Qué es lo peor de las cosquillas?

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Mi nombre es Marcela, tengo 36 años y soy una mujer trigueña, de ojos café y cabello café ondulado y crespo. Mido 1,68 metros, calzo 38 y mi contextura es la de una mujer normal: ni excesivamente delgada ni gorda. Me dedico a diseñar accesorios, un oficio que me permite expresar mi creatividad de formas sorprendentes.

Sin embargo, hay algo de mí que no mucha gente conoce: soy extremadamente cosquilluda. No es que disfrute de esa risa incontrolable, sino que mi cuerpo reacciona de forma automática ante cualquier estímulo, y a veces, esa respuesta se vuelve casi abrumadora.

Recuerdo una entrevista que parecía prometer algo totalmente inusual. Me habían invitado a un apartamento en una zona conocida por su ambiente artístico, un lugar donde la creatividad y lo inesperado se dan la mano. Al llegar, me encontré con cuatro personas, incluido el entrevistador, y la entrevista comenzó de manera poco convencional.

Durante la conversación, el tema de las cosquillas surgió de forma natural. Respondí sin dudar: “Sí, tengo cosquillas en todo mi cuerpo, pero sobre todo en las plantas de mis pies”. Noté que entre ellos se intercambiaban miradas cómplices, como si esa información abriera la puerta a algo más.

De pronto, el entrevistador me preguntó si le permitía hacerme cosquillas, afirmando que era parte de una “prueba”. Sorprendida, le pregunté cuál era el propósito de esa evaluación, pero su respuesta fue que era simplemente parte del test. Antes de que pudiera articular una respuesta, las cuatro personas se pusieron en acción: comenzaron a hacerme cosquillas en las axilas, costillas, cintura, muslos y rodillas. Allí, sentada en la silla, me convertí en un mar de risas incontrolables, mi cuerpo reaccionando sin detenerse.

Y justo cuando creí que la situación no podía intensificarse, sucedió lo inesperado: los cuatro se dirigieron a mis pies. Sin previo aviso, me quitaron los tenis y las medias, dejando al descubierto la zona más sensible de mi cuerpo. Entonces, comenzaron a hacerme cosquillas en las plantas de mis pies. Entre carcajadas y en medio del desconcierto, intenté quitarles los elementos que protegían mi espacio, pero mi reacción era solo de risa desbordada.

Esa experiencia fue un torbellino de emociones. Por un lado, mi cuerpo respondió de manera automática a los estímulos, generando una risa que para muchos podría parecer disfrute; pero en realidad, era una respuesta nerviosa, un reflejo de mi vulnerabilidad y de la invasión a mis límites personales. El contexto de la entrevista, la dinámica de grupo y la inesperada “prueba” dejaron una huella imborrable en mí, recordándome la importancia del consentimiento y el respeto a la intimidad, incluso en entornos que se dicen creativos y poco convencionales.

Hoy, al mirar atrás, sigo reflexionando sobre ese día. Mi pasión por el diseño de accesorios me define, pero también lo hace mi sensibilidad única. Esa experiencia me enseñó que, a veces, la línea entre lo profesional y lo personal puede volverse muy difusa, y que siempre debemos ser conscientes de nuestros límites.

Marcela

Original de Tickling Stories

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