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Hace poco viví una experiencia que no me esperaba para nada. Soy modelo profesional, y además, odontóloga de profesión. Con mis 27 años, ya estoy bastante acostumbrada a las sesiones de fotos, pasarelas, y todo lo que conlleva estar en la industria del modelaje. Mido 1,75 metros, tengo piel blanca, cabello rubio, ojos azules, y mi talla de zapatos es 39. Hago sesiones de fotografía, pasarela, protocolo, modelaje de zapatos, lencería, ropa… lo que sea. Como te imaginarás, en la mayoría de las sesiones de fotos, especialmente cuando estoy cambiándome de ropa, suelo estar descalza, y bueno, mis pies están siempre a la vista.
La verdad es que ya me he acostumbrado a que en este mundo, no falta el fetichista que se aparece en algún momento. Pero hubo una situación que se me salió de las manos. Un día, mientras estaba trabajando en una sesión de protocolo para una campaña importante, la directora, una mujer llamada Patricia, me hizo una propuesta bastante particular. Patricia tiene unos 42 años, piel blanca, cabello negro, ojos verdes, mide alrededor de 1,65 metros y tiene un cuerpo trabajado de gimnasio, de contextura delgada. Me ofreció algo que nunca había escuchado de manera tan directa: me propuso hacer una sesión de adoración de pies. ¡Jamás me habían planteado algo así! Yo no tenía idea a qué se refería exactamente con eso, así que le pregunté, y ella, sin ningún tipo de vergüenza, me explicó que tenía un fetiche por los pies de otras mujeres.
La propuesta me dejó algo desconcertada, pero lo que realmente me hizo dudar fue cuando me ofreció ser la modelo principal del evento si aceptaba. Ser la modelo principal era una oportunidad enorme para mi carrera, y aunque la idea de lo que me pedía me incomodaba un poco, no rechacé la oferta de inmediato. Me dijo que nadie tendría que enterarse, que sería algo entre ella y yo. Pensé mucho en lo que implicaba, y al final, terminé aceptando. Patricia me dio la dirección de su apartamento para que nos viéramos después de la práctica del evento.
Recuerdo que llegué directamente después de la sesión de práctica, aún vestida con lo que había usado durante el día: tacones negros, una falda negra hasta las rodillas, una camisa de botones blanca, y una chaqueta de cuero también negra. Iba maquillada, como es usual en este tipo de trabajos, y debo admitir que me sentía un poco nerviosa, pero también curiosa por lo que estaba a punto de suceder.
Cuando llegué a su apartamento, era un espacio elegante, minimalista, y muy privado. Solo estábamos ella y yo. Después de una conversación breve, decidí ser directa y le pregunté por qué tenía ese fetiche. Patricia me contó que le encantaban los pies de las mujeres, sobre todo los de las modelos, y que había estado fascinada con los míos desde el momento en que los vio. Yo, intentando mantener la compostura, le pregunté qué debía hacer, y ella simplemente me dijo que me sentara y que ella se encargaría del resto.
No le mencioné en ese momento lo cosquillosa que soy, sobre todo en los pies, porque pensé que podía manejarlo. Me senté en el sofá, siguiendo sus indicaciones, y ella se colocó en el suelo frente a mí. Sin decir nada más, me levantó ambas piernas y me quitó lentamente los tacones. Me quedé un poco sorprendida, pero al mismo tiempo intrigada por lo que vendría. Comenzó besándome suavemente los pies, y debo admitir que al principio fue bastante agradable. Pero las cosas cambiaron cuando, de repente, tomó mis pies con ambas manos y pasó su lengua de forma lenta pero firme por las plantas.
Ahí no pude evitar soltar una especie de gemido que probablemente mezclaba sorpresa y placer. Me preguntó si me gustaba, y aunque le dije que tenía cosquillas, ella no parecía muy interesada en detenerse. Continuó lamiendo mis pies con más intensidad, metiendo su lengua entre los dedos, chupándolos uno por uno y mordiéndolos suavemente. Para ese punto, estaba entre risas nerviosas y tratando de mantenerme firme. ¡Las cosquillas eran insoportables!
Lo peor fue cuando, mientras seguía chupándome los dedos de los pies, decidió rascarme las plantas con las uñas. ¡Fue como si hubiera activado un interruptor de locura! Las cosquillas eran tan intensas que empecé a gritar y reírme sin control, suplicando que parara, pero ella simplemente no me soltaba. Sentía que no podía controlar mi cuerpo, mis risas eran tan fuertes que apenas podía respirar, y mis pies no dejaban de moverse. Intentaba retirar los pies de su boca y de sus manos, pero era imposible. Estaba completamente a su merced.
Me di cuenta de que Patricia disfrutaba muchísimo viéndome perder el control, y aunque en parte me sentía frustrada por lo intensa que era la sensación, también había algo liberador en dejarme llevar por completo. Después de lo que pareció una eternidad de risas, carcajadas y súplicas, finalmente decidió detenerse. Me quedé exhausta, con las mejillas enrojecidas de tanto reír y mis pies más sensibles que nunca.
Fue una experiencia que no esperaba vivir, y aunque fue intensa, debo decir que no la olvidaré fácilmente. Lo que más me sorprendió fue cómo algo tan sencillo como tocar los pies podía desencadenar una tormenta de emociones y sensaciones. Al final, cumplió su promesa y me convirtió en la modelo principal del evento, pero definitivamente, esa experiencia marcó un antes y un después en cómo percibo mis propios límites y lo que estoy dispuesta a aceptar.
Carolina
Original de Tickling Stories
