Reencuentro 2

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El 25 de diciembre fue una noche que jamás olvidaré. Todo comenzó cuando mi amigo Juan, a quien conozco desde hace años, me convenció de ir a su apartamento para una sesión de cosquillas. Aunque inicialmente estaba cansada por la celebración de Navidad con mi familia, al final acepté. Me aseguró que pagaría los transportes en Uber y hasta ofreció una compensación económica adicional. Así que, sobre las 9:30 pm, salí de la casa de mi hermana en Bogotá. Le dije que iba a encontrarme con unos amigos y que regresaría tarde.

Me fui vestida con jeans, tenis Converse, medias que cubrían las pantorrillas, camiseta y chaqueta porque hacía frío. Cuando llegué al edificio de Juan, recordé que no tenía vigilante, así que me anuncié por el citófono y subí los cinco pisos sin ascensor. Una vez en su apartamento, nos saludamos con un abrazo y compartimos un par de cervezas mientras recordábamos viejos tiempos. Me presentó a sus mascotas, dos pitbull terrier americanos llamados Paco y Peca, que eran muy amigables.

En un momento, le pregunté por qué no podíamos esperar al día siguiente para la sesión, y me explicó que había pasado todo el día aburrido. Además, me mostró un cepo que le había llegado el día anterior, recién comprado por internet. Me comentó que quería probarlo conmigo porque confiaba en mí. Yo acepté sin problema.

Me quité la chaqueta, los tenis y las medias mientras Juan me observaba con una mezcla de emoción y excitación. Recordé en ese instante que, además de fetichista de cosquillas, también era fetichista de pies. Me senté en el sofá, metí mis pies en el cepo, y él aseguró mis muñecas a los lados del sofá, pasando las cuerdas por debajo para inmovilizarme completamente. Mis pies quedaron firmemente sujetos en el cepo, y para rematar, aseguró mis dedos en unas argollas en la parte superior del dispositivo. Apenas estuvo listo, empezó a mover sus dedos por las plantas de mis pies.

Las cosquillas fueron intensas desde el primer segundo. Mis carcajadas resonaban en el apartamento mientras Juan, con una sonrisa traviesa, decía que había olvidado lo hipercosquilluda que soy en los pies. Pasaron unos minutos que se sintieron eternos, y luego me dijo que quería probar algo diferente. Fue a la cocina y regresó con un tazón de alimento húmedo para perros. Sin darme tiempo de reaccionar, empezó a untar el alimento en todos los rincones de mis pies: en los dedos, entre los dedos, en las plantas, los arcos, los lados, y hasta en los empeines. Mis súplicas eran en vano; Juan estaba decidido.

Cuando terminó, llamó a Paco y a Peca. Los perros, emocionados, comenzaron a lamer y mordisquear mis pies, tratando de limpiar cada rincón. Las lamidas y mordiscos eran insoportablemente cosquillosos. Mis carcajadas se intensificaron a un nivel que no creí posible. Intentaba mover mis pies, pero estaban completamente inmovilizados. Mientras los perros se deleitaban, Juan no perdió el tiempo. Se sentó a mi lado y comenzó a hacerme cosquillas en la cintura, las costillas y las axilas. Sentía que estaba siendo atacada por todos los flancos.

En un momento dado, Juan se levantó y dijo: “Creo que aún puedo mejorar esto”. Fue a la cocina nuevamente y regresó con más alimento húmedo. Comenzó a untarlo con dedicación en mis pies, asegurándose de que no quedara ni un espacio libre. «Así no se cansarán de lamer», comentó con una sonrisa mientras Paco y Peca continuaban con su festín. Cada nueva capa de alimento hacía que las lamidas y mordiscos de los perros fueran aún más persistentes, intensificando mis carcajadas y súplicas.

Me retorcía lo poco que podía, agotada por las risas y la desesperación, pero los perros seguían sin detenerse. Los perros seguían lamiendo y mordiendo mis pies, porque Juan estaba decidido a acabar todo el alimento húmedo del envase, con lo que los perros no dejarían de hacerme muchas cosquillas en mis hipercosquilludos pies y someterme a la tortura de locura. Mientras el alimento iba disminuyendo, los perros comenzaron a morder con mayor entusiasmo las plantas de mis pies y los dedos, desatando en mí unas cosquillas terribles e intensas que jamás había experimentado. Mis carcajadas eran fuertes y llenas de desesperación, resonando en todo el apartamento. Sentía como si el tiempo se hubiera detenido en una tortura interminable.

Después de lo que me pareció una eternidad, los perros se dejaban de tener algo de interés en mis pies, ya que no quedaba ni rastro de alimento húmedo en mis pies. Sin embargo, parecía que aún sentían el sabor del alimento en mi piel, porque continuaban lamiéndolos y mordisqueándolos sin control. Aún atada, solo podía reír y suplicar entre carcajadas.

Cuando los perros finalmente perdieron interés, logré convencer a Juan para que me desatara. Con las pocas fuerzas que me quedaban, fui al baño a lavar mis pies, aún sensibles por la experiencia.

“Fue increíble, Emily. Eres la persona perfecta para esto”, me dijo Juan con una sonrisa cuando regresé a la sala. Yo, todavía recuperándome, le respondí entre risas: “Espero que no tengas más ideas locas por ahora”.

Esa noche, mientras volvía a casa, no podía dejar de pensar en lo que había vivido. Mis pies aún hormigueaban, y mi mente estaba llena de emociones encontradas. Sabía que esta experiencia era única y que jamás la olvidaría, pero también me preguntaba qué otras sorpresas podría tener Juan bajo la manga en el futuro.

Emily

Original de Tickling Stories

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