados, Camille se probaba calcetines invisibles de seda.
Para que no noten lo sensible que son —explicó, aunque el tejido era tan fino que apenas amortiguaría un roce.

El Parque Nacional las recibió con un sol tibio que hacía brillar las hojas de los eucaliptos. Tras comprar mangos biche sazonados con sal y limón, Sofie divisó un sendero escondido tras un grupo de niños que perseguían una pelota. Un letrero de madera gastada, casi invisible, señalaba: «Lecturas Verdaderas: 50 metros».

Camille tomó la mano de Sofie, sintiendo su palma sudorosa.
Si nos secuestran, al menos moriremos con los pies impecables —susurró, intentando aligerar la tensión.

Sofie mordió el mango biche, sintiendo cómo el contraste entre lo ácido y lo salado despertaba sus sentidos. A su lado, Camille sostenía un vaso de chicha fresca, riendo ante un grupo de niños que intentaban bailar al ritmo de un tambor improvisado. El Parque Nacional era un mosaico de colores: puestos de arepas rellenas, artesanos tejiendo mochilas y familias disfrutando del raro sol bogotano.

¿Probamos las hormigas culonas? —preguntó Camille, señalando un puesto donde un hombre ofrecía insectos tostados en conos de papel—. Dicen que saben a maní… con patas.

Sofie hizo una mueca, ajustando su bolso de lona sobre el hombro.
Prefiero el riesgo de una empanada desconocida —respondió, comprando una de carne perfumada con comino.

Durante la siguiente hora, se dejaron llevar por el ritmo de la feria:

  • Camille probó un helado de guanábana tan cremoso que juró oír violines en cada cucharada.
  • Sofie se dejó tentar por un collar de cuentas azules que, según la vendedora, «espantaba malos espíritus y exnovios».
  • Ambas rieron hasta lagrimear cuando un payaso callejero imitó el acento francés de Camille al gritar «¡Croissant!» frente a su nariz.

En un rincón del parque, junto a un árbol de guayaba, encontraron una carpa de lecturas de tarot tradicional. La cartelera mostraba precios en pesos colombianos y promesas genéricas: «Descubre tu futuro laboral»«¿Él piensa en ti?».

¿Para qué pagar? —bromeó Sofie—. Mis ilustraciones predicen más: si dibujo un dragón, me llegan facturas.

Camille, sin embargo, entró por curiosidad. La tarotista, una mujer con gafas de sol y un vestido estampado de girasoles, le leyó las cartas mientras Sofie esperaba afuera, mordisqueando una oblea con arequipe.

Dice que encontraré el amor en un lugar húmedo —anunció Camille al salir, arqueando una ceja—. ¿Será la ducha de nuestro apartamento?

El sol comenzaba a inclinarse cuando decidieron explorar la zona menos transitada de la feria, cerca de un arroyo donde los puestos eran escasos y la gente prefería no caminar por el lodo. Fue allí donde Sofie vio el letrero:

«Lecturas Verdaderas: Manos, Pies y Destinos Escondidos».

La carpa era distinta a las demás: blanca, sin decoraciones, con solo una lámpara de aceite colgando en la entrada. No había fila, ni pregoneros, ni siquiera un precio visible.

¿Otro tarot? —preguntó Camille, secándose las manos en su vestido tras comer un buñuelo aceitoso.

Pero Sofie notó los detalles que la hacían única:

  • El suelo alrededor estaba cubierto de hojas de eucalipto, como si alguien barrier a propósito.
  • Una hilera de velas negras, apagadas, flanqueaba el camino hacia la entrada.
  • En el aire flotaba un olor dulzón, como a manzanilla quemada.

Es la que Don Álvaro mencionó —susurró Sofie, sintiendo un escalofrío que atribuyó al viento—. ¿Entramos?

Camille miró sus pies, protegidos por zapatos de lona que ahora parecían frágiles armaduras.
Si nos piden que nos descalcemos, huimos.

Dentro, cuatro mujeres vestidas de blanco inmaculado las rodearon en silencio. La líder, una matrona con cabello cano recogido en un chongo perfecto, sostuvo un péndulo sobre la palma de Sofie.

Tus manos hablan de creatividad… pero tus pies —dijo, mirando sus zapatos— guardan secretos que ni tú conoces.

Camille intervino antes de que Sofie pudiera reaccionar:
Solo queremos el tarot básico. Nada de pies, gracias.

Pero la mujer ya se arrodillaba frente a Sofie, sus manos enguantadas acariciando los cordones de sus zapatos.

El destino no se elige, viajera. Se revela… bajo los dedos.

Y antes de que pudieran protestar, las luces de la carpa parpadearon, sumergiéndolas en una penumbra perfumada a menta y azafrán.

Las luces parpadearon, pero no se apagaron por completo. Sofie aprovechó el instante de confusión para tomar la mano de Camille y tirar de ella hacia la salida.

¡Vámonos! —susurró en francés, empujando la cortina de lino que ahora les pareció más pesada que antes.

Afuera, el sol las recibió como un aliado. Camille ajustó su zapato de lona, que se había soltado en la huida, y soltó una risa nerviosa.

¿Creen que somos famosas por nuestros pies? —bromeó, aunque su voz aún temblaba.

Decidieron ignorar la extraña carpa y sumergirse de nuevo en el bullicio seguro de la feria. En un puesto de jugos, Sofie compró dos vasos de maracuyá con menta, ahogando el recuerdo del olor a azafrán con lo ácido de la fruta.

Para el susto, vitamina C —dijo, entregándole uno a Camille.

Recorrido Post-Carpa:

  1. Artesanías Textiles: Camille se probó un sombrero vueltiao gigante, posando como una «cowgirl caribeña» que hizo reír a Sofie hasta el dolor de mandíbula.
  2. Show de Títeres: Se unieron a un círculo de niños para ver una obra sobre el mito de El Dorado, donde el protagonista era un cóndor con acento paisa.
  3. Puesto de Café Especial: Un barista les enseñó a diferenciar granos de Huila y Cauca, aunque Sofie siguió prefiriendo su tinto de sobre con tres cucharadas de azúcar.

Al caer la tarde, encontraron un espacio tranquilo junto al lago del parque. Sofie se quitó los botines, dejando que sus pies respiraran sobre el pasto fresco. Camille, más cautelosa, mantuvo sus zapatos puestos pero deslizó los dedos fuera para sentir la brisa.

¿Crees que esa mujer de la carpa…? —comenzó Camille, jugando con una margarita que arrancó del suelo.

Era una loca con fetiche de pies —interrumpió Sofie, dibujando en el aire con un palito—. Como ese tipo de tu cita que quería fotos de tus tobillos.

Camille rio, arrojándole pétalos de margarita.
Al menos no nos pidieron dinero. En París, hasta por leer las uñas cobran.

El sol se ocultó tras los cerros, pintando el cielo de naranja y morado. Mientras empacaban sus cosas (restos de comida, artesanías y un imán con forma de tamal que Sofie compró «para el glamour del refrigerador»), Camille señaló algo en el suelo.

Era un relicario plateado, igual al que habían visto en el apartamento semanas atrás, con una inscripción en francés: «Las que ríen sin máscaras encuentran su verdadero camino».

¿Lo tiramos al lago? —preguntó Sofie, sosteniéndolo con dos dedos como si estuviera contaminado.

Camille guardó el relicario en su bolso con un gesto de complicidad.
Para recordar que Bogotá está llena de… sorpresas —dijo, ajustando la correa de su bolso sobre el hombro.

El taxi avanzaba por la Avenida Séptima cuando Sofie notó que el conductor había tomado un desvío hacia una calle oscura. Antes de que pudieran protestar, dos hombres con pasamontañas abrieron las puertas traseras y las sometieron con paños empapados en cloroformo.

Al despertar, el frío del suelo de cemento les mordió la piel. Estaban en una habitación iluminada por antorchas, con paredes de ladrillo viejo y un olor a humedad y hierbas quemadas. Frente a ellas, dos cepos de madera oxidados aguardaban, con agujeros para tobillos y muñecas.

—*Bienvenidas al Círculo de la Verdad Histórica —anunció una mujer alta de cabello rojo, con acento español—. Hoy recrearemos el juicio a las brujas de Zugarramurdi… versión moderna.

Tres mujeres más, vestidas con túnicas negras y máscaras de cuero, las rodearon. Detrás, dos hombres jóvenes operaban cámaras de video y luces profesionales.

No somos actrices —protestó Sofie, forcejeando contra las ataduras de sus manos—. ¡Esto es un secuestro!

La líder ignoró sus gritos. Con gestos precisos, las descalzaron y colocaron sus pies en los cepos. Las plantas de Sofie y Camille, suaves y perfectamente cuidadas, brillaron bajo los focos.

En el siglo XVII, la Inquisición usaba métodos… creativos —explicó la mujer, mostrando un cepillo de cerdas de caballo—. Hoy, es arte interactivo.

Fase 1: El Inicio del Tormento

La mujer de cabello rojo señaló a Camille con un gesto autoritario. Dos de las enmascaradas se acercaron, una con un frasco de crema de mentol y otra con un guante de látex que brillaba bajo las luces.

Empezaremos contigo, rubia —dijo la líder, mientras las otras ajustaban los cepos para asegurar los tobillos de Camille—. Tus pies son perfectos… para nuestro arte.

Camille forcejeó, pero las ataduras de cuero no cedieron. La primera enmascarada untó la crema de mentol en sus plantas, comenzando por el talón y avanzando lentamente hacia los dedos. El frío intenso hizo que Camille contuviera un gemido.

No… por favor —suplicó, sintiendo cómo la crema se absorbía en su piel, potenciando cada nervio.

La segunda enmascarada se colocó el guante de látex, cuyas microespinas vibraban al contacto. Comenzó por el arco del pie izquierdo de Camille, trazando líneas ascendentes con movimientos precisos.

¡Ah! ¡No puedo! —gritó Camille, retorciéndose en el cepo. Sus dedos se contraían involuntariamente, pero las ataduras impedían que cerrara los pies.

Las cosquillas se intensificaron cuando la mujer alternó entre el guante y un cepillo de cerdas de caballo. Cada pasada por el hueco entre los dedos provocaba una carcajada estridente que resonaba en la habitación.

¡Arrêtez! ¡C’est trop! (¡Paren! ¡Es demasiado!) —suplicó Camille, las lágrimas mezclándose con el sudor en su rostro.

La líder observaba con una sonrisa fría, tomando notas en una libreta.
Aumenten la frecuencia. Quiero ver cómo se rompe.

Las enmascaradas obedecieron. Una de ellas usó un péndulo mecánico con plumas de avestruz que oscilaban rítmicamente entre los dedos de Camille. La otra aplicó un rodillo de jade frío en el talón, alternando con pellizcos suaves en los bordes del pie.

¡Je… je vais mourir! (¡Me… voy a morir!) —gritó Camille, sintiendo cómo su cuerpo se arqueaba en un espasmo incontrolable.

Transición a Sofie:

Mientras Camille sufría, Sofie observaba horrorizada desde su cepo. La líder se acercó a ella con una sonrisa siniestra.

Tu turno, morena —dijo, señalando a otra enmascarada que sostenía un guante vibrador conectado a una batería.

La mujer untó crema de mentol en las plantas de Sofie, comenzando por el talón derecho. El frío intenso hizo que Sofie contuviera un gemido, pero cuando el guante vibrador tocó su arco plantar, no pudo evitar una carcajada.

¡Non! ¡Pas là! (¡No! ¡Ahí no!) —suplicó, retorciéndose en el cepo.

Las enmascaradas alternaron herramientas:

  1. Pincel de pelo de camello: Para trazar espirales en el metatarso.
  2. Plumas de pavo real: Para rozar los bordes de los dedos.
  3. Rodillo de jade: Para aplicar presión fría en el talón.

¡C’est insupportable! (¡Es insoportable!) —gritó Sofie, sintiendo cómo las cosquillas ascendían por sus piernas hasta hacerla temblar.

Ambas francesas estaban al borde del colapso. Camille, con los pies brillantes por la crema y las lágrimas corriendo por su rostro, intentó cerrar los dedos, pero las ataduras lo impedían. Sofie, por su parte, sentía cómo las vibraciones del guante resonaban en su cuerpo entero.

¡Je ne peux plus! (¡No puedo más!) —gritó Sofie, mientras las enmascaradas reían y aumentaban la intensidad.

La líder levantó una mano, deteniendo momentáneamente el tormento.
Descanso de cinco minutos… luego, la fase dos.

Continuará…

Orginal de Tickling Stories

 

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