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Esta historia es la segunda parte de la serie:
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Tras el trauma vivido, Sophie y Camile no dudaron: vendieron todas sus pertenencias en Bogotá y compraron boletos de avión con destino a Montreal, Canadá. Era un lugar lejano, frío y, sobre todo, anónimo. Nadie las conocería allí. O eso creían.
Las luces del apartamento de Montreal parpadearon una noche, justo cuando Sophie y Camile preparaban té para calmar sus nervios. El viento golpeaba las ventanas con más fuerza de lo habitual, pero no era el clima lo que las tenía en vilo. Desde aquel día en Bogotá, cada sombra les recordaba a él. Camile apretó la taza entre sus manos, sintiendo el calor a través de la porcelana. «¿Crees que realmente nos siguió hasta aquí?», preguntó en francés, bajando la voz como si alguien pudiera escucharlas. Sophie no respondió de inmediato. En lugar de eso, se acercó a la ventana y corrió las cortinas con un tirón brusco. Afuera, un hombre con gabardina negra desapareció tras un árbol. O tal vez fue su imaginación. «No podemos seguir así», murmuró Sophie, clavando las uñas en el marco de la ventana.
El payaso, por su parte, ya había aprendido la lección. No volvería a cometer el error de apresurarse. Esta vez, la tortura sería lenta, meticulosa. Desde su escondite en un motel barato cerca del puerto, revisó las fotos que había tomado a escondidas: Sophie sirviendo café con una sonrisa tensa, Camile riendo con sus compañeros de clase. Las imágenes le provocaban un cosquilleo en el estómago, pero no era suficiente. Necesitaba escuchar esas risas forzadas, ver cómo sus cuerpos se retorcían bajo sus dedos. Sacó un mapa de la ciudad y marcó con círculos rojos cada lugar que frecuentaban. El parque donde hacían picnic los domingos. El cine indie donde veían películas los viernes. Incluso el gimnasio al que Camile iba por las mañanas. Todos eran puntos vulnerables.
Dos semanas después, Camile regresaba tarde de la universidad. Sophie había quedado en turno nocturno en la cafetería, así que caminó sola, con el auricular puesto y la música a todo volumen. No escuchó los pasos detrás de ella hasta que fue demasiado tarde. Una mano se cerró sobre su boca, arrastrándola hacia un callejón. El pánico la paralizó cuando reconoció el olor a loción barata y cuero que siempre llevaba el payaso. «Shhh, no grites», susurró él en español, aunque sabía que ella no lo entendería. Su aliento caliente le quemó la oreja. «Te extrañé, cosquilluda». Camile forcejeó, pero él ya tenía sus manos atrapadas con una cuerda. Cuando intentó patear, el payaso se limitó a reír. «Ahora no», dijo, sacando un pañuelo empapado en cloroformo. Los últimos sonidos que escuchó Camile fueron sus propias risas nerviosas, ahogadas por el trapo.
Sophie llegó a casa y encontró la puerta entreabierta. El corazón le dio un vuelco cuando vio el zapato de Camile tirado en el pasillo. «Camile?», llamó, recorriendo el apartamento con una estaca de madera que ahora guardaba bajo la cama. La nota en la nevera era breve: «Si quieres ver a tu amiga otra vez, ven sola al almacén de la Rue Saint-Denis. Tienes una hora». Firmado con un dibujo de una sonrisa de payaso. Sophie no lo pensó dos veces. Tomó el cuchillo de cocina más afilado y salió corriendo.
El almacén estaba oscuro cuando llegó, pero una luz tenue se filtraba desde el segundo piso. Subió las escaleras con cuidado, sintiendo cómo el sudor le resbalaba por la espalda. Allí, atada a una silla y con los pies descalzos sobre una caja de madera, estaba Camile. Aún inconsciente. Y junto a ella, de espaldas, el payaso afilaba algo que brilló bajo la luz de una linterna. Sophie respiró hondo y apretó el cuchillo. «¡Suéltala!», gritó, sorprendida por la firmeza de su voz. El payaso se giró lentamente. Esta vez no llevaba máscara. Su rostro era ordinario, casi aburrido. «Justo a tiempo», sonrió, mostrando el objeto que afilaba: una pluma de metal. «Camile ya tuvo su diversión. Ahora es tu turno».
El payaso mantuvo esa sonrisa desconcertante mientras daba un paso al costado, revelando lo que había detrás de él: una segunda silla idéntica, con esposas de metal relucientes bajo la tenue luz. «Me tomé la libertad de preparar un lugar para ti, Sophie», dijo en ese español que ahora sonaba más amenazante que nunca. Pero lo verdaderamente aterrador estaba en el suelo: un maletín abierto que mostraba filas de pinceles, plumas de diferentes tamaños, y varios frascos con etiquetas escritas a mano. Uno decía «Aceite de mentol» y otro «Amplificador de sensibilidad».
Camile comenzó a recuperar la consciencia en ese momento, parpadeando contra la luz. Al darse cuenta de donde estaba, sus ojos se abrieron desmesuradamente. «Sophie! Cours!» (¡Sophie, corre!), gritó con voz ronca por el efecto del cloroformo. Pero el payaso ya había bloqueado la única salida.
«Ahora, ahora… no sean groseras», dijo el payaso mientras sacaba del maletín un objeto que hizo que a Sophie se le helara la sangre: un dispositivo eléctrico pequeño con almohadillas de gel. «Traje algunos juguetes nuevos. Este es mi favorito – emite pequeñas vibraciones que no lastiman… pero hacen cosquillas exactamente como mis dedos». Lo encendió y un zumbido agudo llenó el aire.
Sophie retrocedió instintivamente, pero el payaso fue más rápido. Con un movimiento experto, le arrebató el cuchillo y la empujó hacia la silla vacía. «Vamos, no te resistas. Sabes que al final siempre terminamos jugando», susurró mientras las esposas se cerraban alrededor de sus muñecas con un clic ominoso.
Camile, ahora completamente consciente, forcejeaba contra sus ataduras. «Lâche-la!» (¡Déjala en paz!), gritó, pero el payaso solo se limitó a colocar un dedo sobre sus labios. «Shhh… pronto será tu turno otra vez». Luego, se inclinó hacia Sophie y le pasó el vibrador por el cuello, haciendo que su cuerpo se estremeciera involuntariamente. «¿Ves? Ya estás riendo y ni siquiera he empezado».
Desde el fondo del maletín, sacó un par de brochas de maquillaje y una botella con un líquido transparente. «Primero un poco de preparación… esto hará que tu piel sea extra sensible», explicó mientras humedecía una brocha y la pasaba por las plantas de los pies de Sophie. Ella contuvo la respiración, preparándose para lo peor.
El payaso sonrió, disfrutando cada segundo de su poder. «Ahora… ¿por dónde debería empezar?». Sus ojos recorrieron el cuerpo de Sophie como si estuviera examinando un menú. «¿Pies? ¿Axilas? ¿O tal vez… aquí?». Su dedo se posó sobre el ombligo de Sophie, haciendo que un escalofrío le recorriera la espalda.
En ese momento, un sonido inesperado vino de afuera: sirenas. El payaso se enderezó bruscamente, su expresión cambiando de diversión a pánico en un instante. «No… no es posible», murmuró. Las luces rojas y azules de los patrulleros se reflejaban ya en las ventanas del almacén.
Sophie, aprovechando la distracción, gritó con todas sus fuerzas: «Ici! Aidez-nous!» (¡Aquí! ¡Ayúdennos!). El payaso maldijo en español y corrió hacia la puerta trasera, pero era demasiado tarde. La policía ya estaba entrando.
Mientras los oficiales irrumpían en el lugar, el payaso logró escapar por una salida secundaria, pero no sin antes dejar caer algo: otra nota. Esta vez decía: «El juego no ha terminado. Las encontraré donde sea que vayan.»
Camile y Sophie, ahora liberadas, se abrazaron temblando. Sabían que esto no era el final. El payaso estaba ahí afuera, en algún lugar de las frías calles de Montreal, esperando su próxima oportunidad. Y lo peor de todo: ahora conocía sus nuevos miedos.
Pasaron seis meses desde el incidente en Montreal. Sophie y Camile habían intentado reconstruir sus vidas, instalándose en un pequeño pueblo cerca de Quebec, rodeado de bosques y lagos helados. Creían que la lejanía las protegería. No sabían que el payaso las había seguido hasta allí, observando cada movimiento desde la sombra de los pinos.
El invierno en el pueblo de Saint-Luc era brutal, pero Sophie y Camile preferían el frío mordiente a la pesadilla que habían dejado atrás. Trabajaban en empleos simples: Sophie en la cafetería La Chouette, sirviendo café y croissants a los leñadores y esquiadores; Camile en la biblioteca municipal, organizando libros polvorientos que nadie leía. Por las noches, se reunían en su pequeña cabaña alquilada, compartiendo vino barato y risas nerviosas que intentaban ahogar el miedo.
Una tarde, mientras Sophie limpiaba las mesas de la cafetería, un hombre entró. Llevaba un abrigo grueso, gafas de sol y una bufanda que le cubría la mitad del rostro. Se sentó en la esquina, pidiendo solo un espresso. Sophie sintió un escalofrío al servirle, pero se obligó a respirar hondo. «Ce n’est pas lui…» (No es él), se repitió.
Camile, por su parte, había comenzado a notgar cosas extrañas en la biblioteca: libros sobre técnicas de supervivencia en la montaña, siempre prestados por un tal M. Leclerc. Un nombre falso, estaba segura. Esa noche, mientras pelaban papas para la cena, lo mencionó:
— «Sophie… alguien está investigando cómo sobrevivir en el bosque. Como si quisiera esconderse… o cazar.»
Sophie dejó el cuchillo sobre la mesa.
— «¿Crees que es él?»
— «No lo sé… pero anoche soñé que reíamos. Como antes. Y eso me asusta más que cualquier pesadilla.»
Afuera, tras la ventana, una figura observaba desde la oscuridad.
El payaso no vivía en las montañas por gusto. La cabaña abandonada que había encontrado era fría, pero perfecta: aislada, sin vecinos, y con un sótano que había convertido en su taller. Allí guardaba sus herramientas: cuerdas, plumas, y un nuevo invento: un líquido a base de capsaicina que, aplicado en la piel, aumentaba la sensibilidad al roce.
Los viernes, bajaba al pueblo. Disfrazado de turista canadiense —peluca rubia, acento torpe— compraba suministros y espiaba a las chicas. Aquel día, las vio salir de la biblioteca juntas, riendo por un chiste que no entendió. Le molestó su felicidad. «Pronto dejarán de reír… excepto cuando yo lo ordene», pensó, ajustándose los guantes.
La tormenta llegó sin aviso. En cuestión de horas, Saint-Luc quedó sepultado bajo un metro de nieve. Las líneas telefónicas colapsaron, y las carreteras se cerraron. Esa noche, mientras Sophie y Camile jugaban cartas junto a la chimenea, alguien llamó a la puerta.
— «¿Quién sería en esta hora?», susurró Camile.
Sophie se acercó a la ventana. Afuera, un hombre con un gorro de lana y la cara cubierta de escarcha sostenía una bolsa de comida.
— «¡Soy del pueblo! ¡Tengo provisiones para ustedes!», gritó, con un acento que sonaba forzado.
Camile frunció el ceño.
— «No le abras…»
Pero Sophie ya movía el cerrojo. «No podemos quedarnos sin comida».
La puerta se abrió, y el hombre entró arrastrando nieve. Cuando se quitó el gorro, Sophie lo reconoció: eran los mismos ojos fríos que la habían acechado en Bogotá.
— «Hola, cosquilludas», dijo en español, lanzando la bolsa al suelo.
Camile corrió hacia la cocina por un cuchillo, pero el payaso fue más rápido. Sacó una pistola taser y la disparó contra ella. Camile cayó al suelo, convulsionando. Sophie gritó, pero un pañuelo empapado en cloroformo le cubrió la boca antes de que pudiera reaccionar.
— «Esta vez no escaparán», susurró el payaso, arrastrando sus cuerpos inconscientes hacia una furgoneta estacionada afuera.
La cabaña en la montaña estaba lista. Las camas metálicas, las correas, y una cámara grabando en un rincón. Cuando Sophie despertó, sintió el frío del metal en sus muñecas y tobillos. Camile, atada a su lado, forcejeaba en silencio.
— «¿Où sommes-nous?» (¿Dónde estamos?), preguntó Camile, su voz temblando.
El payaso entró en la habitación, con su máscara ahora. Sus ojos brillaban con locura.
— «Donde nadie las escuchará gritar… ni reír», dijo en español, sosteniendo una jeringa llena de líquido transparente.
Sophie intentó cerrar los ojos, pero él le inyectó el líquido en el brazo. En minutos, su piel ardió como si miles de hormigas caminaran bajo ella.
— «Qu’est-ce que tu m’as fait?!» (¡¿Qué me has hecho?!).
El payaso sonrió, deslizando un guante con púas de goma sobre sus dedos.
— «Ahora sentirás cada cosquilla… multiplicada por diez».
Comenzó por sus pies, dibujando círculos lentos con las púas. Sophie contuvo la respiración, pero no pudo evitar una risa nerviosa.
— «Non… non…»
Camile gritó cuando el payaso se volvió hacia ella, pasando una pluma por su ombligo.
— «Je te hais!» (¡Te odio!), lloró, retorciéndose.
El payaso solo rió.
— «No, no me odias… Amas esto. Por eso siguen corriendo. Por eso yo sigo cazándolas».
Y en la pantalla de la cámara, transmitiendo a una dark web que solo él conocía, las risas de Sophie y Camile se mezclaban con la nieve que caía afuera. Una tormenta perfecta.
El payaso ajustó las correas alrededor de los tobillos de Camile, asegurándose de que cada movimiento solo expusiera más sus pies descalzos y sensibles al frío aire de la cabaña. Con una sonrisa retorcida, sacó un pequeño pincel de pelo de camello y lo pasó lentamente por la planta de su pie izquierdo.
«Hihihihaha! Non! Pas— pahahahahahahah!» Camile estalló en carcajadas inmediatamente, su cuerpo arqueándose involuntariamente contra las ataduras. Sus dedos de los pies se crisparon y extendieron alternativamente, como si intentaran escapar del tormento imposible de evitar.
El payaso alternaba entre el pincel y sus dedos desnudos, trazando círculos rápidos alrededor del arco de su pie. «HAHAHAHA! ARRÊÊÊTE!» gritó Camile, las lágrimas corriendo por sus mejillas mientras su risa se volvía más aguda, más desesperada. Su cuerpo se sacudía contra la cama metálica, haciendo que las correas crujieran con cada movimiento brusco.
Sophie, atada a la otra cama, forcejeaba inútilmente. «Laisse-la tranquille! S’il te plaît!» suplicó, pero el payaso solo lanzó una mirada divertida antes de intensificar el ataque. Ahora usaba ambas manos, rascando simultáneamente ambos pies de Camile con sus uñas.
«HIhihihihihihihihihAHAHAHAHA!» Camile lanzó la cabeza hacia atrás, su risa convirtiéndose en jadeos entrecortados. El payaso notó cómo su piel se sonrojaba bajo el constante asalto de cosquillas. Bajó su boca cerca de los dedos de sus pies y sopló suavemente.
«NOOOOOHOHOHOHOHO!» Camile se retorció como un pez fuera del agua, sus músculos abdominales contrayéndose visiblemente bajo la delgada tela de su camiseta. El payaso rió bajo su máscara y pasó a usar un peine de dientes finos, arrastrándolo entre los dedos de sus pies.
«P-PITIÉ! HAHAHAHA! JE— JE VAIS M’ÉVANOUIHIHIHIR!» Las palabras de Camile se perdían entre risas histéricas. Su cuerpo estaba cubierto de un sudor brillante, el cabello pegado a su rostro en mechones desordenados. Cada nueva técnica del payaso -dedos, plumas, cepillos- provocaba una nueva oleada de carcajadas descontroladas.
De repente, el payaso detuvo su ataque. Camile jadeó, aprovechando el breve respiro para recuperar el aliento. Pero antes de que pudiera siquiera pensar en relajarse, sintió algo frío y metálico en sus pies. Abrió los ojos apenas para ver al payaso ajustando unos electrodos pequeños en sus plantas.
«Non… non, non, non—»
El payaso encendió el dispositivo. Una vibración intensa pero indolora recorrió sus pies.
«AHAHAHAHAHA! OH MON DIEU! HAHAHAHA!»
Las carcajadas de Camile resonaron en toda la cabaña, su cuerpo convulsionando contra su voluntad. El payaso observaba con satisfacción cómo cada músculo de su víctima se tensaba y relajaba en un baile involuntario de cosquillas extremas.
Sophie gritaba desde su cama, pero sus palabras se perdían en el eco de las risas desesperadas de Camile. El payaso solo sonrió y ajustó la intensidad del dispositivo un poco más, disfrutando cómo las carcajadas de su prisionera alcanzaban nuevos niveles de desesperación.
El payaso observó con deleite cómo Camile se retorcía en su cama metálica, sus risas histéricas resonando entre las paredes de madera de la cabaña. Con movimientos calculados, sacó un nuevo instrumento de su maletín negro: un cepillo eléctrico de cerdas suaves que vibraría intensamente al contacto con la piel.
«Vamos, Camile… no te rindas todavía», murmuró en español, aunque sabía que ella no lo entendería. Lo que importaba era el efecto.
Encendió el cepillo y lo deslizó lentamente por la planta de su pie derecho.
«NON! NON, S’IL TE PLAÎT! HAHAHAHAHA!» Camile arqueó la espalda, tirando de las correas con fuerza. Sus risas eran tan intensas que apenas podía respirar, pero el payaso no mostraba clemencia.
Cambió de técnica, usando ahora sus uñas para rascar suavemente el arco de su pie izquierdo mientras el cepillo eléctrico continuaba en el derecho.
«AH! ARRÊTE! JE— JE VAIS MOURIR! HAHAHAHA!»
Sophie, desde su cama, gritaba impotente: «Lâche-la, monstre!» (¡Déjala en paz, monstruo!), pero el payaso solo lanzó una mirada burlona antes de inclinarse sobre Camile y soplar una suave ráfaga de aire en su ombligo, expuesto por la camiseta que se había levantado en su forcejeo.
«OH NON! PAS LÀ! HAHAHAHAHA!»
Camile se retorcía como un animal atrapado, sus músculos tensos por el esfuerzo inútil de escapar. El payaso, disfrutando cada segundo, decidió aumentar la tortura. Con una mano libre, sacó un pequeño aerosol y roció un líquido frío sobre sus axilas.
«QU’EST-CE QUE— AHAHAHAHA!»
— «Aceite de mentol… para que sientas todo con más intensidad», explicó en español, antes de clavar sus dedos en sus axilas y moverlos en rápidos círculos.
Camile perdió el control por completo. Su risa ya no era humana, sino un chillido desesperado, entrecortado por jadeos y súplicas en francés. «P-PITIÉ! JE— JE PEUX PLUS! HAHAHAHA!»
El payaso no se detuvo. Sabía exactamente cuánto podía soportar un cuerpo antes de desmayarse, y aún no había llegado al límite. Cambió de posición, ahora atacando sus costillas con ambas manos, sus dedos bailando sobre cada hueso como un pianista enloquecido.
«NON! NON! C’EST TROP! HAHAHAHA!»
Sophie, con lágrimas en los ojos, gritó: «Je te jure, je te tuerai!» (¡Te juro que te mataré!), pero el payaso solo rió.
— «Después de esto, ni siquiera podrás pensar en venganza», respondió en español, antes de volver a concentrarse en Camile.
Con un movimiento rápido, pasó a usar el cepillo eléctrico en su vientre mientras sus dedos arañaban suavemente la parte interna de sus muslos.
«AAAAAH! HAHAHAHA! JE DÉTESTE ÇA!»
Camile ya no podía más. Su risa se mezclaba con sollozos, su cuerpo temblaba como una hoja en el viento, y su mente flaqueaba bajo el constante asalto de sensaciones.
El payaso no mostraba piedad. Sus dedos se convirtieron en instrumentos de tortura meticulosos, explorando cada centímetro del cuerpo hipersensible de Camile. Mientras el cepillo eléctrico vibraba sobre su vientre, sus uñas trazaban espirales lentas en la parte interna de sus muslos, un área que hacía que Camile se convulsionara como si le aplicaran corriente.
«P-POUR L’AMOUR DE DIEU! HAHAHAHA! ARRÊÊÊTE!» gritó, arqueando la espalda con tanta fuerza que las correas de metal crujieron. Sus pies, todavía sensibles por el aceite de mentol, se agitaban en el aire como si intentaran huir de un enemigo invisible.
El payaso, con una paciencia sádica, cambió de táctica. Con una mano continuó el ataque en sus muslos, mientras que con la otra tomó una pluma de avestruz y la deslizó lentamente por su esternón, deteniéndose justo debajo de su barbilla.
«HIhihihihihihihihAHAHAHA! NON! PAS LÀ!» Camile sacudió la cabeza frenéticamente, pero el payaso sostuvo su mentón con fuerza, obligándola a mantener la cabeza quieta mientras la pluma bailaba sobre su garganta.
— «Shhh… solo relájate y ríe», susurró en español, aunque sabía que ella no entendía. Sus palabras eran solo para sí mismo, para disfrutar aún más del poder que tenía sobre ella.
Luego, sin previo aviso, inclinó la cabeza y sopló suavemente en su ombligo.
«AAAAAH! HAHAHAHA! C’EST TROP! TROP!»
Las carcajadas de Camile ya no tenían fuerza, eran roncas, desesperadas, como si su cuerpo estuviera al borde del colapso. El payaso lo sabía, pero no se detuvo. En lugar de eso, intensificó el ataque: una mano se cerró alrededor de su cintura, los dedos excavando en los puntos más sensibles justo encima de sus caderas, mientras la otra mano agarraba el cepillo eléctrico y lo presionaba contra sus axilas.
«JE VAIS MOURIR! HAHAHAHA! PITIÉ!»
Sophie, desde su cama, lloraba de impotencia. «Lâche-la! Elle va s’évanouir!» (¡Déjala! ¡Se va a desmayar!), pero el payaso ignoró sus súplicas. Sus ojos brillaban con un placer perverso mientras observaba cómo Camile se retorcía, cómo su piel se enrojecía bajo el constante asalto, cómo sus risas se convertían en un sollozo continuo.
Finalmente, cuando Camile ya no podía ni respirar entre carcajadas, el payaso detuvo el cepillo y retiró sus manos. Camile jadeó, sus pulmones quemando por el aire, su cuerpo temblando como una hoja en una tormenta.
El payaso se inclinó sobre ella, su aliento caliente en su oído.
— «¿Lista para la ronda dos?», murmuró en español, antes de clavar sus dedos en sus costillas otra vez.
«NOOOOOOHOHOHOHOHO!»
Camile volvió a estallar en carcajadas, pero esta vez eran más débiles, más desesperadas. Su cuerpo ya no respondía con fuerza, sino con espasmos agotados, como si cada cosquilla fuera una descarga eléctrica que la llevaba más cerca del borde.
El payaso sonrió. Sabía que pronto perdería el conocimiento… pero eso no importaba.
Porque cuando despertara, empezaría de nuevo.
Y esta vez, sería peor.
El payaso, con una sonrisa retorcida bajo su máscara, fijó su mirada en los pies desnudos y temblorosos de Camile. Sabía que eran su punto más débil, su talón de Aquiles cosquilludo. Con movimientos deliberadamente lentos, sacó un frasco de loción mentolada y lo vertió generosamente sobre sus plantas, esparciéndola con la yema de sus dedos mientras sentía cómo la piel ya hipersensible de Camile se ponía de gallina al instante.
«Non non non! Pas les pieds! HAHAHAHA! ¡No los pies!» Camile gritó en una mezcla desesperada de francés y español, sus dedos de los pies flexionándose involuntariamente. El payaso respondió clavando sus uñas en el arco de su pie izquierdo mientras con la otra mano trazaba círculos concéntricos alrededor de su tobillo derecho.
¡HIhihihijoooo! ¡Arrête! ¡PARA! HAHAHAHA! Sus carcajadas resonaban en la cabaña, un sonido agudo y desesperado que hacía eco entre las paredes de madera. El payaso alternaba entre técnicas – a veces usando solo las yemas de sus dedos para recorrer lentamente cada línea de la planta, otras veces «tocando el piano» con sus uñas sobre los dedos de sus pies.
Sophie forcejeaba contra sus ataduras, las lágrimas nublándole la visión. «Lâche-la, salaud! Elle ne peut plus supporter ça!» (¡Déjala, bastardo! ¡No puede aguantar más!), pero el payaso solo lanzó una mirada burlona antes de intensificar su ataque.
Tomó un cepillo de cerdas suaves y lo pasó rápidamente entre los dedos de los pies de Camile, provocando que éstos se separaran y cerraran convulsivamente. ¡AAAAAH! ¡JE TE HAIS! ¡Te odio! HAHAHAHA! Camile ya no podía controlar qué idioma usaba, su mente confundida por el tormento interminable.
El payaso, disfrutando cada segundo, se inclinó y sopló cálidamente sobre la planta izquierda de Camile, ya enrojecida por el constante asalto. ¡NOOOO! ¡PAS LE SOUFFLE! ¡No el soplido! HIhihihihihihAHAHAHA! Sus piernas se sacudían violentamente, haciendo sonar las correas de metal que las sujetaban.
Sophie gritaba desde su cama: «Elle va s’évanouir! ¡Se va a desmayar!», pero el payaso simplemente cambió de técnica. Con una mano inmovilizó el tobillo derecho de Camile mientras con la otra usaba dos dedos para «caminar» desde el talón hasta los dedos, deteniéndose en cada centímetro para hacer pequeños círculos tortuosos.
¡PITIÉ! ¡Piedad! HAHAHAHA! ¡JE PEUX PLUS! ¡No puedo más! Camile jadeaba entre carcajadas, su cuerpo cubierto de un sudor brillante, el pelo pegado a su rostro en mechones desordenados. El payaso notó cómo sus risas comenzaban a sonar más débiles, más roncas – señal de que estaba llegando al límite.
Pero en lugar de detenerse, sacó su arma final: un pequeño vibrador de contacto que colocó justo en el centro del arco del pie derecho de Camile mientras continuaba atacando el izquierdo con sus dedos expertos. ¡AAAAAH! ¡C’EST TROP! ¡Es demasiado! HAHAHAHAHA!
Las convulsiones de Camile se volvieron tan violentas que la cama metálica crujía bajo su peso. El payaso observaba fascinado cómo sus ojos rodaban hacia atrás momentáneamente antes de que, finalmente, su cuerpo colapsara en la cama, completamente agotado, solo capaz de emitir risitas y gemidos débiles entre jadeos.
El payaso se enderezó, satisfecho. «Duerme un poco, cosquilluda», murmuró en español mientras se giraba lentamente hacia Sophie, cuyos ojos reflejaban puro terror al darse cuenta de que ahora sería su turno. «Pero no te preocupes… cuando despiertes, volveremos a empezar.»
Y con eso, comenzó a aplicar generosamente la loción mentolada en los pies igualmente sensibles de Sophie, saboreando cada grito y súplica que le arrancaba. La noche era larga, y él tenía muchas técnicas más por probar…
El payaso tomó el frasco de loción mentolada y lo agitó frente a los ojos aterrorizados de Sophie, haciendo un show macabro con cada movimiento. «Vamos, Sophie… no hagas esto difícil», murmuró en español mientras vertía el líquido frío directamente sobre sus pies desnudos.
«Non! NON! ¡No lo hagas!» Sophie gritó, retorciéndose inútilmente contra las correas de metal. Sus dedos de los pies se crisparon cuando el payaso comenzó a esparcir la loción con sus dedos, cubriendo cada centímetro de sus plantas, desde los talones hasta las puntas de sus dedos. El efecto fue inmediato – su piel se erizó, volviéndose aún más sensible de lo normal.
Pero el payaso no se detuvo ahí. Con movimientos calculados, vertió más loción en sus palmas y comenzó a untarla por todo el cuerpo de Sophie:
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Axilas – donde sus dedos se detuvieron para hacer círculos rápidos que hicieron a Sophie chillar «AH! PAS LÀ! HAHAHAHA!»
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Ombligo – presionando profundamente con dos dedos mientras giraba «¡NOOO! ¡ARRÊTE! HAHAHA!»
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Costillas – «tocando el piano» con sus uñas sobre cada espacio intercostal «HIhihijooo! ¡BASTA!»
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Muslos internos – donde sus uñas trazaron caminos sinuosos «¡PITIÉ! HAHAHA! ¡NO PUEDO MÁS!»
Sophie era un torbellino de movimiento, su cuerpo arqueándose y retorciéndose en todas direcciones posibles, mezclando francés y español en su desesperación:
«JE TE HAIS! ¡Te odio! HAHAHA!»
«P-PARA! ¡C’est assez! ¡Ya basta!»
«¡NO TOQUES AHÍ! HAHAHAHA! ¡PAS LÀ!»
El payaso, embriagado por el poder, alternaba entre técnicas:
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Soplidos en su vientre mientras sus dedos atacaban sus pies
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Vibrador eléctrico en las axilas combinado con pellizcos suaves en las costillas
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Plumas de avestruz entre los dedos de los pies y las palmas de las manos
«¡DÉJAME IR! HAHAHA! ¡JE VAS M’ÉVANOIR!» Sophie jadeaba, sus risas convirtiéndose en hipos entrecortados. El sudor hacía brillar su piel, pegando su ropa al cuerpo mientras luchaba por respirar entre los ataques implacables.
Camile, apenas consciente en la cama contigua, murmuraba débiles palabras de aliento: «So-so-sophie… résiste…», pero sus palabras se perdían en las carcajadas estridentes de su amiga.
El payaso, notando que Sophie comenzaba a flaquear, se inclinó y sopló directamente en su oído mientras simultáneamente clavaba sus dedos en sus costillas.
¡AAAAAH! ¡C’EST TROP! ¡DEMASIADO! HAHAHAHAHA!
El éxtasis del payaso era palpable – cada gemido, cada risa forzada, cada músculo contraído de Sophie era música para sus oídos. Sabía que podía continuar así horas, hasta que sus voces se volvieran roncas y sus cuerpos colapsaran exhaustos…
Y esa noche, en las montañas nevadas de Canadá, nadie podría escuchar sus gritos.
