Au Pair – El Secuestro de Rebeca – Parte 1

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Ubicación actual de Rebeca: Una zona rural en las montañas de Bulgaria, cerca de la frontera con Serbia.
Contexto: Tras ser separada del grupo durante el rescate de Interpol, Rebeca fue trasladada a un centro clandestino de «reeducación», donde los captores experimentan con técnicas avanzadas de manipulación psicológica mediante cosquillas.

Capítulo 1: El Viaje en la Camioneta

Rebeca despertó con un dolor sordo en la cabeza y un sabor amargo en la boca. El sedante aún embargaba sus sentidos, y las bridas de plástico apretadas en sus muñecas le recordaban la cruda realidad. Se encontraba en el interior de una camioneta destartalada, impregnada de un olor a humedad y gasolina vieja.

Vestía un conjunto deportivo desgastado: leggings negros, rotos en las rodillas, una sudadera gris con el logo borroso de un gimnasio de Buenos Aires, y zapatillas de running sin cordones. Sus pies, sin calcetines y cubiertos de restos de melaza seca, estaban expuestos al frío que se colaba por las rendijas del vehículo.

La camioneta avanzaba por caminos rurales, golpeando piedras y baches que hacían que cada sacudida se sintiera como un azote en su cuerpo entumecido. A su lado, dos hombres conversaban en un dialecto eslavo que no llegaba a comprender. Uno de ellos sostenía una jeringa vacía, riendo mientras señalaba sus pies.

—¿Dónde… estoy? —murmuró Rebeca, aunque sus palabras se apagaron al instante cuando el guardia más joven le colocó una cinta adhesiva en la boca.

—“Nema govora” (Sin hablar) —gruñó con tono autoritario.

El hombre de la cicatriz, con una sonrisa siniestra, se inclinó hacia ella y acarició con un dedo la planta de su pie derecho.

—“Uita-te la picioarele ei… incredibil de sensibila!” (Mira sus pies… increíblemente sensibles) —exclamó, mientras el otro guardia añadía con burla:

—“Da, foarte gadilicioasa. O vom distra mult!” (Sí, muy cosquilluda. Nos vamos a divertir mucho).

El frío penetraba en su ser mientras la camioneta seguía avanzando. Afuera, la noche se extendía con nubes densas que apenas dejaban entrever la luz de algunas farolas dispersas. La niebla cubría el paisaje rural, transformando los contornos de árboles desnudos y casas abandonadas en figuras fantasmales que parecían observarla en silencio.

Entre los fragmentos confusos de su memoria, Rebeca apenas lograba reconstruir los instantes previos a su secuestro. Lo último que recordaba era la imponente silueta de un antiguo castillo en Rumania, escenario de una pesadilla compartida con sus amigas. Allí, junto a jóvenes de Argentina y de otros orígenes, había sido sometida a interminables juegos crueles de cosquillas, una tortura diseñada para quebrantar la voluntad. Las risas forzadas y los gritos ahogados se mezclaban en un ambiente de humillación, hasta que la intervención de Interpol liberó a casi todas sus compañeras. En medio del caos, sin embargo, Rebeca había sido separada y arrancada del grupo, siendo llevada en aquella camioneta por estos hombres despiadados.

El vehículo zigzagueaba por caminos polvorientos que serpenteaban entre pueblos olvidados, donde las casas de madera y los postes de teléfono caídos daban testimonio del paso implacable del tiempo. El aire helado se colaba en cada resquicio, intensificando la angustia que latía en su interior.

Finalmente, la camioneta se detuvo bruscamente. Con un chirrido metálico, las puertas se abrieron de par en par y un tercer guardia, de mirada fría y calculadora, se aproximó. Extendiendo la mano con una determinación inquietante, indicó que debía salir del vehículo.

—“S-o ducem inauntru, e timpul sa ne distram…” (Llevémosla adentro, es hora de divertirnos…) —anunció con voz firme.

Con el corazón desbocado y un nudo de terror en el estómago, Rebeca fue arrastrada fuera de la camioneta. Sus pies descalzos tocaron un suelo helado y pedregoso, y cada paso que daba parecía acercarla a una nueva y desconocida pesadilla. Mientras la conducían hacia lo que parecía ser una cabaña oculta en el bosque, la incertidumbre se mezclaba con el recuerdo doloroso de aquel castillo en Rumania, donde sus amigas ahora luchaban por liberarse. La sensación de haber sido olvidada en medio del rescate la envolvía, presagiando que su tormento aún no había terminado.

Tras ser sacada de la camioneta, Rebeca fue conducida por un camino aún más oscuro. Los hombres la empujaron sin pausa, y pronto se encontraron frente a una casa abandonada, de aspecto descuidado y olvidado por el tiempo. La estructura, de paredes desvencijadas y ventanas rotas, parecía apenas sostenerse en medio de un paisaje lúgubre.

Detrás de la edificación, oculto entre la maleza y el olvido, se hallaba una puerta en el suelo. La entrada a unos corredores oscuros se revelaba a través de esa apertura casi imperceptible. Una pequeña luz tenue emergía desde el interior, parpadeando como la última chispa de esperanza en la inmensa penumbra. Sin darle tiempo a reaccionar, Rebeca fue arrastrada hacia esa puerta. El chirrido metálico de las bisagras, al abrirse con lentitud, se mezcló con el crujido de sus pasos forzados.

Al internarse en el pasadizo, el ambiente cambió drásticamente. La luz, proveniente de una única bombilla colgante, oscilaba débilmente y apenas lograba perforar la densidad de la oscuridad. Las paredes de piedra, húmedas y desconchadas, parecían estrecharse a su alrededor, dando la sensación de que el corredor la abrazaba en un abrazo opresivo. El aire estaba impregnado de humedad y un olor a moho que parecía contar historias de decadencia y abandono.

Cada paso en ese corredor resonaba en el silencio, amplificando el latido acelerado de su corazón. Los sonidos de los pasos de sus captores se mezclaban con el eco de sus propios movimientos, creando una sinfonía inquietante en la penumbra. A lo lejos, la tenue luz parecía prometer una salida, pero a la vez se transformaba en un recordatorio de lo vulnerable y expuesta que estaba.

Mientras avanzaban, el corredor se extendía interminablemente, sus paredes surcadas de sombras danzantes que se movían al compás de la escasa iluminación. Rebeca, con la mente nublada por el sedante y el terror, trataba de fijar en su memoria cada detalle: el chillido de la puerta al abrirse, el roce áspero del suelo de piedra y el sutil murmullo de voces en idiomas que no lograba comprender del todo.

La puerta en el suelo, que había sido el portal hacia este laberinto subterráneo, seguía abierta, como invitándola a adentrarse aún más en lo desconocido. Los captores, silenciosos y decididos, la empujaban sin miramientos, dejando claro que la ruta a seguir estaba marcada por ese pasaje angosto y sombrío. La débil luz, parpadeante y vacilante, parecía ser el único faro en ese mar de oscuridad, recordándole que, en medio del terror y la incertidumbre, aún existía un camino—por muy incierto que fuera—hacia algo que, tal vez, pudiera significar una salvación lejana.

Cada paso la alejaba un poco más del mundo exterior y la acercaba a un destino lleno de sombras y misterios, donde el eco de su propia respiración y el sutil zumbido de la luz se convertían en sus únicos compañeros en ese tortuoso viaje hacia lo desconocido.

Rebeca fue arrastrada por el corredor subterráneo, sus pies descalzos arañando el suelo frío y pedregoso. La luz parpadeante de la bombilla reveló finalmente una puerta de metal oxidado al final del pasillo. Uno de los guardias la abrió con un chirrido que heló la sangre en sus venas.

La habitación era pequeña, iluminada por una lámpara colgante que proyectaba sombras danzantes en las paredes de piedra. En el centro, una silla de acero con correas de cuero gruesas esperaba, rodeada de herramientas que Rebeca no quiso reconocer: cepillos de cerdas suaves, plumas largas, vibradores de goma, y un frasco con un líquido viscoso y brillante.

— «Așeaz-o aici. Să înceapă distracția.» (Sientenla aquí. Que empiece la diversión) —ordenó el guardia rumano, mientras el búlgaro la empujaba hacia la silla.

Rebeca forcejeó, pero sus fuerzas estaban diezmadas. Los hombres la sujetaron con brutalidad:

  • Muñecas: Atadas a los brazos de la silla, dejando sus axilas completamente expuestas.
  • Tobillos: Amarrados a un soporte elevado, estirando sus piernas en un ángulo de 45 grados. Sus pies, ya sensibles por días de tortura, temblaban ante el aire frío.
  • Cintura: Una correa adicional la inmovilizó contra el respaldo, evitando que se arqueara.

El guardia búlgaro, con guantes de látex negros, acarició el arco de su pie izquierdo con una pluma de avestruz.
— «Виж как трепери! Тя е като жива струна!» (Mira cómo tiembla. ¡Es como una cuerda viva!) —rio, mientras Rebeca contenía una risa nerviosa.

El rumano encendió una cámara montada en un trípode, apuntando directamente a su rostro. En una pantalla cercana, Rebeca vio un chat en vivo lleno de comentarios en varios idiomas:

  • «¡Más en las axilas!»
  • «Que usen el cepillo en los pies primero»
  • «Doné 500 tokens para verla llorar»

— «Audiența a decis… începem cu picioarele.» (El público ha decidido… empezamos con los pies) —anunció el rumano, mostrando una jeringa llena del líquido brillante. — «Acesta va amplifica senzația de 10 ori.» (Esto amplificará la sensación diez veces).

Antes de que Rebeca pudiera reaccionar, el hombre inyectó el líquido entre sus dedos. Un calor eléctrico se extendió por sus plantas, haciendo que cada nervio se volviera hiperconsciente.

—¡NO! ¡QUITEN ESO DE— JAJAJAJA!— gritó, mientras el búlgaro deslizaba un cepillo de cerdas de camello por su talón derecho.

La Tortura en Detalle

  1. Pies:
    • El rumano usó una pluma de metal para trazar círculos concéntricos en el arco de su pie izquierdo, deteniéndose en el centro para vibrar suavemente.
      —¡JAJAJA! ¡PARAD, POR FAVOR! ¡NO PUEDO MÁS!— Rebeca pataleó, pero las correas sostenían sus tobillos con fuerza.
    • El búlgaro aplicó el líquido brillante en los dedos, provocando que el cosquilleo se multiplicara.
  2. Axilas:
    • Con un pincel de pelo de tejón, el rumano dibujó espirales desde la axila derecha hasta la costilla flotante.
      —¡JAJAJAJA! ¡ESTO… ES… JAJAJA! ¡INHUMANO!— Las lágrimas corrían por su rostro mientras el pincel giraba en movimientos hipnóticos.
  3. Cintura:
    • El búlgaro colocó un vibrador de goma en su ombligo, activándolo en modo pulsación.
      —¡JAJAJA! ¡NO AHÍ! ¡SE LOS SUPLICO!— Rebeca se retorció, pero la correa abdominal la mantuvo en su lugar.

— «Cred că îi place! Uită-te la expresia ei!» (¡Creo que le gusta! ¡Mira su expresión!) —el rumano se burló, acercando la cámara a su rostro congestionado.
— «Тя ще се извини, че е родена!» (¡Pedirá perdón por haber nacido!) —el búlgaro ajustó las correas de sus tobillos, exponiendo mejor las plantas.

Rebeca intentó hablar, pero el chat en vivo votó por un nuevo «juego»:

— «Utilizați periuta electrică!» (¡Usen el cepillo eléctrico!) —leyó el rumano, tomando un dispositivo que zumbía como un enjambre de abejas.

El búlgaro presionó el cepillo contra el arco de su pie derecho. Las cerdas giraban a alta velocidad, mezclando cosquilleo y una vibración casi dolorosa.
—¡JAJAJAJA! ¡PAREN! ¡VOY A… VOY A… JAJAJA!— Rebeca arqueó la espalda, golpeando la silla con fuerza.

El líquido brillante hacía efecto: cada roce sentía como si cuchillos de plumas la cortaran por dentro. El chat en vivo estalló en donaciones, pidiendo más.

El rumano, inspirado por los comentarios, sacó una botella de spray y roció sus axilas con un líquido frío.
— «Asta o să te facă să dansezi!» (¡Esto te hará bailar!) —susurró, antes de soplar suavemente sobre la piel húmeda.

Rebeca gritó, pero el sonido se convirtió en una risa aguda y desgarradora. El búlgaro, por su parte, ató plumas a sus dedos de los pies con hilos de nailon, moviéndolos como marionetas. Cada tirón de los hilos hacía que las plumas rozaran entre sus dedos, un cosquilleo meticuloso y preciso que la obligaba a reír hasta que la garganta le ardía. —¡JAJAJAJA! ¡NO MÁS! ¡POR FAVOR, MATENME!— suplicó, sintiendo cómo su mente se desconectaba, fragmentándose en pedazos como cristal roto. Pero los guardias no tenían prisa. El rumano, con los ojos brillantes de placer perverso, se inclinó hacia sus axilas, soplando suavemente sobre la piel ya enrojecida por horas de tortura. El aire frío se colaba en sus poros, y Rebeca se convulsionó, riendo con un sonido que ya no parecía humano—un chillido agudo, como el de un animal acorralado. El búlgaro, sin dejar de manipular los hilos de las plumas en sus pies, usó la otra mano para deslizar un cepillo de cerdas de alambre sobre sus costillas, raspando con justeza entre cada hueso. Era un cosquilleo áspero, doloroso, pero calculado para no romper la piel, solo para hacerla retorcerse en una danza de agonía y risa.

La habitación olía a sudor, miedo y el aceite rancio de las herramientas. Rebeca, con los ojos inyectados en sangre, veía doble: las sombras de los guardias se multiplicaban en las paredes, riendo en coro, mientras el suelo parecía inclinarse bajo sus pies inmovilizados. El rumano, notando su mirada perdida, decidió jugar con su psique. —¿Sabes por qué no usamos máquinas hoy?— susurró en un español roto, acercando sus labios a su oreja—. Porque tus gemidos son música… y quiero oírlos de cerca—. Luego, hundió los dedos enguantados en sus axilas, moviéndolos en círculos lentos, profundos, como si buscara algo dentro de ella. Rebeca se arqueó hacia adelante, golpeando la cabeza contra el respaldo de la silla, pero ni el dolor físico podía competir con el tormento de aquellas cosquillas. Su risa se mezcló con un grito ahogado, y por un momento, creyó ver a sus amigas reflejadas en las paredes—Antonella, Julieta—, pero eran solo alucinaciones, productos de una mente que empezaba a desconectarse de la realidad.

El búlgaro, aburrido de las plumas, sacó un objeto nuevo: un rodillo de espinas suaves, como las de una rosa artificial. Lo pasó por el arco de su pie izquierdo, presionando lo suficiente para que las espinas se clavaran sin romper la piel. Rebeca sintió cómo el cosquilleo se transformaba en algo más—una sensación entre el dolor y el éxtasis, que la hacía patear contra las correas hasta que sus tobillos sangraron. —¡JAJAJA! ¡ESTO… NO… ES REAL!— gritó, riendo y llorando al mismo tiempo. El rumano, en respuesta, tomó un pincel y un frasco de alcohol. —«Vrei să simți cu adevărat?» (¿Quieres sentir de verdad?) —roció el líquido en sus axilas y sopló. El alcohol evaporándose le provocó un cosquilleo químico, intenso y abrasivo, como si miles de hormigas de fuego corrieran bajo su piel. Rebeca dejó de forcejear. Su cuerpo, exhausto, se limitó a temblar en espasmos mientras la risa se convertía en un quejido continuo, un sonido gutural que ni siquiera parecía salir de ella.

Los guardias se miraron, insatisfechos. Querían romperla por completo. El búlgaro desató sus pies solo para volver a atarlos, esta vez con los dedos estirados hacia atrás, exponiendo las plantas por completo. Luego, el rumano trajo un ventilador industrial, colocándolo frente a sus pies a máxima potencia. El aire helado y violento azotó sus plantas ya hiper-sensibles, y Rebeca sintió cómo cada poro de su piel estallaba en cosquilleo. No podía ni respirar; cada intento de inhalar se convertía en una risa convulsiva. Su mente, al fin, comenzó a deslizarse hacia la oscuridad. Las luces de la habitación se difuminaron, los sonidos se amortiguaron, y por un instante, creyó estar en su habitación de la infancia, con su hermano haciéndole cosquillas suavemente. Pero la ilusión se rompió cuando el búlgaro gritó: —«Не спирай сега!» (¡No pares ahora!) —y el ventilador se acercó aún más.

Rebeca ya no suplicaba. Su risa era un eco vacío, mecánico, como si su cuerpo funcionara por inercia. Los guardias, frustrados por su desconexión, decidieron llevarla más lejos. El rumano inyectó otra dosis del líquido brillante en sus pies, y esta vez, el cosquilleo fue tan intenso que su cuerpo se arqueó en un espasmo epiléptico. Los músculos se le contrajeron, las lágrimas mancharon su rostro, y finalmente, un sonido escapó de sus labios—una risa quebrada, sin alegría, la risa de alguien que ya no está ahí.

Cuando los guardias se detuvieron, Rebeca seguía riendo en silencio, los ojos vidriosos fijos en un punto inexistente del techo. Su mente, por fin, había encontrado refugio en un rincón lejano de su conciencia, dejando atrás un cascarón que aún respondía con risas a cualquier roce. Los hombres intercambiaron una mirada de triunfo. La habían convertido en lo que querían: un juguete roto, una máquina de risas vacía. Pero en algún lugar, muy adentro, un último hilo de lucidez se aferraba—una semilla de odio que, quizás, algún día crecería.

Rebeca permaneció atada a la silla, su cuerpo inmóvil, como una marioneta cuyos hilos habían sido cortados. Sus ojos, antes llenos de vida y determinación, ahora estaban vacíos, fijos en un punto indefinido del techo. La habitación estaba en silencio, solo interrumpido por el leve zumbido de la luz fluorescente que parpadeaba de vez en cuando, proyectando sombras danzantes en las paredes de piedra. Su respiración era superficial, casi imperceptible, y sus labios secos y agrietados apenas se movían, como si intentaran formar palabras que ya no podían salir.

Los guardias, satisfechos con su trabajo, se preparaban para salir de la habitación. El búlgaro, con una sonrisa burlona, se acercó a Rebeca y le acarició la mejilla con el dorso de la mano, como si fuera un trofeo. —«Виж я… толкова красива, толкова сломена.» (Mírala… tan hermosa, tan rota) —murmuró, mientras el rumano asentía con una expresión de orgullo perverso.

Antes de retirarse, el rumano tomó una botella de agua y se acercó a Rebeca. Con un gesto casi paternal, le humedeció los labios con un trapo empapado, dejando que unas gotas cayeran en su boca seca. —«Nu vrem să te pierdem încă.» (No queremos perderte todavía) —susurró, mientras Rebeca, en un acto reflejo, movía ligeramente la lengua para absorber la humedad. Pero no había gratitud en sus ojos, solo un vacío profundo, como si ya no hubiera nadie detrás de esa mirada.

El búlgaro rio bajito, disfrutando de la humillación. —«Тя е като кукла сега.» (Ella es como una muñeca ahora) —dijo, mientras ajustaba las correas de sus tobillos una última vez, asegurándose de que no pudiera moverse ni un centímetro. Luego, ambos guardias salieron de la habitación, cerrando la puerta de metal con un golpe seco que resonó en el silencio.

Rebeca quedó sola, atada a la silla, en medio de la penumbra. El cosquilleo persistía en su cuerpo, como un eco de la tortura que había sufrido, pero ya no reaccionaba. Su mente, fracturada y exhausta, se había refugiado en un lugar lejano, donde las risas y los gritos no podían alcanzarla. Sin embargo, en lo más profundo de su ser, una pequeña chispa de resistencia seguía ardiendo, alimentada por el recuerdo de sus amigas, de su familia, de la vida que una vez tuvo.

El tiempo pasó lentamente. Las sombras en las paredes se alargaron, y el frío de la habitación se intensificó. Rebeca, inmóvil, seguía mirando al vacío, pero en algún lugar de su mente, un pensamiento comenzó a formarse, lento pero constante: «No puedo quedarme aquí. No puedo dejarlos ganar.»

Y aunque su cuerpo no respondía, esa chispa de determinación comenzó a crecer, alimentando la esperanza de que, algún día, podría escapar de aquel infierno.

Continuará…

Original de Tickling Stories

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