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Soy Adriana, tengo 34 años y una vida muy ocupada. Soy madre de dos hijos, un niño de 6 años y una niña de 4. Estudié Finanzas, aunque dejé mi profesión tras mudarme a Canadá, donde conocí a mi esposo, con quien llevo 8 años de casada. Mido 1,65 metros, calzo talla 38 y peso 58 kg. Siempre he tenido cosquillas desde que recuerdo, en casi todos los rincones de mi cuerpo.
Cierto día, mi esposo me comentó que necesitábamos otro ingreso extra. Decidí buscar un trabajo y encontré un anuncio en internet que ofrecía empleo a mujeres para participar en sesiones de cosquillas. Jamás hubiera considerado algo así en mi país natal y mucho menos aquí en Canadá, pero la necesidad me llevó a escribir a la persona del anuncio.
Vivo en Ottawa y el anuncio decía que las sesiones eran en Montreal, así que debía conducir por cerca de 2 horas entre ambas ciudades. Al contactarme con la persona del anuncio, le dije que vivía en Ottawa y me ofreció un extra por el viaje. Acepté y le expliqué a mi esposo que haría unas consultorías en Montreal durante varios días mientras me amoldaba al trabajo, y después me permitirían trabajar remotamente. Mi esposo aceptó, sobre todo porque era un ingreso adicional al hogar, y busqué a alguien que cuidara de los niños.
Me programé para asistir a mi primera sesión de cosquillas. Ese día, como hacía mucho frío, me puse jean, camiseta, un saco de lana, una chaqueta impermeable, medias gruesas y botas, además de un gorro pasamontañas. Me maquillé bien y me hice un manicure y pedicure. Además, me unté cremas y aceites en mi cuerpo para aumentar la sensibilidad, no quería pasar un mal rato en la sesión y que no sintiera cosquillas en ningún lado.
Llegué a Montreal a la dirección que me indicó la persona. Estacioné mi vehículo e ingresé al estudio. Me recibió muy amablemente y me explicó cómo sería la sesión y cuánto tiempo duraría todo. La sesión duraría entre 45 y 90 minutos aproximadamente, pero podría extenderse a 120 minutos, haciendo pausas de 5 a 10 minutos. El pago serían unos 200 dólares canadienses más los extras por conducir de una ciudad a otra.
La persona me indicó que debía acostarme en una cama con los brazos y piernas estirados en forma de X. Me pidió que me quitara la chaqueta, el saco, las botas y las medias gruesas. Las primeras cosquillas comenzaron en mis axilas, haciéndome estallar en carcajadas inmediatas. Mis risas resonaban en la habitación, una mezcla de «JAJAJAJAJA» y «jajajajaja», mientras me revolcaba lo más que podía dentro de las limitaciones de las ataduras.
La persona que me torturaba con cosquillas era meticulosa, usando diferentes herramientas y técnicas. Usaba plumas, pinceles, cepillos eléctricos, cepillos de peinar y sus dedos para hacerme cosquillas en las axilas, el cuello y las costillas. Cada vez que pasaba una pluma por mis axilas o costillas, estallaba en carcajadas y gritaba, «¡No, no, ahí no, por favor!» pero mis súplicas solo parecían animarlo más. Sentir el cepillo eléctrico en mi cuello y axilas era una locura, me hacía reír tan fuerte que apenas podía respirar.
Cuando las cosquillas se trasladaron a mi barriga y cadera, el torturador usaba sus dedos, plumas y pinceles. «AAAAHHHHH, ¡por favor, no más!», gritaba mientras mis carcajadas resonaban en la habitación. Cada toque en mi barriga y cadera me hacía retorcerme en la cama, pero las ataduras mantenían mis movimientos limitados.
En mis piernas, rodillas, muslos y pantorrillas, usaba sus dedos y manos. La sensación de sus dedos en mis muslos y rodillas me hacía estallar en carcajadas. «¡No, no, por favor, para!», gritaba entre risas, pero no había escape. Sentía cada cosquilleo intensamente, y mis súplicas solo lo animaban a continuar.
El momento culminante llegó cuando las cosquillas se concentraron en mis pies. Usaba todos los elementos: plumas, pinceles, cepillos eléctricos, cepillos de peinar y sus dedos. «AAAAAHHHHHH, ¡no, no, no!», gritaba mientras mis carcajadas se mezclaban con súplicas incoherentes. Cada toque en mis pies me hacía retorcerme de una manera casi imposible debido a las ataduras.
El torturador me decía que intentara dejar quietos mis pies, pero yo le respondía en medio de las carcajadas, «¡Es imposible, no puedo dejarlos quietos!» En ese momento, él usó unos cepillos mecánicos que se movían en diferentes direcciones y los pegó con cintas a mis plantas. Además, usó unos guantes para peinar mascotas, lo que aumentó la intensidad de las cosquillas en mis pies. «¡Por favor, no más, no puedo soportarlo!» suplicaba, pero mis súplicas solo parecían animarlo más.
Finalmente, después de cerca de 120 minutos de intensas cosquillas, la sesión terminó. Me sentía exhausta pero de alguna manera liberada. El torturador me ayudó a desatarme y me entregó mi pago, junto con el extra prometido. Me vestí de nuevo, agradecí y me dirigí de regreso a Ottawa, reflexionando sobre la experiencia inusual pero lucrativa que había tenido.
Durante el viaje de regreso, pensé en la próxima sesión. Sabía que sería otra locura, pero ahora me sentía más preparada. Había aprendido a soportar más y a disfrutar el reto, una mezcla de adrenalina y diversión que nunca había imaginado.
Adriana
Original de Tickling Stories
