Tiempo de lectura aprox: 57 minutos, 36 segundos
El sonido suave pero insistente del despertador rompió el silencio de su habitación. Patricia abrió los ojos despacio, aún con esa sensación de haber tenido un sueño profundo y reparador. Se quedó unos segundos mirando el techo, respirando hondo, hasta que una sonrisa muy leve se dibujó en sus labios al recordar lo ocurrido el día anterior.
Pero en seguida, su mente ejecutiva retomó el control. Era hora de empezar el día.
Se levantó con elegancia natural, caminando descalza sobre el suelo de madera hasta el baño. Abrió la ducha, dejando que el vapor llenara el espacio mientras se despojaba del camisón de seda. El agua tibia resbaló por su piel, despejando cualquier resto de cansancio y dejando su mente alerta y serena.
Frente al espejo, secó su cabello con cuidado, lo alisó con el cepillo y luego escogió un conjunto impecable: falda lápiz gris oscura, blusa blanca de seda de cuello alto, tacones negros de punta fina. Un perfume discreto pero sofisticado completó el ritual.
En la cocina, preparó un desayuno simple pero reconfortante: café negro recién hecho y tostadas con aguacate. Se sentó en el pequeño comedor junto al ventanal, observando la ciudad aún medio dormida. Tomó un sorbo de café y revisó brevemente su correo en el móvil, antes de levantarse y tomar su bolso de trabajo.
Poco después, el portón del garaje subterráneo se abrió y su auto negro salió con suavidad a la calle. El tráfico de la mañana ya era notorio, pero ella conducía con esa calma elegante que siempre la caracterizaba.
Al llegar a la empresa, redujo la velocidad y bajó un poco la ventanilla para saludar al guardia de seguridad.
—Buenos días, don Álvaro.
—Muy buenos días, doctora Patricia —respondió él con una sonrisa respetuosa, inclinando ligeramente la cabeza.
Estacionó en su lugar habitual, tomó el ascensor y subió los pisos hasta su oficina. Mientras caminaba por el pasillo, varios empleados la saludaban con una mezcla de respeto y cordialidad: “Buenos días, doctora”, “Buenos días, jefa”, “Qué gusto verla”. Ella respondía con un gesto amable y firme, como siempre.
Cuando entró a su despacho, la recibió el aroma intenso de café recién preparado. Sobre su escritorio estaba su taza de porcelana blanca favorita, aún humeante, y junto a ella, la agenda del día meticulosamente organizada por Natalia, su joven asistente.
—Buenos días, doctora —saludó Natalia con una sonrisa—. Aquí tiene su café, y la agenda ya está actualizada.
—Gracias, Natalia —respondió Patricia con esa voz suave pero segura—. Justo lo que necesitaba.
Se dejó caer suavemente en su silla ejecutiva, cruzó las piernas y abrió la agenda mientras tomaba el primer sorbo de café.
Hoy, además de reacomodar esas reuniones aplazadas, había algo más importante en su mente: decidir cómo decirle a Felipe que aceptaba.
Mientras recorría con la mirada sus compromisos, su lado racional trazaba estrategias… pero, por dentro, su lado juguetón ya planeaba qué palabras usar para responderle.
Patricia dejó la taza de café sobre el escritorio, tomó un bolígrafo fino y abrió la agenda de cuero que Natalia había dejado perfectamente alineada con su computador portátil. Pasó las páginas con la misma precisión con la que solía manejar contratos millonarios, aunque esta vez, en el fondo, había un leve cosquilleo de emoción que le hacía sonreír de tanto en tanto sin darse cuenta.
—Natalia —llamó, mientras marcaba algunas notas rápidas—, por favor revisa con el área legal y reagenda el almuerzo que teníamos pendiente con ellos. Que sea el viernes a las doce, en la sala de juntas grande. Y que pidan catering ligero, por favor.
—Claro, doctora —respondió la joven desde su escritorio junto a la puerta.
—Ah, y también la reunión virtual con el proveedor de Medellín —añadió Patricia, pasando al siguiente punto—. Reagéndala para mañana a las 4 p.m., que hoy no me dará el tiempo.
—Perfecto, lo hago ahora mismo —dijo Natalia mientras tomaba nota en su tablet.
Patricia siguió revisando la agenda, tachando mentalmente los huecos que había dejado por el casting de cosquillas. Qué irónico, pensó mientras firmaba un par de documentos, ayer a esta hora estaba negociando términos de confidencialidad para una licitación… y unas horas después estaba atada en un cepo, llorando de risa.
La idea le arrancó una pequeña carcajada contenida, que disimuló con un sorbo de café cuando Natalia volvió a entrar con unos papeles.
—Doctora, ya quedó reprogramado lo de legal, y la reunión virtual también. Solo falta que revise los informes de finanzas de este trimestre.
—Perfecto, déjalos aquí —dijo Patricia, recuperando su tono profesional.
En apariencia todo volvía a la normalidad… excepto que, detrás de esa fachada de eficiencia impecable, su mente comenzaba a redactar en silencio lo que sería su mensaje para Felipe.
Y esta vez, no sería un “quizás”.
Eran casi las dos de la tarde cuando Patricia dejó caer el bolígrafo sobre la carpeta que estaba revisando y se llevó las manos a las sienes, masajeando con suavidad. Llevaba toda la mañana encadenando llamadas, firmando documentos y corrigiendo informes, sin notar cómo el tiempo se le había escapado entre pendientes urgentes.
La puerta se abrió con suavidad y Natalia entró con paso ligero, aún con el cabello suelto y húmedo por el calor de la calle. Traía un aire más relajado, señal inequívoca de que acababa de regresar de almorzar.
—Doctora —dijo con una sonrisa—, ¿ya almorzó?
Patricia la miró como si apenas recordara lo que significaba esa palabra.
—No… —admitió con una media sonrisa cansada—. No he tenido ni un minuto libre.
Natalia puso los ojos en blanco con una mezcla de afecto y resignación.
—Sabía que iba a decir eso. Espere aquí, le voy a pedir un sándwich de pavo con queso y un té verde. Nada de excusas.
—Natalia… —intentó protestar Patricia, aunque sin convicción.
—Ni lo intente —la interrumpió la joven, alzando una ceja—. No puedo dejar que se me desmaye en medio de una videollamada.
Patricia rió bajito, resignándose con elegancia. —Está bien, está bien… gracias.
Cuando Natalia salió de nuevo, Patricia se reclinó en su sillón y suspiró, mirando el ventanal que dejaba ver la ciudad vibrando allá afuera. Su estómago empezó a reclamarle con suaves gruñidos, y en el silencio de su oficina, entre pilas de contratos y cifras, se coló un pensamiento que nada tenía que ver con el trabajo: Si ayer sobreviví a eso, puedo sobrevivir a cualquier cosa.
Y por primera vez en todo el día, una sonrisa traviesa se asomó en su rostro sin que nadie la viera.
Natalia entró con paso decidido, equilibrando con cuidado una bandejita de cartón.
—Aquí tiene, jefa —anunció con tono triunfal—. Sándwich de pavo con queso y té verde, justo como le prometí.
—Eres un ángel —murmuró Patricia, tomando la taza caliente y dejando que el aroma suave del té se mezclara con el del pan recién tostado.
Abrió el envoltorio y dio un primer bocado mientras con la otra mano desbloqueaba su celular, revisando el aluvión de correos que se habían acumulado desde la mañana. Sus hombros estaban algo tensos, y cada movimiento le recordaba el peso de la jornada anterior… aunque no por completo a causa del trabajo.
Natalia la observó con atención desde la esquina del escritorio.
—Se le nota el cansancio —dijo, frunciendo el ceño con un toque de ternura—. Tiene los ojos pesados.
Patricia sonrió cansada.
—Lo estoy… —confesó, dejando el celular sobre el escritorio—. Me duele un poco el cuerpo. Y la verdad, creo que estoy más estresada de lo habitual.
—Pues justo para eso conozco a alguien perfecto —respondió Natalia con una chispa cómplice en la voz—. Un masajista increíble. Le puede hacer un masaje completo, de esos que la dejan flotando… cuerpo entero, pies incluidos.
Patricia levantó la vista, arqueando una ceja con una mueca divertida.
—No sé si soportaría el masaje en los pies.
—¿Ah, no? —Natalia sonrió curiosa, acercándose un poco—. ¿Y eso?
Patricia bajó la mirada hacia sus propios tacones rojos y luego volvió a alzarla con una sonrisita traviesa, casi imperceptible.
—Porque tengo demasiadas cosquillas —admitió en voz baja, como si revelara un secreto.
Natalia rió sorprendida.
—¿En serio? No lo habría imaginado de usted. Siempre parece tan… imperturbable.
—Créeme —dijo Patricia con un suspiro y una sonrisa—, hay cosas que pueden desarmar hasta a la más imperturbable.
Natalia aún sonreía divertida cuando sonó un recordatorio en el computador de Patricia, trayéndola de vuelta al presente.
Patricia estaba dando otro bocado a su sándwich cuando la voz de Natalia volvió a sonar, esta vez con un matiz más confidencial:
—Aunque… le entiendo perfectamente —dijo, bajando un poco el tono—. Yo también tengo cosquillas en los pies.
Patricia se detuvo a medio masticar, sorprendida, y levantó la vista con una sonrisa divertida.
—¿Ah, sí?
Natalia asintió, haciendo una pequeña mueca como quien confiesa algo que rara vez admite en voz alta.
—Demasiadas, para ser sincera. Es terrible. Solo rozan un poco y ya estoy riéndome como loca.
—Entonces no sé cómo soportarías un masaje —comentó Patricia, divertida.
—¡Justamente! —rió Natalia, dejando escapar una risita suave—. Al principio pensé que no podría, pero este masajista es… no sé cómo lo hace. Empieza con movimientos muy lentos, casi imperceptibles, y después de unos minutos ya estoy tan relajada que hasta olvido que me hacían cosquillas.
Patricia sonrió, bajando un poco la vista a su taza de té, jugueteando con la cucharita.
—Suena… interesante —admitió, intentando sonar neutral aunque la idea le provocaba cierta mezcla de curiosidad y nerviosismo.
—Lo es —dijo Natalia con convicción—. Si quiere, le paso el contacto. No le va a hacer cosquillas… a menos que usted se ría sola, claro —añadió con una sonrisa pícara.
Patricia dejó escapar una breve carcajada suave, negando con la cabeza.
—Ya veremos, Natalia… ya veremos.
Cuando Natalia terminó de organizar unos documentos en la mesa auxiliar, recogió su taza de café vacía y se encaminó hacia la puerta.
—Bueno, jefa, estaré en mi escritorio por si necesita algo más —dijo con su habitual tono profesional, aunque aún con una chispa de picardía en la mirada tras aquella charla sobre masajes y cosquillas.
—Gracias, Natalia —respondió Patricia con una sonrisa breve pero sincera.
La joven asistente salió cerrando suavemente la puerta detrás de ella, y el silencio volvió a llenar la oficina. Patricia dejó escapar un suspiro largo, como soltando el peso invisible de las últimas horas.
Se recostó contra el respaldo de su silla, girándola lentamente hacia la ventana. Desde allí podía ver el tráfico a lo lejos, y por un instante, el mundo le pareció quedar suspendido… como si esperara a que ella tomara una decisión.
Abrió el cajón superior de su escritorio y sacó su teléfono personal. Lo sostuvo unos segundos entre las manos, con la pantalla aún apagada, mientras su mente daba vueltas como un carrusel: ¿De verdad voy a hacer esto? ¿Voy a convertirme en “modelo” de cosquillas?
La idea le parecía absurda… y sin embargo, ese nudo de nervios mezclado con emoción en el estómago no la dejaba en paz.
Ya lo viví… y sobreviví. Más que eso: lo disfruté, se recordó en silencio, mordiéndose suavemente el labio inferior.
Encendió la pantalla, abrió el chat con Felipe y comenzó a escribir.
Estuve pensando en tu propuesta.
Y… he decidido aceptar.
Pero con condiciones: absoluta confidencialidad, sin mostrar mi rostro, y sin usar mi nombre real.
Si puedes garantizarme eso, cuenta conmigo para el primer video.
La ejecutiva poderosa, jefa exigente, modelo de autocontrol… sintió cómo le temblaban ligeramente los dedos al presionar enviar.
Dejó el teléfono boca abajo sobre el escritorio, cerró los ojos un instante y sonrió para sí misma.
Lo había hecho.
Patricia permanecía en silencio, con la mirada fija en un punto invisible sobre la pantalla del computador, como si el mundo se hubiera puesto en pausa. Seguía en “modo automático”, contestando correos, revisando informes, firmando documentos casi sin procesar del todo lo que hacía… hasta que un pensamiento fugaz le atravesó la mente como una chispa eléctrica.
“Oh no…”
Se enderezó lentamente en la silla, parpadeando un par de veces, y de pronto sintió cómo una oleada de nervios le recorría el cuerpo.
Había… se lo había dicho.
Había confesado, sin quererlo del todo, que tenía demasiadas cosquillas en los pies. A su asistente. A Natalia.
Se llevó la mano a la frente, incrédula, mientras un rubor leve le subía por el cuello.
“Mi mayor debilidad… y ahora ella lo sabe.”
Recordó perfectamente la forma en que Natalia lo había escuchado, con una mezcla de curiosidad y simpatía, como quien guarda con cuidado un pequeño secreto divertido. No se había burlado… pero tampoco lo había dejado pasar por alto.
Patricia se mordió suavemente el labio, inquieta. Era como si de pronto la oficina entera se hubiera enterado, aunque sabía que no era así. Solo Natalia… pero bastaba.
Una parte de ella se sintió ridícula por preocuparse tanto —es solo una asistente, y es discreta, se dijo—, pero otra parte no podía evitar imaginar escenarios en los que Natalia volvía a mencionarlo, o peor aún… que algún día alguien más lo supiera por accidente.
Se removió en la silla, cruzando las piernas y apoyando el mentón sobre su mano, con ese gesto serio que usaba cuando estaba pensando profundamente… aunque por dentro, su corazón latía más rápido de lo normal.
“Respira, Patricia… solo respira.”
Inspiró hondo, y dejó salir el aire con lentitud, intentando recuperar su compostura habitual. Pero por dentro, la sola idea de que alguien en su entorno profesional conociera ese lado tan oculto y vulnerable de ella… le resultaba desconcertante y, en cierto modo, hasta un poquito electrizante.
La puerta del despacho se abrió con un suave golpecito, y Natalia entró con paso ágil y seguro, llevando en sus brazos una carpeta gruesa llena de documentos.
—Aquí están los contratos revisados, jefa —anunció con su tono habitual, respetuoso pero cercano, mientras cruzaba la oficina hasta el escritorio de Patricia.
Patricia alzó la mirada y forzó una sonrisa profesional, aunque por dentro sintió cómo el estómago le daba un pequeño vuelco. La escena parecía completamente normal… pero ahora todo tenía un matiz distinto. Ella lo sabe.
—Perfecto, Natalia, gracias —respondió, con la voz más serena de lo que se sentía realmente, y tomó los papeles intentando que sus manos no temblaran ni un poco.
Natalia se quedó de pie frente al escritorio, esperando alguna instrucción más, con su sonrisa tranquila de siempre. No había nada raro en su expresión, ninguna burla, ni rastro de picardía… y aun así, Patricia sentía que su corazón latía con fuerza. Era como si ese pequeño secreto invisible flotara entre ambas, delicado y peligroso.
—¿Se siente un poco mejor, jefa? —preguntó Natalia de pronto, ladeando la cabeza con genuina preocupación—. Después del estrés de ayer y de todo el trabajo acumulado.
—Oh… sí, sí —respondió Patricia enseguida, con un gesto distraído—. Estoy… bien. Solo un poco cansada, ya sabes.
—Claro —dijo Natalia con una leve sonrisa comprensiva—. Igual, en serio, piénselo… el masaje le haría bien. Aunque… —y bajó un poco la voz, en tono confidencial y cómplice— si le da cosquillas, podría decirle que tenga mucho cuidado con sus pies.
Patricia sintió que las mejillas se le encendían como brasas. Tragó saliva y asintió con un gesto breve, intentando mantener el tono profesional:
—Lo… lo tendré en cuenta, gracias.
Natalia sonrió, ajena a la tormenta interna que Patricia estaba librando, y se dio media vuelta rumbo a la puerta.
Cuando salió y la puerta volvió a cerrarse, Patricia dejó escapar un suspiro que había estado conteniendo. Se reclinó en la silla y se cubrió brevemente el rostro con las manos, sacudiendo la cabeza con una sonrisa nerviosa.
“Necesito recuperar el control… o por lo menos parecer que lo tengo,” pensó, dejando caer las manos sobre el escritorio y enderezándose.
Patricia estaba de pie junto al archivador metálico, hojeando con precisión varios legajos gruesos, intentando obligarse a sumergirse de nuevo en su rutina. Cada número, cada cláusula, cada firma revisada era un intento desesperado de anclar su mente en lo conocido, en lo seguro.
Pero entre un contrato y otro, su mente se desviaba sin querer: flashes de la noche anterior, las correas en sus muñecas, las risas incontrolables, las miradas de Felipe, la emoción y el vértigo que aún le cosquilleaban bajo la piel.
Sacudió suavemente la cabeza, exhalando por la nariz, y se inclinó un poco más para alcanzar una carpeta del estante inferior. Justo en ese momento, la puerta del despacho se abrió sin que ella lo notara.
—Jefa, necesitaba su firma en… —la voz de Natalia se detuvo de golpe, reemplazada por un gesto travieso que se formó en su rostro.
Sin pensarlo demasiado, Natalia se acercó sigilosa, y cuando estuvo justo detrás, alargó las manos y le dio un pequeño toque con los dedos a cada lado de la cintura, en tono de broma juguetona.
—¡Ah! —exclamó Patricia, dando un brinco involuntario y golpeando suavemente la cadera contra el archivador, mientras un sobresalto y una risita breve se escapaban de sus labios.
Natalia abrió mucho los ojos, divertida y sorprendida.
—¡Ohhh! —dijo entre risas— Jefa… ¿acá también es cosquillosa?
Patricia se giró con rapidez, aún algo sonrojada y con la carpeta en la mano. Adoptó su mejor expresión de ejecutiva seria, aunque la mezcla de nervios y vergüenza le hacía latir el corazón a toda velocidad.
—Natalia… —dijo con voz firme pero sin levantarla— jamás… vuelvas a hacer eso. ¿Entendido?
—Sí, sí, perdón —dijo Natalia enseguida, llevándose las manos a la boca y sonriendo con un aire culpable—. Fue solo una bromita… no quería incomodarla.
—Lo sé —respondió Patricia, suavizando un poco el tono y exhalando despacio—, pero de verdad… no lo hagas otra vez.
—Entendido, jefa —dijo Natalia, y tras dejar los documentos sobre el escritorio, salió discretamente de la oficina.
Cuando la puerta se cerró, Patricia apoyó la frente un instante contra el archivador, cerrando los ojos con una sonrisa tensa.
“Esto se me está saliendo de las manos…” pensó, sintiendo cómo su mundo tan perfectamente estructurado parecía tambalear cada día un poquito más.
Patricia regresó lentamente a su escritorio, con la carpeta aún en la mano, y se dejó caer en su silla de cuero con un suspiro contenido. El leve temblor en sus dedos la delataba, aunque a simple vista seguía luciendo impecable: su blusa perfectamente alineada, su cabello ordenado, su expresión serena.
Abrió la carpeta y comenzó a revisar los documentos uno a uno, firmando con trazos precisos y elegantes, como siempre. Cada rúbrica era casi automática, el gesto pulido de años de práctica… pero por dentro, su mente estaba hecha un torbellino.
“Contratos, cifras, presupuestos… todo en orden”, se repetía en silencio, intentando reconectar con esa parte suya que siempre tenía el control. Sin embargo, cada tanto, un pensamiento travieso se colaba como un destello: las risas incontrolables, los dedos recorriendo su piel, la expresión de Felipe cuando le habló de hacer el primer video.
Apretó los labios en una ligera sonrisa nerviosa y firmó el último documento con un movimiento decidido. Luego dejó la pluma sobre el escritorio y se recostó en el respaldo de su silla, exhalando profundamente.
“Necesito… un respiro”, pensó, llevándose una mano al cuello para aflojar apenas el botón superior de su blusa. El estrés acumulado, las emociones nuevas, y la tensión constante de mantener su fachada perfecta la estaban agotando más de lo que quería admitir.
Alzó la vista hacia el reloj de pared: eran casi las cuatro. Aún le quedaban algunas tareas menores, pero nada que no pudiera delegar o posponer.
Tomó el teléfono interno y marcó la extensión de Natalia.
—Natalia, ¿puedes venir un momento, por favor? —dijo con su tono habitual, aunque esta vez sonaba un poco más suave.
Mientras esperaba a que su asistente llegara, Patricia se giró hacia la ventana panorámica de su oficina y contempló la ciudad allá abajo. Por primera vez en mucho tiempo, la idea de salir temprano y simplemente… respirar, le resultaba tentadora.
Natalia apareció en la puerta pocos segundos después, con su inseparable tablet en mano y una sonrisa profesional.
—¿Me llamó, jefa? —preguntó con su tono amable de siempre.
Patricia giró su silla para quedar de frente a ella, cruzando una pierna con elegancia y tratando de que no se notara lo exhausta que se sentía.
—Sí, Natalia. He decidido que voy a retirarme un poco antes hoy —dijo, acompañando sus palabras con una leve sonrisa cansada—. Cancela cualquier cosa pendiente para el resto de la tarde, por favor.
La asistente parpadeó sorprendida, no acostumbrada a escuchar esas palabras salir de la boca de su jefa.
—¿En serio? —soltó con un tono casi divertido—. Eso sí que es raro en usted, jefa. ¿Se siente bien?
Patricia dejó escapar una pequeña risa.
—Sí, sí… solo necesito descansar un poco. Ha sido una semana intensa… y apenas es miércoles.
Natalia asintió con complicidad, sonriendo de medio lado.
—Bueno, se lo tiene más que merecido. Yo me encargo de todo. Cuando salga, me manda un mensaje para saber que llegó bien a casa.
—Lo haré, gracias, Natalia —respondió Patricia con un tono cálido, y por un segundo dejó entrever ese lado más humano y relajado que pocas personas en la empresa conocían.
Natalia hizo un gesto con su tablet como si diera por terminado el asunto, y se dirigió a la puerta.
—Entonces, a descansar, jefa. Y si decide probar ese masaje… ya sabe, me avisa —añadió con una sonrisa traviesa antes de salir.
Cuando la puerta se cerró, Patricia se quedó unos segundos en silencio, disfrutando de esa rara sensación de haberse dado permiso para detenerse. Se puso de pie, tomó su bolso y comenzó a guardar algunas carpetas, mientras en su interior, ese cosquilleo —esta vez no en la piel, sino en la mente— volvía a despertarse al pensar que muy pronto estaría frente a Felipe otra vez.
Patricia cruzó el pasillo de la empresa con paso sereno, como si nada extraordinario ocurriera, aunque por dentro su mente era un torbellino. Saludó con una inclinación de cabeza a algunos empleados que se sorprendieron al verla salir tan temprano, y presionó el botón del ascensor.
Cuando las puertas se cerraron, dejó escapar un suspiro profundo, bajando un instante la guardia que siempre llevaba puesta. Ya en el sótano, caminó hasta su puesto de parqueo privado, el eco de sus tacones resonando suave en el espacio vacío. Subió a su vehículo y, apenas encendió el motor, el silencio de la cabina la envolvió.
Mientras conducía rumbo a casa, el tráfico fluía mucho más ligero que la tarde anterior. Las luces de la ciudad pasaban como destellos a través del parabrisas, y Patricia se sorprendió sonriendo sin razón aparente. Bueno, no sin razón… La imagen de Felipe, serio y decidido, hablándole de su proyecto volvía a su mente una y otra vez. La intensidad del casting, la forma en que perdió el control y cómo él —y esas dos mujeres— la habían llevado al límite de su risa y su autocontrol.
Y entonces, otra punzada de pensamiento: Natalia.
Su joven y siempre profesional asistente ahora sabía algo que nadie en la empresa conocía. Sabía que su jefa, la ejecutiva inflexible, poderosa y exigente… era increíblemente cosquillosa, sobre todo en los pies. Aquello le hizo apretar un poco más el volante.
“Espero que lo tome como una simple anécdota… y no como una oportunidad para jugar”, pensó con un leve estremecimiento que no supo si era nerviosismo o algo más.
El trayecto pasó casi sin notarlo, sumida entre recuerdos, dudas y sensaciones. Finalmente descendió al garaje subterráneo de su casa, apagó el motor y permaneció unos segundos quieta, mirando el volante. Estaba sola. Nadie la esperaba, nadie la juzgaría. Solo ella… y ese secreto que parecía crecer más y más cada día.
Tomó su bolso, subió las escaleras hasta la planta principal y, al cerrar la puerta tras de sí, sintió cómo el silencio de su casa le daba la bienvenida. Un silencio perfecto para pensar, para decidir… y quizá, para dejar que ese lado oculto suyo volviera a salir, aunque solo un poco.
Patricia dejó el bolso sobre la mesa de la entrada y se quitó los tacones con un suspiro aliviado, disfrutando de la sensación del piso fresco bajo sus pies. Caminó descalza por el amplio y silencioso salón, rumbo a su habitación en el segundo piso, mientras su mente seguía enredada entre imágenes de su oficina, el casting, y el secreto que ahora compartía —aunque sin querer— con Natalia.
Al llegar a su vestidor, abrió una de las puertas correderas y contempló sus impecables trajes colgados con precisión casi quirúrgica. Con una media sonrisa, los dejó a un lado y eligió un conjunto deportivo: unos leggings negros ajustados y un top gris claro, ambos de tela suave y ligera. Se cambió con movimientos pausados, casi ceremoniales, como si despojarse de su atuendo ejecutivo fuera también quitarse, por un rato, la presión de ser “la jefa”.
Recogió su cabello rubio en una coleta alta, se miró en el espejo y se sorprendió al verse sonreír. Era raro, pero en ese momento se sentía… libre.
Bajó las escaleras hacia el ala lateral de la planta baja, donde había acondicionado su pequeño gimnasio personal. El espacio estaba impecable: piso de madera clara, un espejo de pared completa, colchonetas, pesas ligeras y una bicicleta estática junto a una gran ventana con vista al jardín.
Encendió el sistema de sonido y puso música suave, instrumental, dejando que las notas llenaran el ambiente. Comenzó con algunos estiramientos lentos, dejando que sus músculos, tensos por la jornada, cedieran poco a poco. Cada movimiento era una especie de liberación, y con cada exhalación se sentía un poco más ligera.
Mientras hacía sentadillas controladas frente al espejo, su mente regresó a Felipe, a cómo le había hablado con tanta seguridad de su proyecto, y a cómo ella, Patricia —la misma mujer que llevaba años sin perder el control de nada— había terminado riendo sin freno en su estudio. Y luego, inevitablemente, el recuerdo de sus pies asegurados, sin escapatoria, le arrancó una risita baja que ella misma ahogó sacudiendo la cabeza.
“Concéntrate, Patricia”, se dijo con firmeza, aunque no pudo evitar que esa sonrisa traviesa siguiera colgando en la comisura de sus labios.
Patricia pasó de los estiramientos a la bicicleta estática, pedaleando a un ritmo suave mientras dejaba que la música envolviera el espacio… y sin proponérselo, su mente comenzó a viajar.
El brillo del sol cayendo por aquella misma ventana le trajo un recuerdo que había intentado enterrar bajo capas de rutina: la vez que Felipe estuvo allí, en ese mismo gimnasio privado de su casa, un año atrás.
Se vio a sí misma aquella tarde: también con ropa deportiva, sin maquillaje, sin su impecable coraza ejecutiva… solo ella, relajada, pensando que una breve visita de Felipe sería inofensiva. Él había venido a buscar algo que su hijo —entonces aún vivía con ella— había olvidado. Y, de algún modo, habían terminado charlando en el gimnasio, riéndose, y luego… todo cambió.
Recordó con absoluta claridad cómo él, con esa mezcla suya de descaro juvenil y dulzura, había comentado que nunca la había visto “sin su traje de jefa”. Ella había respondido con una broma, y entonces él, casi como un reto, se había acercado, tanteando el terreno. Bastó con que rozara su costado para que Patricia soltara una carcajada involuntaria… y ahí fue cuando él lo entendió.
Patricia bajó un poco el ritmo del pedaleo, sintiendo el calor subirle a las mejillas solo de recordarlo.
Felipe no tardó en pasar de las bromas a sujetarla suavemente, con sorprendente firmeza para su edad. La hizo recostarse en una de las colchonetas, y antes de que pudiera protestar, sus dedos ya estaban danzando sobre su cintura, sus costillas, sus muslos… hasta que, en un momento que aún le parecía irreal, le sujetó los tobillos y le deslizó los calcetines, dejando sus pies completamente vulnerables.
Patricia sintió un escalofrío en el presente, como si sus plantas todavía recordaran el cosquilleo fantasma de aquel día. Recordó cómo sus pies se movían desesperados intentando escapar, y cómo su risa —su risa que siempre trataba de ocultar— llenó toda la sala del gimnasio mientras Felipe los recorría con sus dedos sin piedad alguna.
Pedaleó más lento, hasta detenerse, con el corazón latiéndole fuerte, no de cansancio sino del torbellino de emociones que aquel recuerdo le había despertado.
Se quedó quieta, con las manos en el manubrio de la bicicleta, mirando su reflejo en el espejo: la mujer elegante, fuerte y poderosa… que un chico de apenas diecinueve años había logrado doblegar entre carcajadas en su propio gimnasio.
Y, por alguna razón, la idea no le parecía tan terrible.
Patricia apagó la bicicleta estática, aún con el pulso acelerado, aunque ya no estaba segura de si era por el ejercicio o por el recuerdo que la había sacudido como un relámpago. Se quedó un momento de pie en medio del gimnasio, respirando hondo, intentando recomponer esa imagen de sí misma tan perfectamente ordenada que Felipe parecía desarmar cada vez que cruzaba por su mente.
Con un gesto decidido, recogió su toalla y se dirigió escaleras arriba. Subió a su habitación y, al entrar en el baño principal, dejó caer la ropa deportiva en el cesto, abriendo la ducha para dejar que el vapor llenara el ambiente. El agua caliente cayó sobre su piel como un abrazo necesario, relajando cada músculo tenso y borrando, aunque solo un poco, las huellas invisibles de aquel recuerdo.
Se permitió un largo rato bajo el agua, con los ojos cerrados, como si pudiera enjuagar también las mariposas que aún revoloteaban en su estómago. Cuando por fin salió, se envolvió en un albornoz de algodón blanco y se sentó frente al tocador, peinándose con calma.
Fue entonces cuando una idea se coló con sigilo entre sus pensamientos: quizás un masaje ayudaría a terminar de soltar toda esa tensión. Y, de paso, un buen cuidado para sus pies no le vendría mal después de tanto encierro en tacones.
Tomó el celular y buscó el contacto de Marcela, su pedicurista y masajista de confianza desde hacía años. La llamó con esa voz cordial pero firme que usaba para todo… aunque esta vez había un matiz de necesidad.
—Hola, Marcela —saludó—. ¿Estás disponible esta tarde?
—Hola, Patricia. Justo hoy no tengo la agenda tan llena, ¿quieres que pase por tu casa?
—Sí… —respondió Patricia, con una pequeña sonrisa—. Me vendría bien un buen masaje. Y, si puedes, también un pedicure completo.
—Perfecto, te veo sobre las seis.
—Gracias, te espero —dijo, y colgó.
Dejó el teléfono sobre el tocador, se recostó en su cama aún con el albornoz puesto y cerró los ojos unos minutos, sabiendo que esa tarde sus pies estarían en manos expertas… aunque no podía evitar pensar, con una sonrisa traviesa apenas insinuada, que ninguna mano los hacía reaccionar como las de Felipe.
A las seis en punto, el timbre sonó con la puntualidad que siempre había caracterizado a Marcela.
Patricia bajó las escaleras envuelta en una bata ligera de satén color marfil, con el cabello aún húmedo de la ducha y el rostro sereno, aunque en el fondo sentía una pizca de emoción infantil, como si estuviera por recibir un pequeño lujo secreto solo para ella.
Abrió la puerta y ahí estaba Marcela, impecable como siempre: uniforme blanco, una sonrisa amable y una maleta de ruedas llena de frascos, toallas y aceites aromáticos.
—¡Hola, Patricia! —saludó con entusiasmo contenido—. Qué gusto verte.
—Hola, Marcela —respondió Patricia con su elegancia natural—. Adelante, pasa.
La condujo por el pasillo hasta la sala principal, amplia, con ventanales altos que dejaban entrar la luz dorada del atardecer. Patricia ya había preparado el ambiente: una mesa auxiliar despejada, una bandeja con agua y toallas limpias, y un sillón reclinable que parecía hecho a medida para la ocasión.
—Aquí estaremos cómodas —dijo Patricia, sentándose mientras se acomodaba la bata.
—Perfecto —asintió Marcela, sacando con precisión sus utensilios—. Empezaremos con un pedicure completo, y luego un masaje relajante para piernas y pies. Vas a salir flotando de aquí.
Patricia sonrió, intentando sonar desenfadada aunque por dentro notaba un leve cosquilleo de nervios.
—Eso espero… aunque debo advertirte que tengo los pies un poco sensibles.
Marcela rió suavemente.
—Lo sé, ya me lo habías dicho… y no te preocupes, mis manos saben exactamente cuánta presión usar.
Patricia estiró las piernas con elegancia y dejó que Marcela retirara con cuidado las suaves sandalias que había calzado tras la ducha. Sus pies, pulcros y perfectamente cuidados, descansaron en el agua tibia con sales perfumadas. Cerró los ojos un instante mientras sentía el calor envolviendo la planta y el arco, como si cada músculo diminuto suspirara de alivio.
Marcela comenzó a trabajar con precisión meticulosa, limando y puliendo las uñas, masajeando suavemente los dedos, retirando con esmero cualquier resto de tensión acumulada por los días en tacones.
Patricia, mientras tanto, dejaba caer la cabeza hacia atrás, respirando hondo, y no pudo evitar un pensamiento travieso: “Menos mal que Marcela no sabe lo que realmente provocan en mí estas caricias… si supiera lo que logran esos dedos en las plantas de mis pies, se sorprendería.”
Una risita leve, casi inaudible, se le escapó sin querer.
—¿Todo bien? —preguntó Marcela al oírla.
—Perfecto —respondió Patricia, sonriendo—. Solo… me estoy relajando.
Marcela terminó de aplicar la última capa de esmalte transparente y brillante, y mientras retiraba la bandeja con agua tibia, anunció con su tono suave y profesional:
—Listo el pedicure… ahora viene la parte que más te va a gustar: el masaje.
Patricia sonrió, aunque por dentro se tensó ligeramente. Se acomodó en el sillón, recostando la espalda y dejando sus pies desnudos y recién mimados sobre la toalla limpia que Marcela había colocado en su regazo.
La masajista vertió unas gotas de aceite de almendras tibio en sus manos, las frotó para calentarlas un poco más, y luego apoyó sus pulgares en el centro de la planta derecha de Patricia, presionando con firmeza y movimientos circulares.
—Ay… —escapó Patricia en un susurro contenido, apretando los labios—.
Marcela la miró con una sonrisa profesional.
—¿Demasiada presión?
—No… no es eso —dijo Patricia con voz suave, mordiéndose apenas el labio—. Es que… me hace un poco de cosquillas.
—Ah, entiendo —respondió Marcela divertida, pero sin detenerse—. Tranquila, es normal al principio. Solo intenta relajar el pie… no lo retires.
Patricia asintió con determinación, tratando de mantenerlo quieto. Pero apenas Marcela deslizó los dedos por el arco y luego hacia el talón, un cosquilleo agudo le subió como un rayo y no pudo evitar soltar una risita ligera.
—Jejeje… perdón —dijo, encogiéndose un poco en el sillón mientras su pie hacía un reflejo involuntario.
—Shhh… pies quietos, señorita —bromeó Marcela con tono juguetón—. Deja que tus músculos se rindan, ellos necesitan esto.
Patricia respiró hondo, como si estuviera firmando un acuerdo consigo misma, y volvió a dejar el pie relajado sobre el regazo de Marcela. Pero cuando los dedos firmes y aceitados recorrieron lentamente la parte central de la planta, entre el arco y la almohadilla, el cosquilleo fue tan intenso que otra carcajada suave se escapó sin permiso.
—¡Ay no, no, no… jajaja! —dijo Patricia, llevándose una mano a la boca—. De verdad… tengo muchas cosquillas ahí…
Marcela rió suavemente, sin dejar de masajear.
—Ya lo veo… pero estás haciendo un gran esfuerzo. Solo respira y deja que pase, después de unos minutos se transformará en pura relajación.
Patricia sonrió, resignada, hundiéndose un poco más en el sillón mientras sus pies se retorcían apenas bajo las manos expertas de su masajista.
Marcela, que ya llevaba un buen rato trabajando con firmeza en el arco del pie derecho, notó que Patricia seguía tensando los dedos cada tanto, conteniendo pequeñas risitas mientras intentaba mantener la compostura.
Con una sonrisa pícara pero amable, levantó apenas la vista y comentó en tono ligero:
—Creo que tus pies todavía están demasiado rígidos… tal vez necesiten algo distinto para soltar del todo.
—¿Distinto? —preguntó Patricia, entre curiosa y recelosa.
—Sí… —respondió Marcela mientras, sin previo aviso, sus uñas trazaban un par de líneas suaves y rápidas por la planta recién masajeada.
Patricia arqueó la espalda como un resorte, y una carcajada fresca, clara y totalmente inesperada escapó de su garganta:
—¡Jajajajaja! ¡Ay no, Marcelaaaa!
Marcela rió bajito, disfrutando su reacción, y deslizó ahora sus dedos por ambos pies a la vez, recorriendo las almohadillas y el arco con movimientos juguetones pero delicados.
—Vaya… —dijo en tono travieso—. En verdad eres demasiado cosquilluda…
Patricia apenas podía hablar entre risitas, su cuerpo se sacudía de la risa contenida mientras sus pies se retorcían sin poder escapar de las manos de Marcela.
—¡Muchísimo! —admitió, tapándose la cara con una mano mientras reía—. Tengo exageradamente muchísimas cosquillas en los pies… son… son mi punto débil…
Marcela sonrió de oreja a oreja, bajando un poco el ritmo de sus dedos para no abrumarla.
—Entonces ahora entiendo por qué no querías el masaje ahí —dijo, con tono comprensivo pero aún juguetón—. Pero tranquila, lo estoy haciendo con cariño.
Patricia asintió, aún riendo suavemente y respirando entrecortado, con las mejillas ligeramente sonrojadas por la mezcla de vergüenza y diversión.
Marcela, aún con una leve sonrisa en los labios, dejó que sus dedos dejaran de danzar con cosquillas y retomó el ritmo pausado y firme del masaje. Sus pulgares presionaban con precisión los puntos del arco, deslizándose hacia el talón y volviendo lentamente hacia las almohadillas.
La respiración de Patricia, que hacía un momento era entrecortada por las carcajadas, comenzó a calmarse. Cerró los ojos, disfrutando de la calidez de las manos expertas de Marcela, y dejó caer la cabeza hacia atrás en el respaldo del sillón, completamente suelta.
—Así está mejor… —murmuró Marcela en tono suave—. Ahora sí te estás dejando cuidar.
—Mmm… sí… —respondió Patricia con voz relajada—. Creo que lo necesitaba más de lo que imaginaba.
Hubo un breve silencio sereno, roto solo por el sonido tenue de las manos de Marcela sobre la piel hidratada. Entonces, como si quisiera liberar algo que llevaba guardado, Patricia habló sin abrir los ojos:
—Marcela… tengo que contarte algo… curioso.
—¿Curioso? —repitió ella, intrigada pero sin detener sus movimientos—. A ver, cuenta.
Patricia sonrió apenas, algo nerviosa.
—Ayer… alguien me propuso participar como modelo en videos de cosquillas.
Marcela se detuvo un segundo, levantando la vista con sorpresa divertida.
—¿En serio? —dijo con un brillo travieso en los ojos—. ¡Eso sí que no me lo esperaba de ti, Patricia!
—Créeme que yo tampoco… —respondió Patricia con una risita suave—. Fue completamente inesperado… y lo más loco es que fui a hacer un casting.
—¿Fuiste? —Marcela abrió un poco los ojos, genuinamente sorprendida—. ¡Y yo que pensé que eras de hierro para esas cosas!
—Pues… —Patricia soltó una pequeña carcajada—… de hierro no tengo nada cuando se trata de cosquillas. Me dejaron completamente rendida…
Marcela volvió a masajear, esta vez con movimientos más envolventes, mientras negaba con una sonrisa.
—Tiene sentido… después de lo que vi hoy, tus pies son un festival de cosquillas.
—No solo mis pies… —admitió Patricia, bajando la voz, como si compartiera un secreto—. Descubrí que soy más cosquilluda de lo que creía… y, no sé… siento que una parte de mí lo disfrutó.
—Eso no tiene nada de malo —dijo Marcela con tono cálido—. Todos tenemos nuestro lado más… vulnerable. Y si además puedes sacarle algo bueno… ¿por qué no?
Patricia asintió despacio, dejando que las palabras de Marcela la envolvieran con la misma suavidad que sus manos.
—Quizás tengas razón…
—Lo que sí —añadió Marcela con una risita cómplice—… vas a tener que ir preparada. Porque si te atacan esos pies como lo hice yo, no vas a durar mucho tiempo sin reírte a carcajadas.
Las dos rieron suavemente, y Patricia se dejó hundir aún más en el sillón, sintiéndose más ligera, más en paz, y un poco menos culpable por aquella decisión que comenzaba a tomar forma en su mente.
Marcela, mientras seguía recorriendo con sus manos cada rincón cansado de los pies de Patricia, levantó la vista con una chispa curiosa en los ojos.
—Ahora sí tengo que preguntar… —dijo en tono cómplice—. ¿Cómo fue ese famoso casting?
Patricia soltó una risa suave, un poco avergonzada, y abrió los ojos para mirarla.
—¿Segura que quieres saberlo?
—¡Claro que sí! —respondió Marcela, divertida—. Tengo demasiada curiosidad… además, después de verte hoy intentar no reírte con solo un masaje, no me imagino cómo lo soportaste.
Patricia suspiró y se acomodó un poco en el sillón, como quien está a punto de contar un secreto jugoso.
—Pues… primero me sentaron en una silla especial, con los pies asegurados en un cepo y las muñecas amarradas con unas correas. Ya eso solo me puso nerviosa.
—Ay no… —Marcela se llevó una mano a la boca, sin dejar de sonreír—. Yo ahí ya estaría muerta de risa solo de los nervios.
—Y luego —continuó Patricia con una sonrisa tímida—… me hicieron preguntas normales, hasta que empezó la parte de las cosquillas. Primero fueron las axilas… y ahí comencé a reírme sin control.
—Ufff… solo de imaginarlo ya me pican —rió Marcela.
—Después pasaron a las costillas, la cintura, el abdomen… —Patricia hizo una pausa, recordando el caos entre risas—. No paraba de moverme, pero lo peor fue cuando llegaron a mis pies…
Marcela levantó las cejas, expectante.
—Sabía que ahí ibas a caer.
—Sí… —admitió Patricia, entre risas contenidas—. Los pies fueron el final… y fue lo más intenso. Dos personas sujetando cada pie y haciéndome cosquillas sin parar… no podía ni respirar de la risa.
Marcela se quedó unos segundos en silencio, y luego negó lentamente con un gesto exagerado.
—Yo… me muero si me hacen eso. Literal. Soy demasiado cosquilluda en todo el cuerpo… y los pies, igual que tú, son mi perdición total.
Las dos se miraron y estallaron en una carcajada suave y cómplice, como si acabaran de compartir un secreto travieso. Patricia se sentía extrañamente aliviada de poder hablarlo sin sentir que alguien la juzgaba, y la expresión relajada de Marcela le devolvía esa confianza de mujer a mujer que pocas veces encontraba.
—Entonces entiendes perfectamente mi dilema… —dijo Patricia aún riendo.
—Perfectamente —asintió Marcela con una sonrisa cálida—. Y si decides hacerlo… más te vale llevar mucha energía, porque si son tan dedicados como suena… vas a salir flotando de tantas cosquillas.
Ambas volvieron a reír, mientras el ambiente se volvía ligero, distendido, casi amistoso.
Patricia, todavía sonriendo mientras estiraba los dedos de los pies relajados, la miró con esa chispa traviesa que rara vez dejaba salir en público.
—Pues si eres tan cosquilluda como dices… —dijo con tono juguetón— deberías ir tú a hacer un casting. Me contaron que están buscando más mujeres cosquilludas para incluirlas como modelos en los videos. Si quieres, yo misma te acompaño.
Marcela abrió los ojos, sorprendida, y luego estalló en una risita incrédula.
—¿Cómo así? ¿De verdad pagan… por hacerle cosquillas a uno?
—Exactamente —asintió Patricia con una sonrisa cómplice—. Pagan muy bien, de hecho.
Marcela se llevó una mano a la boca, tratando de no reír demasiado.
—Ay no… imagínate yo ahí… me muero de risa antes de que empiecen.
—Esa es justamente la idea —respondió Patricia, divertida—. Entre más cosquilluda seas, mejor modelo resultas.
Marcela se quedó pensativa unos segundos, con media sonrisa nerviosa.
—Bueno… suena completamente loco… pero a la vez… un poquito tentador.
—Lo sé —dijo Patricia, bajando la voz como si estuvieran compartiendo una conspiración—. Yo pensaba lo mismo… hasta que me vi ahí sentada, sin poder dejar de reír ni un segundo.
Ambas volvieron a soltar una carcajada suave, como dos adolescentes contándose un secreto absurdo, mientras el ambiente seguía ligero y cómplice.
Marcela terminó de repasar con las manos la parte superior de los pies de Patricia, dándole un par de presiones suaves y lentas como cierre del masaje. Luego, se incorporó con una sonrisa satisfecha.
—Listo, Patricia —dijo con tono ligero—. Misión cumplida, pies suaves y mente despejada.
Patricia se sentó despacio, moviendo los dedos de los pies con una expresión de alivio.
—Gracias, Marcela… en serio. Me hacías muchísima falta hoy —respondió con una sonrisa sincera.
—Ya sabes, solo tienes que llamarme —dijo Marcela mientras guardaba sus aceites y toallas en su maletín—. Aunque la próxima vez, si decides ir a esos castings… tal vez yo también me anime —añadió con una risita.
Patricia le lanzó una mirada divertida.
—Créeme, si lo haces, no vas a volver a ver tus pies igual.
Ambas rieron de nuevo, y luego caminaron juntas hasta la puerta del garaje. Marcela le dio un abrazo breve y amistoso antes de salir.
—Descansa, Patricia. Y piénsalo bien… porque si aceptas, seguro no habrá vuelta atrás.
—Lo sé… —dijo Patricia en un susurro apenas audible, mientras la veía alejarse.
Cuando la puerta se cerró, la casa quedó en silencio. Patricia volvió a la sala, caminando despacio y aún descalza, con una sensación extraña de calma mezclada con expectación. Se dejó caer en el sofá y se quedó mirando el techo, con las piernas cruzadas, sin prisa.
Era curioso: durante años su vida había sido perfectamente ordenada, cada paso calculado… y ahora, de pronto, estaba considerando convertirse en modelo de videos de cosquillas. Solo pensar en ello le aceleraba el corazón. No sabía si era miedo… o pura emoción.
—¿De verdad voy a hacer esto? —se preguntó en voz baja, sonriendo para sí misma.
La ejecutiva impecable, la mujer siempre firme y serena, estaba a punto de adentrarse en un mundo completamente distinto, uno donde su mayor debilidad se convertiría en protagonista. Y, aunque su mente intentaba resistirse… algo en su interior parecía desearlo cada vez más.
Patricia subió las escaleras hacia su habitación con pasos lentos, aún con esa calma tibia que le había dejado el masaje. La casa estaba completamente en silencio, solo el leve zumbido del sistema de climatización y el crujido ocasional de la madera al enfriarse con la noche.
Se duchó con agua tibia, dejando que el vapor envolviera su cuerpo mientras intentaba despejar la mente, aunque cada intento la llevaba de regreso al mismo punto: la decisión que estaba a punto de tomar. Cuando salió, se secó con parsimonia, se colocó su pijama de seda azul marino y caminó hasta su tocador para aplicarse su crema habitual en manos y pies, esos pies que horas atrás habían sido el centro de tantas risas contenidas.
Se sentó en la cama, encendió la lámpara de noche y tomó el celular. Miró la pantalla por varios segundos, como quien está a punto de pulsar un botón que sabe que cambiará algo.
Finalmente, sonrió y comenzó a escribirle a Felipe:
“Hola Felipe. Estuve pensando mucho y… creo que sí, que quiero intentarlo. Acepto grabar mi primer video oficial como modelo. Pero antes, quería contarte que tengo dos posibles candidatas que podrían interesarte para futuros castings: mi pedicurista y masajista (es muy cosquilluda y lo confesó sin querer), y mi asistente en la oficina, que también me dijo que tiene cosquillas en los pies. Si quieres, puedo tantear el terreno con ellas primero.”
Releyó el mensaje un par de veces, con el pulgar suspendido sobre el botón de enviar. Sentía ese hormigueo que aparece justo antes de hacer algo que da vértigo y emoción a la vez. Y entonces, sin pensarlo más, lo envió.
La pantalla volvió a quedarse oscura, reflejando apenas su sonrisa cómplice. Se acomodó entre las sábanas, apagó la luz y dejó que sus pensamientos flotaran libres mientras el sueño se acercaba, sabiendo que al despertar… su vida estaría a punto de dar un giro inesperado.
El sol apenas se filtraba por los ventanales altos cuando el despertador comenzó a sonar, marcando el inicio de otro día en la vida meticulosamente ordenada de Patricia… al menos en apariencia.
Se desperezó entre las sábanas, sintiendo aún la suavidad del sueño en los músculos, y alcanzó su celular sobre la mesita de noche. La pantalla iluminó el cuarto en penumbra con la notificación de un nuevo mensaje: era de Felipe.
Con el ceño ligeramente fruncido por el sueño y una media sonrisa de curiosidad, deslizó el dedo para leer:
“Me alegra muchísimo que hayas decidido hacerlo, Patricia. Estoy seguro de que será algo increíble.
Y lo de tus posibles candidatas… suena perfecto. Cuando tú creas que sea el momento, podrías hablarles del proyecto y, si se animan, les haríamos un casting inicial.
En cuanto a ti, quiero que tengas presente que todo será a tu ritmo. Cuando estés lista, me avisas y programamos tu primer video oficial.”
Patricia dejó escapar un pequeño suspiro, mitad risa y mitad nervios. Sentía ese cosquilleo en el estómago que solía aparecer antes de una gran presentación en su empresa… solo que esta vez no había diapositivas ni juntas directivas de por medio, sino risas, ataduras suaves y sus pies completamente expuestos.
Se levantó con decisión. Caminó hacia el baño, se duchó con agua fría para despejarse, y luego eligió uno de sus trajes favoritos: falda lápiz gris, blusa de seda blanca y tacones nude, el uniforme de la ejecutiva imperturbable que todos conocían. Mientras se maquillaba frente al espejo, el mensaje de Felipe seguía dando vueltas en su cabeza, como un eco persistente que le dibujaba una leve sonrisa cada vez que lo recordaba.
Desayunó ligero en la cocina —tostadas integrales, café negro— y luego bajó al garaje subterráneo, donde su auto ya la esperaba impecable como siempre.
Cuando se incorporó al tráfico de la ciudad rumbo a la oficina, sintió que el día brillaba un poco distinto, como si supiera que algo nuevo estaba a punto de comenzar, algo que muy pocos imaginarían de la mujer segura y exigente que pronto cruzaría las puertas de su empresa.
El trayecto hasta la empresa transcurrió sin contratiempos, y para cuando Patricia estacionó en su plaza privada del sótano, ya había adoptado por completo su porte habitual: espalda recta, pasos firmes, mirada decidida. Aun así, bajo esa fachada impecable, su mente seguía maquinando con suavidad cómo introducir el tema con Natalia sin levantar sospechas… ni sonrojarse en el intento.
Subió en el ascensor saludando con su sonrisa educada de siempre a los empleados que se cruzaban con ella, quienes respondían con respeto y admiración. Al salir en su piso, el aroma a café recién hecho ya flotaba en el aire y su asistente, puntual como un reloj, la esperaba de pie junto a su escritorio.
—Buenos días, jefa —saludó Natalia, tendiéndole su taza favorita de café caliente—. Aquí tiene su agenda. Hoy parece menos saturada que ayer, por suerte.
—Menos mal —respondió Patricia con una leve sonrisa mientras dejaba su bolso sobre el sofá—. Ayer fue… un día muy largo.
Natalia le devolvió la sonrisa sin hacer más preguntas, y se retiró a su pequeño escritorio anexo. Patricia se dejó caer suavemente en su silla ejecutiva, revisando la agenda mientras daba el primer sorbo de café. Sentía cómo la cafeína comenzaba a espabilarla, pero su mente ya no estaba tanto en las reuniones del día, sino en cómo mencionar lo del casting sin que sonara demasiado extraño.
Tal vez podría decirle que están buscando mujeres para una campaña de marketing divertida… o como algo artístico… algo que no suene tan directamente a cosquillas de inmediato… pensó, mientras jugueteaba distraída con su pluma sobre la agenda.
La sola idea de ver la expresión de Natalia —la misma mujer que el día anterior la había hecho brincar al tocarle la cintura— al oír la palabra “cosquillas” la hizo sonreír con cierta picardía nerviosa. Aun así, sabía que si alguien podía tomarlo con naturalidad, era ella.
Patricia enderezó la espalda, respiró hondo y se dijo en silencio que lo haría con calma, sin presiones. Había tiempo. Hoy solo tantearía el terreno.
Patricia revisó un par de correos más, intentando que su mente no se le escapara demasiado lejos, y finalmente dejó la pluma sobre el escritorio. Miró hacia la puerta de cristal que conectaba con el espacio de Natalia y, con un gesto de cabeza, la llamó.
—¿Podrías venir un momento, Natalia? —dijo con tono amable.
—Claro, jefa —respondió la joven, entrando enseguida con su tablet en mano—. ¿Quiere que traiga la agenda también?
—No, no hace falta. Esto es… algo más informal —aclaró Patricia con una media sonrisa.
Natalia arqueó una ceja, curiosa, y se sentó frente a ella. Patricia apoyó los codos suavemente sobre el escritorio, entrelazando los dedos, como quien va a contar un secreto divertido.
—A ver… —empezó con tono juguetón— ¿recuerdas que el lunes salí temprano y no dije exactamente adónde iba?
—Sí… —respondió Natalia con cautela, esbozando una sonrisita—. Se notaba que iba a algo importante, aunque misterioso.
—Pues… lo era —asintió Patricia, bajando un poco la voz—. Fui a un casting.
Los ojos de Natalia se abrieron un poco más, sorprendida.
—¿Un casting? ¿Para qué?
Patricia respiró hondo, conteniendo una pequeña carcajada de pura vergüenza anticipada, y decidió soltarlo de una vez.
—Un casting para… modelos de cosquillas.
Hubo un segundo de silencio y luego Natalia, incrédula pero divertida, dejó escapar una risa suave.
—¿Está hablando en serio?
—Completamente —dijo Patricia con expresión serena aunque las comisuras de sus labios temblaban de risa—. Fue… una experiencia intensa, digamos. Muy profesional, pero… bueno, ya sabes que yo… —hizo un gesto con la mano en dirección a sus propios pies, bajando la mirada un instante— …soy muy cosquilluda.
Natalia se llevó la mano a la boca para contener otra risa, aunque sus ojos brillaban de curiosidad.
—¡No lo puedo creer! Usted, la mujer más imperturbable de esta empresa… en un casting de cosquillas.
Patricia asintió, dejando escapar una risita cómplice.
—Y sobreviví, lo cual ya es un logro.
Natalia se acomodó en la silla, ahora visiblemente intrigada.
—Pero… ¿cómo fue exactamente? —preguntó, inclinándose un poco hacia adelante—. ¿Qué hacen en un casting de cosquillas?
Patricia se rió bajito, como quien recuerda una travesura.
—Primero hacen unas preguntas normales… edad, profesión, estado civil, ese tipo de cosas —explicó con tono casual—. Luego te aseguran en una especie de silla especial, muy firmemente, para que no puedas moverte, y… comienzan a hacer cosquillas por todo el cuerpo, por secciones, cronometradas.
—¡Qué locura! —exclamó Natalia con los ojos brillantes—. ¿Y usted logró aguantar?
—Con mucho esfuerzo… —admitió Patricia sonriendo—. Me reí como no lo hacía desde hace años. Y cuando llegaron a mis pies… —sacudió la cabeza con una mezcla de vergüenza y diversión— …bueno, digamos que ahí ya no tenía ningún control sobre nada.
Natalia estalló en una carcajada corta.
—Me lo imagino… yo no aguantaría ni cinco segundos. Tengo cosquillas solo de pensar en eso.
Patricia sonrió con un gesto que mezclaba picardía y curiosidad, y dejó que sus palabras salieran con un tono suave, casi cómplice:
—¿Sabes que… justo están buscando más mujeres cosquilludas para nuevos videos?
Natalia parpadeó sorprendida.
—¿En serio?
—Sí —asintió Patricia con serenidad—. De hecho, estaba pensando que… tú podrías ser buena candidata. Eres espontánea, divertida… y por lo que veo, bastante cosquilluda también.
Natalia abrió la boca, entre divertida y escandalizada.
—¿Me está proponiendo que haga un casting de cosquillas?
—Solo… lo estoy poniendo sobre la mesa —dijo Patricia levantando las manos con una sonrisita traviesa—. Nadie te obliga a nada, claro. Pero pagan muy bien y… honestamente, es más divertido que estresante.
Natalia la observó en silencio unos segundos, todavía riendo un poco, como si intentara procesar que su elegante jefa le estaba proponiendo algo tan fuera de lo común.
—Wow… eso sí que no me lo esperaba —admitió finalmente, divertida.
Natalia se recostó un poco en la silla, aún con esa mezcla de risa y asombro que no lograba disimular, pero esta vez su tono se volvió más reflexivo:
—La verdad… suena raro, pero también suena… no sé, diferente. Divertido —dijo, bajando un poco la voz, casi como si fuera un secreto entre ellas.
Patricia sonrió satisfecha al notar ese cambio de tono y, con la puerta de su despacho cerrada y el ambiente más confidencial, se inclinó un poco sobre el escritorio.
—Piénsalo así… no hay nada vulgar ni comprometedor, solo risas. Y… si te eligen, pagan bastante bien.
Natalia dejó escapar una risita nerviosa y jugueteó con uno de los botones de su blusa, pensativa.
—Tal vez… tal vez lo intentaría. Aunque creo que me moriría de la risa apenas me tocaran.
—Eso es precisamente lo que buscan —respondió Patricia con un guiño cómplice—. Entre más cosquilluda, mejor.
Natalia la miró curiosa, y luego bajó la voz aún más, como quien comparte una confesión traviesa:
—Bueno… si vamos a hablar de eso… —dijo entre risas—. Tengo cosquillas en todos lados. Literalmente.
—¿En todos? —preguntó Patricia, divertida, apoyando la barbilla en su mano.
—Sí… —asintió Natalia sonrojándose un poco—. Axilas, costados, cintura, muslos… y sobre todo los pies. Mis pies son mi perdición. Apenas me los rozan y ya me muero de la risa.
Patricia soltó una carcajada suave y elegante.
—Entonces serías perfecta para esto —dijo con tono juguetón—. Porque créeme, los pies son el gran final de esos castings.
—Ay no… —Natalia se tapó la cara con las manos, entre avergonzada y divertida—. No sé si sobreviviría a eso.
—Sobrevivirías —aseguró Patricia, sonriendo con complicidad—. Y además saldrías con una sonrisa enorme… y quizá con un buen bono.
Natalia bajó las manos, todavía sonriendo con cierta timidez, pero ya con una chispa de interés genuino en los ojos.
—Bueno… tal vez no suena tan descabellado.
Patricia la observó con esa media sonrisa que usaba cuando estaba cerrando un trato importante, aunque en esta ocasión había un brillo juguetón en sus ojos que Natalia nunca le había visto antes.
—Mira, Natalia —comenzó, entrelazando los dedos sobre el escritorio—, hablando en serio… si de verdad te animas, yo podría proponerte oficialmente para hacer el casting.
Natalia parpadeó, sorprendida, aunque seguía con esa sonrisa nerviosa en los labios.
—¿Así de fácil?
—Así de fácil —asintió Patricia—. No hay que firmar nada todavía. Solo vas, te hacen unas preguntas, te aseguran un poco para que no te escapes —añadió con tono cómplice, provocando que Natalia se riera— y luego prueban distintas zonas de tu cuerpo para ver qué tan cosquilluda eres. Todo con tiempos cronometrados y de forma muy profesional.
—¿Y… dura mucho? —preguntó Natalia, mordiéndose el labio.
—No, no demasiado —respondió Patricia con naturalidad—. Creo que mi prueba entera duró como… treinta o cuarenta minutos, más o menos.
—Wow… —dijo Natalia, algo impresionada—. Suena… intenso.
Patricia sonrió y se inclinó hacia ella como quien comparte un secreto:
—Y te confieso algo más… esta misma tarde voy a volver al estudio para hablar con ellos. Si quieres, puedes acompañarme y hacer tu casting de una vez.
Los ojos de Natalia se agrandaron, sorprendidos.
—¿Esta tarde?
—Sí —afirmó Patricia, sin perder esa sonrisa elegante—. Así no te da tiempo de pensarlo demasiado y echarte para atrás.
Natalia se llevó una mano al pecho, entre riéndose y tratando de calmarse.
—Ay Dios… no sé si estoy loca por siquiera considerarlo.
—Un poco de locura nunca viene mal —dijo Patricia con tono juguetón—. Y quién sabe, tal vez descubras que te encanta.
Natalia se quedó en silencio unos segundos, pensativa, con esa expresión de quien está debatiéndose entre el miedo y la curiosidad.
—Está bien… —dijo por fin, sonriendo nerviosa—. Lo pensaré de aquí a la tarde.
—Perfecto —asintió Patricia complacida—. Pero lleva sandalias cómodas… por si acaso.
Ambas soltaron una carcajada, cómplices, como si acabaran de sellar un secreto divertido solo entre ellas.
La oficina, como cada tarde, bullía con el murmullo de teclados, teléfonos y pasos apresurados en el pasillo, pero dentro del despacho de Patricia el tiempo parecía ir a otro ritmo.
Ella estaba frente a su pantalla, repasando informes, firmando documentos digitales y corrigiendo presupuestos… pero cada tanto, sus ojos se quedaban clavados en un punto inexistente mientras su mente se iba. Pensaba en el estudio, en Felipe, en Jessica y Cinthia… y en cómo sería ver a su propia asistente, la joven eficiente y siempre correcta Natalia, atada en el cepo como ella lo había estado, soltando carcajadas bajo el ataque de cosquillas.
Patricia sacudía la cabeza suavemente, como espantando una nube de pensamientos traviesos, y volvía a enfocarse en su trabajo, aunque no duraba mucho antes de volver a perder el hilo.
A pocos metros de allí, Natalia estaba en su pequeño escritorio fuera del despacho, con una pila de carpetas a un lado y el celular apoyado boca abajo. A simple vista parecía concentrada… pero en realidad apenas lograba leer una línea seguida sin distraerse. Se mordía el borde del bolígrafo mientras sus pensamientos se arremolinaban: “¿De verdad voy a hacer esto? ¿Y si no aguanto ni un minuto? ¿Y si me muero de la risa frente a todos?”
De vez en cuando se sorprendía sonriendo sola, imaginando a Patricia —su jefa, siempre tan imponente y segura— riendo como loca durante su propio casting. Y cada vez que la imaginaba así, un pequeño escalofrío nervioso le recorría la espalda.
Patricia, como si la hubiese sentido, abrió la puerta de su despacho y asomó la cabeza.
—¿Todo bien, Natalia? —preguntó con tono amable.
—Sí, sí, todo bajo control —respondió Natalia, sentándose más derecha de inmediato.
Patricia le dedicó una sonrisita sutil, cómplice, y volvió a su oficina cerrando la puerta despacio.
Natalia dejó escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo, y murmuró para sí misma:
—Definitivamente… estoy loca por siquiera pensarlo.
Ambas, cada una en su rincón, seguían cumpliendo con su papel de ejecutiva y asistente impecables… aunque sabían perfectamente que la verdadera prueba de autocontrol vendría unas horas más tarde.
Patricia cerró la última carpeta del día con un suspiro largo. El reloj marcaba las 4:15 pm y en la oficina empezaba a sentirse ese ambiente de cierre, cuando los empleados recogían sus cosas para marcharse. Ella se puso de pie, se acercó a la puerta de su despacho y la abrió con calma.
—Natalia, ¿puedes pasar un momento? —dijo en tono sereno pero con ese matiz juguetón que había usado un par de veces durante la charla de la mañana.
Natalia dejó el bolígrafo sobre el escritorio y entró al despacho. Cerró la puerta detrás de ella, casi de manera instintiva, y se quedó de pie frente al escritorio de Patricia.
—Dígame, jefa.
Patricia sonrió, apoyándose en el borde de su mesa, brazos cruzados.
—Bueno… ya sabes cuál es mi plan para esta tarde. —La miró directamente a los ojos—. Lo que no sé es si tú vas a animarte a acompañarme… como espectadora, o incluso como protagonista.
Natalia sonrió nerviosa y se pasó una mano por el cabello.
—No sé si llamarle “ánimo” o “pánico”. Estoy entre las dos cosas. —Soltó una risita nerviosa—. Solo pensar en estar en esa silla… uff.
Patricia ladeó la cabeza, observándola con picardía.
—Mira que yo también lo pensé así… y aquí estoy, a punto de regresar. Créeme, una parte de ti lo va a disfrutar más de lo que imaginas.
Natalia la miró en silencio unos segundos, y luego, con un tono más bajo, confesó:
—Me da un poco de vergüenza… usted sabe dónde tengo cosquillas. Si me atacan ahí, no voy a poder parar de reír.
Patricia se rió suavemente, como si compartieran un secreto.
—De eso se trata, Natalia. Allí nadie espera que seas la asistente correcta y formal. Solo que seas tú, con tus cosquillas, sin filtros.
Natalia respiró hondo y finalmente preguntó:
—¿Y si no aguanto?
Patricia se inclinó un poco hacia ella, con esa mezcla de autoridad y complicidad que la caracterizaba:
—Entonces te reirás hasta que suene el cronómetro. Y cuando termine, saldrás con la misma sensación que tuve yo: agotada, pero… liberada.
Natalia apretó los labios, pensativa. Luego sonrió, casi rendida.
—Está bien… voy. Pero solo porque confío en usted.
Patricia rio bajito, satisfecha, y le dio una palmadita en el hombro.
—Esa es la actitud. Ahora, recoge tus cosas. Nos esperan.
Natalia asintió, todavía con esa mezcla de nervios y curiosidad, y salió del despacho. Patricia, al quedarse sola unos segundos, no pudo evitar sonreír como una adolescente traviesa antes de apagar su computadora.
Patricia salió de su despacho con el bolso al hombro, caminando con paso firme pero con un brillo distinto en la mirada. Natalia ya la esperaba junto a su escritorio, con su chaqueta puesta y el celular en la mano. Apenas la vio, sonrió nerviosa.
—¿Lista? —preguntó Patricia, arqueando una ceja.
—Lista… o al menos eso intento —respondió Natalia, soltando una risita que dejaba ver sus nervios.
Ambas caminaron hacia el ascensor. El pasillo estaba tranquilo, algunos empleados ya se despedían entre ellos. Al ver a su jefa con la asistente, nadie sospechó nada: parecía una salida normal de trabajo.
Al llegar al parqueadero subterráneo, Patricia activó la alarma de su vehículo y abrió la puerta del copiloto para Natalia con un gesto elegante.
—Adelante. Hoy eres mi acompañante oficial —dijo con un tono juguetón.
Natalia entró en el auto, intentando disimular la mezcla de emoción y ansiedad que llevaba por dentro. Patricia rodeó el vehículo y se sentó al volante. Encendió el motor, y mientras el sonido llenaba el silencio, giró el rostro hacia ella.
—Última oportunidad, Natalia. Si no quieres hacerlo, me lo dices ahora y no pasa nada.
Natalia respiró hondo y apretó los labios. Luego, sin mirarla directamente, respondió:
—No, jefa… voy a hacerlo. Me muero de nervios, pero voy a hacerlo.
Patricia sonrió satisfecha, arrancó el coche y salieron del estacionamiento. La tarde bogotana (o la ciudad que quieras imaginar) estaba cargada de tráfico, pero en el interior del auto la tensión se mezclaba con un aire de complicidad.
—No te preocupes tanto —dijo Patricia, con voz calmada pero juguetona—. Lo único que tienes que hacer es ser tú misma… y dejar que tus cosquillas hablen por ti.
Natalia se rió, tapándose la cara con las manos.
—Ay, no me diga eso… porque entonces me van a conocer demasiado rápido.
Patricia soltó una carcajada y apretó suavemente el volante.
—Créeme, yo ya pasé por ahí. Y si yo sobreviví, tú también puedes.
La mirada de Natalia se relajó un poco, y entre ambas empezó a formarse una burbuja de confianza, como si las dos estuvieran a punto de compartir un secreto que nadie más en la oficina podría imaginar.
El auto avanzaba por la avenida mientras el sol de la tarde bañaba los edificios con un brillo dorado. Patricia conducía con su habitual elegancia, el cabello perfectamente recogido, la mirada atenta en la vía, pero de vez en cuando girando hacia Natalia, que iba en el asiento del copiloto jugueteando nerviosa con sus manos.
A sus 24 años, Natalia irradiaba frescura. Su cabello castaño lacio caía suavemente sobre los hombros, enmarcando un rostro juvenil de piel tersa y ojos café claros que parecían siempre curiosos. Vestía con sencillez, un conjunto formal pero ligero: blusa blanca de botones y falda recta, aunque con ese aire natural que contrastaba con la sobriedad impecable de Patricia.
—¿Estás nerviosa? —preguntó Patricia con una sonrisa leve, sin dejar de mirar el camino.
—Un poco —admitió Natalia, soltando una risa corta y sincera—. No todos los días te invitan a un casting de… cosquillas.
Patricia soltó una carcajada suave. —Bueno, al menos vas preparada. Ya confesaste cuáles son tus puntos débiles.
—Ay, jefa, no me recuerde —dijo Natalia ocultándose un poco detrás de su cabello, aunque sonriendo—. Siento que me van a descubrir como el ser humano más cosquilloso del planeta.
—Créeme que no estás sola —replicó Patricia con tono cómplice, lanzándole una mirada rápida que hizo que ambas rieran otra vez.
El ambiente en el auto era ligero, casi íntimo. Una mezcla de nervios y complicidad que hacía que el trayecto se sintiera más corto. Patricia, más serena, irradiaba esa seguridad que Natalia absorbía como apoyo, aunque no podía evitar sentir las mariposas en el estómago.
—Lo bueno —añadió Patricia con voz suave— es que no tienes que impresionar con nada más. Solo ser tú, con toda tu sensibilidad y espontaneidad. Eso, Natalia, vale oro en este mundo.
Natalia la miró con un brillo en los ojos, como si de pronto entendiera que no era una invitación cualquiera, sino la posibilidad de explorar algo distinto, divertido y quizá liberador.
El auto se estacionó frente al discreto edificio donde se encontraba el estudio. Patricia apagó el motor con calma, respiró hondo y miró a Natalia con una sonrisa de complicidad.
Patricia iba impecable como siempre: un vestido tubo azul marino de tela fina, que realzaba su porte elegante y profesional. Lo combinaba con un blazer ligero en tono crema y unos tacones clásicos que hacían resonar sus pasos con firmeza. Su bolso de cuero, perfectamente organizado, reposaba en el asiento trasero.
Natalia, por su parte, lucía más fresca y juvenil. Llevaba una blusa blanca de botones ligeramente suelta, arremangada a la altura de los codos, y una falda recta negra hasta la rodilla, sencilla pero con un toque formal que dejaba claro que venía de la oficina. Sus zapatos eran unos mocasines negros cómodos, que contrastaban con la seriedad del conjunto, mostrando esa mezcla natural de profesionalismo y frescura.
Ambas descendieron del auto casi al mismo tiempo. Patricia, con ese aire seguro que la caracterizaba, y Natalia, un poco más nerviosa, acomodándose el cabello detrás de la oreja como si quisiera convencerse de que estaba lista para lo que venía.
En la entrada, Felipe las esperaba con una sonrisa amplia y el gesto acogedor que ya Patricia conocía bien.
—Bienvenidas —saludó, extendiendo la mano primero hacia Patricia y luego hacia Natalia—. Qué gusto verlas.
Patricia estrechó su mano con la serenidad de quien ya estaba familiarizada con el lugar, mientras Natalia lo hizo con un poco de timidez, aunque Felipe, con tono cálido, enseguida la tranquilizó.
—Así que tú eres Natalia… —dijo con amabilidad—. Me alegra mucho que hayas aceptado venir. Aquí todo es en confianza, tranquilo y con respeto.
Natalia asintió con una sonrisa nerviosa. —Gracias… espero estar a la altura —respondió con un hilo de voz entre curiosa y divertida.
Patricia la miró de reojo con un gesto cómplice, como diciendo: relájate, todo va a estar bien. Y juntas, cruzaron el pasillo hacia el interior del estudio, donde la aventura de Natalia estaba a punto de comenzar.
El estudio tenía ese aire entre profesional y acogedor: luces bien distribuidas, cámaras ordenadas en sus trípodes, y un par de sofás donde podían sentarse a conversar antes de comenzar. Todo estaba impecablemente limpio, sin exageraciones, lo justo para transmitir confianza.
Felipe las guió hasta un pequeño salón lateral, donde ya estaban Jessica y Cinthia, revisando unas notas. Ambas se levantaron al verlas entrar, sonriendo con amabilidad.
—Patricia, qué alegría verte de nuevo —dijo Jessica, acercándose a darle un abrazo ligero.
—Lo mismo digo, Jessica —respondió Patricia con esa elegancia cálida que la distinguía—. Me alegra volver tan pronto.
Cinthia saludó a Patricia con un apretón de manos y luego miró curiosa a Natalia. —¿Y esta preciosura quién es? —preguntó con tono juguetón pero amable.
Patricia dio un paso al frente y presentó con naturalidad: —Ella es Natalia, mi asistente en la oficina… y también una de las personas más cosquilludas que conozco.
Natalia se sonrojó un poco, soltando una risa nerviosa. —Bueno, tampoco era necesario dar tantos detalles de entrada, jefa… —dijo mirando a Patricia con complicidad.
Las risas fueron generales y el ambiente se relajó.
Felipe, con su tono seguro y tranquilo, tomó la palabra: —Natalia, aquí todo se hace con respeto. Lo que buscamos es capturar la autenticidad de las reacciones, la risa, la energía. No hay nada forzado ni fuera de lugar. Siempre tienes el control: si algo no te gusta, lo dices, y paramos.
Natalia asintió, aunque mordía suavemente su labio como si tratara de convencerse de que todo era cierto. —Ok… suena menos intimidante de lo que me imaginaba —dijo con una sonrisa pequeña.
Jessica intervino, acercándose con simpatía: —La idea es que disfrutes, aunque te rías como nunca. Al inicio puede dar un poco de nervios, pero créeme, en segundos te olvidas y solo fluye.
—Sí, y siempre estamos atentos a ti —añadió Cinthia—. Aquí nadie sufre, todas nos divertimos.
Patricia, que observaba a su asistente con una mezcla de orgullo y ternura, se inclinó un poco hacia ella. —Mira, Nat, yo sé que esto es distinto a todo lo que hemos hecho juntas… pero créeme, si yo me animé, tú también puedes. Y si quieres que me quede a tu lado, estaré aquí todo el tiempo.
Natalia la miró con una mezcla de gratitud y nerviosismo.
—Eso me da un poco más de tranquilidad, la verdad… —dijo bajando la voz.
Felipe asintió, dejando claro que la decisión final era de ella.
—Hoy lo que haremos es un casting sencillo. No más de unos minutos. Queremos ver tu reacción, qué tan cosquilluda eres y cómo lo manejas. Si te sientes cómoda, después hablamos de un video completo.
Natalia respiró profundo, acomodando un mechón de su cabello detrás de la oreja. —Ok… lo intento. Pero no prometo no gritar, ¿eh?
Jessica rió. —Grita todo lo que quieras, eso lo captamos mejor todavía.
Las carcajadas relajaron aún más el ambiente. Patricia se acercó y le apretó suavemente el hombro a Natalia. —Confía, Nat. Solo sé tú misma… y deja que las cosquillas hagan lo suyo.
La joven asistente sonrió con algo más de seguridad, aunque todavía jugueteaba con sus manos. El escenario estaba listo: los nervios de Natalia comenzaban a mezclarse con curiosidad y un poquito de emoción.
Felipe indicó con calma que pasaran al set principal. Allí había una silla especial, resistente, con apoyabrazos acolchados y un espacio cómodo para recostar los pies. No parecía intimidante, más bien daba un aire profesional pero sin perder lo lúdico.
—Natalia, lo primero es que te sientas cómoda —dijo Felipe con voz tranquila—. Si algo no te gusta, nos lo dices. Hoy solo queremos conocerte un poco mejor en este ambiente.
Patricia, parada a un lado, la animaba con una sonrisa cómplice. —Vamos, Nat, solo tienes que dejarte llevar. Créeme, al principio impresiona, pero después hasta se vuelve divertido.
Natalia se sentó con cierta rigidez, mordiéndose el labio, pero cuando Jessica y Cinthia la ayudaron a acomodarse, comenzó a relajarse poco a poco.
Cinthia y Jessica, con la naturalidad de quienes ya habían hecho ese procedimiento muchas veces, se movieron alrededor de Natalia con suavidad.
—Tranquila, esto no duele nada —dijo Cinthia mientras le tomaba con cuidado la muñeca derecha y la acomodaba en la correa acolchada, ajustándola lo suficiente para mantenerla firme, pero sin incomodarla.
Jessica hizo lo mismo con la muñeca izquierda, sonriendo para darle confianza. —Solo es para que no te muevas demasiado cuando empieces a reírte. Créeme, vas a agradecerlo después.
—¿Eso dicen todas? —preguntó Natalia nerviosa, mirando a Patricia que la observaba desde un costado.
—Eso digo yo —respondió Patricia con una media sonrisa—. Y créeme, sé de lo que hablo.
Natalia soltó una risita nerviosa. —Ay Dios mío, ¿en qué me metí?
Mientras tanto, Jessica se inclinó frente a ella y, con un gesto delicado, tomó uno de sus tobillos para guiarlo hacia el cepo.
—Ahora los pies… déjalos sueltos, no te preocupes.
—¿También los pies? —dijo Natalia con un tono entre sorpresa y resignación, mientras Cinthia le ayudaba con el otro.
Los tacones quedaron apuntando hacia adelante, perfectamente alineados en los orificios del cepo, mientras las medias veladas estiraban la forma de sus pies, dándoles un aspecto delicado pero a la vez vulnerable.
Felipe, observando la preparación, intervino con voz tranquila y firme. —Perfecto. Quiero que recuerdes, Natalia: esto es solo una prueba, pero la idea es que te sueltes, rías y disfrutes la experiencia. Todo lo que pase aquí es entre nosotros.
Natalia asintió, aunque no podía ocultar la mezcla de nervios y expectación que brillaba en sus ojos. —Está bien… pero no prometo aguantarme mucho.
Patricia no pudo evitar sonreír con ternura, viendo a su asistente así de vulnerable y a la vez valiente. —Haz lo que yo hice, Nat: ríe, suéltate… y deja que fluya.
El ambiente se volvió ligero, pero cargado de esa tensión juguetona que anunciaba que la verdadera prueba estaba a punto de comenzar.
Felipe se colocó frente a Natalia, con su libreta en mano como si fuera un entrevistador formal, aunque en el ambiente todos sabían que aquello era más que un simple cuestionario.
—Muy bien, Natalia, empecemos con lo básico. ¿Qué edad tienes? —preguntó con una sonrisa.
—Veinticuatro… —respondió ella, con un hilo de voz nervioso, aunque luego se aclaró la garganta—. Veinticuatro años.
Felipe asintió y anotó. —Profesión o a qué te dedicas.
—Soy asistente ejecutiva… trabajo con Patricia —dijo, lanzando una mirada rápida a su jefa, como si buscara aprobación.
Patricia le devolvió una sonrisa tranquilizadora. —Muy cierto. Y lo haces muy bien.
Natalia soltó una risita nerviosa y bajó la mirada.
—¿Casada, soltera? —continuó Felipe, manteniendo la voz ligera.
—Soltera.
Jessica, que estaba a un lado, no pudo evitar bromear: —Eso es bueno, así nadie se va a poner celoso de este casting.
Las risas relajaron un poco más a Natalia.
Felipe siguió con calma: —Ahora lo importante: ¿tienes cosquillas?
Natalia abrió los ojos como si la pregunta fuera demasiado obvia. —¡Demasiadas! —respondió casi riéndose sola—. En todas partes…
—¿En qué partes de tu cuerpo las sientes más? —insistió Felipe.
Natalia se mordió el labio, como si dudara en confesarse tan vulnerable delante de todos. —En los pies… muchísimo… y en la cintura también… y las axilas… la verdad es que en todas partes, pero los pies son mi perdición.
Patricia la miró divertida, recordando sus propias respuestas apenas dos días atrás. —Te entiendo perfectamente —dijo Patricia con complicidad.
Felipe sonrió satisfecho. —Muy bien. Entonces dime: del uno al cinco, ¿qué tan cosquilluda dirías que eres en esas partes? Vamos por partes…
Natalia suspiró y empezó a enumerar, riéndose al mismo tiempo. —Axilas… un cuatro… costados y cintura, cinco fijo… barriga, tres… muslos, cuatro… y pies… —hizo una pausa dramática, bajando la cabeza con media sonrisa— cinco con mayúsculas.
Jessica chasqueó la lengua en tono juguetón. —Eso suena prometedor.
—Lo suficientemente prometedor —añadió Felipe, cerrando la libreta con gesto decidido—. Creo que ya podemos pasar a la primera fase.
Natalia apretó los labios, respiró hondo y miró a Patricia como buscando valor. —Ayúdame a sobrevivir, jefa.
Patricia rió suavemente. —Solo ríete y disfruta, Nat. Eso es lo que hice yo.
El ambiente estaba listo, y Natalia, aún con sus tacones y medias veladas, se preparaba para descubrir cómo sería su primera experiencia real en el cepo.
Felipe dio un par de pasos hacia atrás, como quien prepara el escenario, y levantó la mano para captar la atención de todos.
—Antes de empezar, Natalia, quiero aclararte algo importante —dijo con voz serena—. Aquí no hay palabra de seguridad, pero todo está cronometrado. Eso significa que, aunque supliques, aunque rías hasta no poder más, el tiempo seguirá corriendo… y cuando la alarma suene, se detiene. Así que lo único que tienes que hacer es dejarte llevar.
Natalia lo miró con los ojos muy abiertos, mordiéndose el labio inferior. —Eso suena… aterrador y emocionante a la vez.
Jessica sonrió de medio lado. —Créeme, es más emocionante que aterrador.
Patricia, desde un costado, añadió con complicidad: —Solo respira y ríete, Nat. Yo también pensaba que no iba a poder… y aquí estoy.
Felipe asintió satisfecho. —Muy bien, entonces… primera fase: axilas. Jessica, Cinthia… cuando quieran.
Las dos mujeres se colocaron a cada lado de Natalia, que ya estaba con los brazos asegurados por las correas hacia arriba. Ella cerró los ojos con fuerza, como anticipando lo inevitable.
—No, no, esperen… —empezó a decir con tono nervioso.
Pero no hubo espera. Jessica deslizó sus uñas suavemente por una axila mientras Cinthia hacía lo mismo por la otra, y al instante Natalia arqueó la espalda con un grito que se transformó en carcajada.
—¡Noooo! ¡Ahahahaha no, no, no! —se retorcía, pero sus brazos no podían moverse más allá de la tensión de las correas.
—Uy, es muy sensible aquí —comentó Cinthia sorprendida, mientras sus dedos seguían explorando con curiosidad juguetona.
—Demasiado sensible —añadió Jessica, sin detenerse ni un segundo.
Patricia, desde su silla, observaba divertida la escena, viendo cómo su joven asistente pasaba de la rigidez nerviosa a un mar de risas descontroladas.
Felipe consultó el cronómetro en su teléfono y sonrió. —Esto apenas empieza, Natalia. Aguanta esos minutos, que el reloj corre por ti.
Las carcajadas de Natalia llenaron el estudio, mientras la primera fase del casting tomaba fuerza y todos confirmaban que, efectivamente, era tan cosquilluda como había confesado.
Jessica y Cinthia ya habían encontrado un terreno fértil en las axilas de Natalia, y se lo hacían notar con cada movimiento de sus uñas.
—¡Ahahahahaha nooo, nooo! ¡Por favoooor! —Natalia agitaba la cabeza de un lado a otro, intentando inútilmente zafarse de las correas. Sus carcajadas eran tan fuertes que apenas podía articular palabra.
Jessica, con su estilo más seguro, intensificó el ritmo en la axila derecha. —Eres un desastre aquí, Nat. Mira cómo no aguantas ni unos segundos.
Cinthia, en cambio, parecía más curiosa, casi estudiando las reacciones. —Se pone tensa, ¿ves? Pero apenas la tocas otra vez… ¡se suelta como loca!
Natalia no podía más que reírse a carcajadas, su torso sacudiéndose mientras trataba de encogerse. —¡Jajajajajajaja nooo, nooo! ¡Q-qué maldad!
Felipe, que observaba con calma desde el frente, intervino con tono cómplice: —Recuerda, Natalia, esto es parte del casting. Ellas solo están descubriendo qué tan sensible eres aquí… y por lo que veo, bastante.
Patricia, cruzada de brazos, no disimulaba la sonrisa. —Vas muy bien, Nat… aunque no sé si sobrevivas los cinco minutos completos.
El comentario hizo que Natalia soltara un “¡Jajajajaja no me ayudes, jefaaa!” entre risas y súplicas, provocando carcajadas también en los demás.
Jessica decidió alternar, trazando círculos con la yema de los dedos en lugar de solo usar uñas, y el resultado fue inmediato: Natalia estalló en un nuevo ataque de risa, tirando del respaldo de la silla como si quisiera fundirse en ella.
—¡Ayyyyyy, nooo! ¡Así nooo, jajajajajajaja!
Cinthia, divertida por la reacción, comentó: —Es como si cada cambio de técnica la volviera aún más loca.
El cronómetro seguía avanzando, y Felipe observaba con atención. —Faltan dos minutos todavía —anunció con calma, como si quisiera que Natalia lo oyera y lo sufriera.
—¡¿Dos minutos más?! ¡Nooo, no puedo, jajajajajajajaja! —Natalia pataleaba dentro del cepo, sus tacones tintineando contra la madera, pero sus pies seguían atrapados.
Jessica bajó un poco la intensidad, rozando apenas con las uñas, y eso hizo que las risas de Natalia se volvieran más suaves pero constantes, como una corriente imposible de frenar.
—Mmm… esta forma también te hace reír, pero distinta.
—¡Es peor! ¡Ahahahahaha es peor así, nooo! —Natalia gritaba, medio sofocada.
Finalmente, sonó la alarma del cronómetro. Jessica y Cinthia retiraron sus manos al instante, y Natalia se dejó caer hacia atrás en la silla, jadeando, el rostro encendido y el cabello un poco revuelto.
—Ay… Dios mío… —dijo entre risas cortadas, intentando recuperar el aliento—. ¡Eso fue… una torturaaa!
Felipe sonrió satisfecho. —Esa fue solo la primera fase, Natalia. Y la superaste.
Patricia le guiñó un ojo desde un costado. —¿Ves? No era tan terrible… aunque tu cara dice otra cosa.
Natalia, todavía con la respiración agitada, soltó una risa nerviosa. —Si esto es apenas el comienzo… no sé cómo voy a llegar al final.
Felipe hizo una seña con la mano, indicando la transición. —Bien, chicas. Ahora vamos a probar costillas y cintura. Natalia, ¿lista?
—¡Nooo, no estoy lista! —protestó ella entre risas nerviosas, todavía recuperando aire—. ¡Si apenas sobrevivo lo de las axilas!
Patricia le lanzó una mirada cómplice. —Vamos, Nat, ya pasaste la primera. Piensa que cada fase te acerca más al final.
Jessica y Cinthia se colocaron a cada lado, con sonrisas traviesas. Jessica fue la primera en hablar: —¿Y si empezamos suave, para que no se asuste?
—No confío en ti cuando dices “suave” —Natalia contestó, encogiéndose de hombros como si quisiera protegerse antes de tiempo.
Las manos de Cinthia se deslizaron primero por los costados de su blusa, apenas rozando. La reacción fue inmediata: Natalia arqueó la espalda y estalló en una carcajada.
—¡Jajajajajajaja nooo! ¡Ahí nooo, por favoooor!
Jessica aprovechó el impulso y comenzó a presionar suavemente entre las costillas, con movimientos rítmicos. Natalia se sacudía de lado a lado, como si quisiera huir de esas manos, pero las correas la mantenían fija en su sitio.
—¡Ayyyy, jajajajajajajajaja! ¡Es horribleeee, no, nooo!
—Mira cómo reacciona aquí —comentó Cinthia, divertida—. Es como si las costillas fueran botones de risa.
—¡Porque lo son! ¡Jajajajajaja! —Natalia apenas podía hablar.
Felipe observaba atento, tomando notas en una libreta. —Muy sensible en costillas… y parece que en la cintura también, ¿cierto?
Jessica bajó lentamente hacia la cintura, dejando que sus dedos se deslizaran por la curva de los costados. Natalia dio un grito ahogado y empezó a reírse aún más fuerte.
—¡Noooo, jajajajajaja, eso nooo, es lo peorrrr!
Patricia no pudo contener la risa al verla: —¡Nat, nunca pensé que fueras tan cosquilluda ahí!
—¡Pues ya lo sabes! ¡Jajajajajajaja! ¡Es mi perdición, saquen sus manos!
Jessica probó alternar con pequeños pellizquitos suaves en la cintura, mientras Cinthia la atacaba con toques rápidos en las costillas. El contraste la volvía loca: Natalia se retorcía tanto como le permitían las correas, sus carcajadas llenando la sala.
—¡Jajajajajajajaja no puedoooo! ¡Es demasiadooo!
Felipe, con calma casi científica, comentó: —La combinación parece ser devastadora. Muy buen material de reacción.
Natalia, con lágrimas de risa ya asomando en los ojos, gritaba entre carcajadas: —¡No digas “material”! ¡Soy una persona, jajajajajajaja!
El cronómetro marcó el final de la fase, y Jessica y Cinthia retiraron sus manos al instante. Natalia cayó hacia adelante un poco, jadeando y riendo todavía, como si las cosquillas siguieran corriendo por su cuerpo.
—¡Ay, por Dios…! —dijo entre resoplidos—. Eso fue peor que las axilas… ¡las costillas y la cintura son mi punto débil!
Felipe sonrió, cerrando la libreta. —Excelente. Entonces ya sabemos cuáles son tus zonas críticas.
Patricia, con una expresión entre ternura y diversión, le pasó un pañuelo para que se secara las lágrimas. —Lo estás haciendo increíble, Nat. Y todavía queda lo mejor…
Natalia la miró con los ojos muy abiertos, medio incrédula. —¿Lo mejor? ¡Si esto ya es una locuraaa!
Felipe levantó la mano suavemente, marcando el siguiente paso. —Bien, chicas, ahora vamos con las piernas. Muslos, rodillas, pantorrillas. Vamos a ver cómo responde aquí.
Natalia abrió mucho los ojos.
—¿Quéééé? ¡Nooo, no, no! —intentó mover las piernas dentro del cepo, pero estaban firmemente aseguradas.
Cinthia sonrió, inclinándose un poco hacia ella. —Tranquila, no vamos a empezar fuerte. Solo a probar.
—Eso suena a trampa —dijo Natalia, apretando los labios, mientras Patricia se tapaba la boca para no reírse.
Jessica se arrodilló junto al cepo y pasó las uñas suavemente por la parte exterior de los muslos, apenas un roce. Natalia dio un brinco inmediato en el asiento.
—¡Ayyyyyy, jajajajajajajaja, noooo!
—¡Guau! —rió Jessica—. Tiene cosquillas hasta en los muslos.
Cinthia decidió explorar el reverso de las rodillas, solo con las yemas de los dedos. Natalia explotó en carcajadas instantáneas.
—¡Jajajajajajajajajaja! ¡Nooo, ahí nooo, por favorrrr!
Patricia no resistió y comentó desde su silla: —Te entiendo, Nat. ¡Las rodillas son mortales!
—¡No me digassss! ¡Jajajajajajajajaja! ¡Quítenlas de ahíii!
Las dos modelos jugaron alternando: Jessica avanzaba con sus dedos hacia el interior de los muslos, mientras Cinthia se enfocaba en las corvas. Natalia se sacudía, riendo tan fuerte que apenas podía respirar.
—¡Jajajajajajajaja esto es un tormentooo! ¡Me voy a moriiir!
Felipe levantó la ceja, anotando. —Extremadamente sensible en la parte baja de las piernas también… muy buen contraste con lo anterior.
—¿Contrastesss? ¡Yo no soy un experimento! —Natalia gritaba entre carcajadas—. ¡Soy un ser humano, jajajajajajaja!
Jessica bajó ahora hacia las pantorrillas, usando movimientos circulares con las uñas. Natalia volvió a sacudirse.
—¡Ay, nooo, jajajajajaja, también ahíii!
—Increíble —dijo Cinthia, cambiando de lugar para hacer lo mismo en la otra pierna—. Es cosquilluda de arriba a abajo.
—¡Lo soy, lo soy! ¡Jajajajajajaja, todo el cuerpo!
Felipe sonrió satisfecho y dio la señal de detenerse. Jessica y Cinthia se apartaron, dejando a Natalia respirar entre carcajadas, con el rostro rojo y el pelo un poco revuelto.
—¡Dios mío…! —jadeó, inclinando la cabeza hacia atrás—. ¡No sabía que me iban a hacer cosquillas en cada centímetro de las piernas!
Patricia le tomó la mano con un gesto de apoyo. —Estás siendo valiente, Nat. Y aún no has llegado a la parte que todos sabemos…
Natalia se la quedó mirando con ojos enormes, fingiendo indignación entre risas. —¡No me digas que ahora siguen los pies!
Felipe cerró su libreta y asintió con calma. —Correcto. Los pies en el cepo. Esa será la siguiente fase.
Natalia soltó una risita nerviosa, sacudiendo la cabeza como si quisiera negarlo.
—Estoy perdida entonces…
Felipe hizo un gesto claro. —Muy bien, chicas. Es momento de los pies. Vamos a hacerlo despacio.
Natalia abrió los ojos como platos. —¡Nooo, no mis pies! ¡Eso sí que no! —dijo entre nerviosa y risueña, moviendo los tobillos atrapados en el cepo.
Jessica se acomodó frente al pie derecho y Cinthia frente al izquierdo. Cada una tomó con cuidado los tacones de Natalia, que aún permanecían ajustados sobre sus medias veladas.
—Tranquila, solo los vamos a quitar —dijo Jessica con voz suave, aunque una sonrisa traviesa se dibujaba en sus labios.
—Eso dicen siempre… —replicó Natalia, mordiéndose el labio con un aire de nerviosismo divertido.
Primero Cinthia, con toda calma, deslizó hacia abajo el tacón izquierdo. El roce de la uña de su dedo índice sobre la planta cubierta por la media hizo que Natalia pegara un brinco y soltara un grito ahogado.
—¡AAAAHHH! ¡No, no, no! ¡Jajajajajajajajaja!
Jessica se rió y dijo: —Si así reaccionas con un roce… ¿cómo será después?
Patricia observaba desde su silla, entre divertida y cómplice. —Te advertí, Nat, los pies son la perdición aquí…
Jessica entonces empezó a quitar el tacón derecho, despacio, hasta que el pie quedó completamente vulnerable. Al deslizarlo, dejó que sus uñas acariciaran toda la longitud de la planta cubierta por la media. Natalia estalló en carcajadas.
—¡AAAAAY NOOOO, Jajajajajajajajaja! ¡Son horribles! ¡No puedo, no puedo!
Cinthia sujetó el pie izquierdo con firmeza para que no escapara, mientras Jessica hacía lo mismo con el derecho. Ambas miraron a Felipe, que asintió como dándoles vía libre.
—Chicas, ya saben: primero suavecito, luego vamos subiendo la intensidad.
—¡Nooo, Felipe, no les digas eso! —suplicó Natalia, todavía riendo nerviosa, mientras sus pies intentaban sacudirse.
Jessica pasó la uña por el arco del pie derecho, lentísima. Cinthia imitó el movimiento en el izquierdo. Natalia lanzó una carcajada tan fuerte que resonó en todo el estudio.
—¡Jajajajajajajajajajajajaja! ¡No, no, no! ¡Les juro que no aguanto! ¡Jajajajajaja!
Sus dedos de los pies se arrugaban y estiraban dentro de las medias, un reflejo inevitable de las cosquillas intensas.
—Es impresionante —comentó Cinthia—. No se puede quedar quieta ni un segundo.
Jessica añadió divertida: —Y eso que todavía no quitamos las medias…
Natalia soltó un alarido entre risas, incrédula. —¡¿Quéeee?! ¡Jajajajajajajajaja! ¡Nooo, ya basta, ya basta!
Felipe miró a Patricia, quien no podía dejar de sonreír al ver a su asistente luchando contra sus propias cosquillas. —Está demostrando ser muy buena candidata —dijo en tono profesional.
Patricia respondió entre risas contenidas: —Lo sé… y creo que ella misma también lo sabe, aunque no lo quiera admitir.
Felipe levantó ligeramente la mano. —Muy bien, chicas… ya calentaron el terreno. Ahora intensifiquen un poco. Vamos a ver qué tan resistente es nuestra candidata.
—¡¿Más?! —gritó Natalia entre carcajadas, con la voz temblorosa—. ¡Nooo, por favor! ¡Jajajajajajajajaja!
Cinthia, que sujetaba su pie izquierdo con firmeza, arqueó las cejas con picardía. —¿Más? Claro que sí. Vamos a explorar un poco más, preciosa.
Jessica asintió, y ambas comenzaron a mover las uñas con mayor decisión. Ahora no se limitaban al arco: recorrían la planta completa, de los talones a la base de los dedos, alternando ritmos rápidos y lentos, ligeros y más intensos.
Natalia se convulsionaba de risa. —¡Jajajajajajajajajajajajaja! ¡Ay nooo, me muero! ¡No puedo, no puedo! ¡Sáquenme de aquí! ¡Jajajajajaja!
Patricia, desde un costado, observaba con una mezcla de ternura y diversión. Sabía exactamente lo que Natalia estaba sintiendo.
—Resiste un poco, Nat, es parte de la prueba… —dijo con tono cariñoso, aunque su sonrisa la delataba.
Jessica apretó los dedos de Natalia hacia atrás suavemente, exponiendo aún más la planta del pie derecho.
—Miren esto… —comentó mientras pasaba todas las uñas al mismo tiempo de un lado a otro.
Natalia lanzó un grito agudo seguido de una carcajada incontenible.
—¡Jajajajajajajajajajajajaja! ¡Eso nooo! ¡Ay, me da algo! ¡Jajajajajajaja!
Cinthia, mientras tanto, había descubierto el punto más sensible del pie izquierdo: justo debajo de los dedos.
—¡Aquí está! —anunció triunfante, rascando esa zona con precisión.
El resultado fue inmediato: Natalia arqueó la espalda contra las correas y golpeó suavemente con la cabeza hacia atrás de la risa descontrolada.
—¡Jajajajajajajajajajaja! ¡Dios mío, eso es lo peor! ¡Jajajajajajaja! ¡Nooooo!
Felipe miraba atento, tomando notas mentales.
—Claramente, los pies son su punto más vulnerable. Miren cómo pierde todo el control.
Jessica y Cinthia intercambiaron miradas cómplices y, sin necesidad de decir nada, coordinaron un ataque doble: Jessica concentrada en el arco derecho con movimientos rápidos y Cinthia dibujando círculos con las uñas bajo los dedos izquierdos.
Natalia gritaba y reía sin parar, completamente atrapada en ese torbellino de cosquillas.
—¡Jajajajajajajajajajajaja! ¡Piedad, piedad, lo que quieran pero paren! ¡Jajajajajajaja!
Patricia, viendo a su asistente en ese estado, no pudo evitar cubrirse la boca con la mano, entre divertida y sorprendida.
—Nunca la había visto así… —susurró, casi para sí misma.
El cronómetro seguía corriendo, y el caos en los pies de Natalia se intensificaba a cada segundo.
Felipe, viendo cómo Natalia estaba ya fuera de sí entre carcajadas, alzó la voz con calma pero firmeza: —Muy bien… creo que ya no queda duda de que sus pies son su punto más débil. Chicas, quiero que den un paso más. Rompan esas medias. Quiero las plantas completamente desnudas para la última parte.
Natalia abrió los ojos de par en par, aún riendo.
—¡¿Quéee?! ¡No, no, no, por favor! ¡Déjenme mis medias! ¡Jajajajajajajajajaja!
Jessica soltó una risita pícara mientras tomaba el pie derecho con firmeza.
—Lo siento, linda… órdenes del jefe.
Cinthia hizo lo mismo con el izquierdo, y entre ambas rasgaron con cuidado el nylon, dejando al descubierto la piel suave y caliente de las plantas, aún algo enrojecidas por el encierro en los tacones.
—Ahí están —comentó Cinthia, pasando una uña por el arco ahora desnudo.
El resultado fue inmediato: Natalia lanzó un grito ahogado seguido de carcajadas imparables.
—¡Jajajajajajajajajajaja! ¡Nooo, eso nooo, nooo, por favor! ¡Me mueroooo! ¡Jajajajajajajaja!
Jessica la imitó en el pie contrario, explorando bajo los dedos con toda la mano, mientras decía entre risas:
—¡Qué cosquillosa eres, Nat, esto es una locura!
Natalia pataleaba en vano, sus tobillos sujetos por el cepo y las manos de ambas mujeres.
—¡Jajajajajajajajajaja! ¡Paren, paren, por favor! ¡Jajajajajaja! ¡No lo soporto!
Felipe observaba satisfecho. —Exactamente como lo imaginaba… sumamente sensible, pierde todo control. Es perfecta para el proyecto.
Cinthia decidió intensificar el ataque dibujando pequeños círculos con las uñas en el centro del talón izquierdo, mientras Jessica rascaba con rapidez el arco derecho. La combinación era insoportable.
—¡Jajajajajajajajajajajajaja! ¡Me rindo, me rindo! ¡Lo que quieran pero paren! ¡Jajajajajajajajaja! ¡No puedo máaas!
Patricia, desde un costado, apretaba los labios conteniendo la risa, aunque su mirada revelaba complicidad. Sabía que Natalia estaba viviendo en carne propia lo que ella misma había pasado.
Jessica miró a Felipe sin dejar de mover las uñas. —¿Seguimos un poco más?
—Un minuto más —respondió él, mirando el cronómetro.
Ese último minuto fue un torbellino de cosquillas despiadadas en las plantas completamente desnudas de Natalia: uñas rápidas, explorando entre los dedos, jugando con los arcos y los talones, sin darle un segundo de respiro.
Natalia, desbordada, solo podía reírse hasta las lágrimas, suplicando en medio de carcajadas incontrolables.
—¡Jajajajajajajajajajajaja! ¡Basta, basta, por favooor! ¡Me matan, me matan! ¡Jajajajajajajajajaja!
Finalmente, sonó la alarma. Jessica y Cinthia retiraron las manos, dejando los pies de Natalia exhaustos, aún temblando dentro del cepo, mientras ella intentaba recuperar el aire con el rostro colorado y brillante de sudor.
Felipe sonrió, anotando mentalmente el resultado.
—Perfecto. Creo que no hay ninguna duda del potencial de nuestra nueva candidata.
El ambiente quedó cargado tras la alarma. Natalia jadeaba, el cabello algo revuelto, aún con lágrimas en los ojos por la risa descontrolada. Felipe hizo un gesto con la mano:
—Muy bien, chicas, ya está. Suéltenla.
Jessica y Cinthia asintieron, a punto de soltar las correas, cuando la voz de Patricia interrumpió con calma, pero con una chispa traviesa en los labios:
—Un momento. Yo también quiero probar.
Las tres cabezas voltearon hacia ella. Natalia, aún recuperándose, abrió los ojos con desesperación.
—¡¿Qué?! ¡No, jefa, por favor! ¡No, no, no! —suplicó entre carcajadas que todavía arrastraba.
Felipe levantó una ceja, sorprendido, y miró de reojo a Jessica y a Cinthia. Una media sonrisa se dibujó en su rostro.
—Bueno… si Patricia quiere hacerlo, creo que no hay ningún problema.
—¡Feliiiii, nooo, por favor! —insistió Natalia, moviendo los pies nerviosos en el cepo.
Patricia se levantó despacio de la silla donde había estado observando, caminó con elegancia hasta colocarse frente a los pies desprotegidos de su asistente y se inclinó un poco, como disfrutando el momento de tensión.
—Natalia, lo siento mucho… pero no pienso desaprovechar esta oportunidad —dijo en tono suave, casi cómplice, ignorando las súplicas.
—¡No, no, no, jefa! ¡Se lo ruego, no! ¡Jajajajajajajaja!
En cuanto sus uñas tocaron las plantas desnudas, Natalia estalló otra vez en carcajadas desesperadas, sacudiéndose en la silla como loca. Patricia sonreía mientras alternaba entre el arco y los dedos, usando un ritmo juguetón, a veces lento, a veces rápido.
—¡Jajajajajajajajajajajaja! ¡Nooo, jefaaa, basta por favooor! ¡Jajajajajajajaja!
Jessica miraba la escena con una risa contenida, y le murmuró a Cinthia:
—Mira cómo disfruta… parece que estaba esperando este momento.
Felipe cruzó los brazos, observando con satisfacción.
—Esto es perfecto. Una ejecutiva elegante, poderosa… y ahora disfrutando de tener el control. Patricia, creo que acabas de mostrarme otra faceta tuya.
Pero Patricia no respondió: seguía centrada en los pies de Natalia, que se arrugaban, se estiraban, y temblaban sin descanso bajo sus uñas despiadadas.
—¡Jajajajajajajajajajaja! ¡Me mueroooo! ¡Basta, basta, no aguanto máaaas! ¡Jajajajajajajaja!
Patricia no tenía intención de detenerse. Sus uñas se deslizaban por las plantas suaves de Natalia con una precisión calculada, alternando entre movimientos rápidos en los arcos y caricias insistentes en los dedos. Cada vez que Natalia trataba de encoger los pies, Patricia la seguía con paciencia, como si aquello fuera un reto personal.
—¡Jajajajajajajajajajaja! ¡Nooooo! ¡Jefaaaaa! ¡Poooor favoooor! —gritaba Natalia entre carcajadas desbordadas, intentando escapar de un tormento que parecía no tener final.
—Vaya, vaya… ¿y pensar que me contabas tan tranquila en la oficina que tus pies eran sensibles? —dijo Patricia con tono juguetón, sin levantar la vista de su presa.
Jessica se cubría la boca para no reír demasiado alto, y Cinthia murmuró divertida:
—Creo que Natalia está descubriendo que no había exagerado nada.
Felipe, cruzado de brazos, observaba fascinado. —Increíble resistencia. Aunque me da la impresión de que en este punto ya no puede luchar contra ello.
Patricia presionó suavemente con la yema de los dedos en el centro del arco y Natalia se arqueó en la silla, soltando un chillido seguido de una risa incontrolable.
—¡Jajajajajajajajajajajajaja! ¡Ahí nooo, por favooooor! ¡Jefaaa, me mataaaa! ¡Jajajajajajajaja!
—¿Ahí? ¿Justo aquí? —replicó Patricia con picardía, insistiendo aún más en ese punto, como si disfrutara con la confesión involuntaria.
Natalia lloraba de risa, sus mejillas enrojecidas, el cuerpo temblando sin fuerza ya para resistirse. Cada caricia de Patricia en sus plantas desnudas era un relámpago que la sumía más en el caos.
—¡Me muerooooo! ¡Jajajajajajajajajajaja! ¡No aguanto más, no aguantoooo!
Patricia finalmente levantó las manos, con una sonrisa triunfal y respirando un poco agitada, como si ella también hubiese disfrutado a su manera de aquella pequeña revancha.
—Eres adorable cuando intentas suplicar. Pero tenías que vivirlo para entenderlo, Natalia.
Natalia dejó caer la cabeza hacia atrás, exhausta, con el maquillaje un poco corrido por las lágrimas de tanta risa, pero aún sonriendo entre jadeos.
—Yo… yo no vuelvo a contarte nada, jefa… nunca más… —bromeó, con la voz entrecortada.
Felipe dio un par de palmadas, satisfecho.
—Excelente. Creo que con esto ya tenemos todo lo necesario para cerrar el casting.
Felipe esperó a que Natalia recuperara un poco el aliento antes de acercarse. Llevaba una carpeta en la mano, anotando algunos detalles mientras observaba con atención.
—Muy bien, Natalia. Primero que todo, felicitaciones —dijo con tono firme pero cordial—. Has pasado por todas las fases del casting y tu reacción fue exactamente lo que buscamos: genuina, intensa, divertida.
Natalia, aún con las muñecas libres y tratando de acomodar sus pies después del caos, dejó escapar una risa floja.
—No sé si agradecerte o reclamarte… porque todavía siento las cosquillas hasta en el alma…
Jessica soltó una carcajada y añadió:
—Eso es lo mejor de todo, Nat. Si lo sigues sintiendo, es porque fue un éxito total.
Felipe asintió con una leve sonrisa. —Tu sensibilidad es sobresaliente. Y lo más importante: no perdiste la actitud positiva en ningún momento, ni siquiera cuando Patricia decidió sumarse a la sesión. Eso habla muy bien de ti como modelo.
Patricia, sentada a un lado, levantó la mano con una sonrisa traviesa. —Confieso que no pude resistirme. Pero fue por el bien del casting, claro.
Natalia giró la cabeza hacia ella, fingiendo un reproche aunque aún sonriendo.
—Por el “bien del casting”… ajá. Yo diría que disfrutaste demasiado, jefa.
Las tres mujeres estallaron en risas, contagiando incluso a Felipe, que pocas veces soltaba su compostura.
—En fin —continuó él—, lo dejo claro: tienes un lugar asegurado si decides aceptar la propuesta. No hay prisa, puedes tomarte unos días para pensarlo.
Natalia, aún algo sonrojada y despeinada, respiró profundo.
—La verdad… no esperaba que fuera tan intenso, pero tampoco esperaba divertirme tanto. Lo voy a pensar muy en serio.
Felipe cerró la carpeta, satisfecho. —Eso es todo lo que pedimos: sinceridad.
Cinthia se acercó a ayudar a Natalia a ponerse de pie, mientras Jessica recogía los restos de las medias veladas que habían quedado hechas trizas. Patricia observaba en silencio, con una mezcla de orgullo y complicidad, como si supiera que aquella experiencia las había unido en un nivel nuevo.
—Bueno —dijo Felipe finalmente—, con esto cerramos por hoy. Gracias a todas por la entrega. Y Natalia… bienvenida, aunque sea en espíritu, al mundo de las cosquillas profesionales.
Natalia rio otra vez, negando con la cabeza.
—No puedo creer que esto sea real…
Patricia le dio una palmada ligera en el hombro.
—Créelo, porque recién empieza la aventura.
Continuará…
Original de Tickling Stories
