Masajista profesional

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Soy Silvia, tengo 45 años y soy masajista profesional. Mido 1,68 metros, tengo piel trigueña, cabello negro rizado y ojos color miel. Siempre me ha gustado mantenerme en forma, así que voy todos los días al gimnasio. No tengo pareja estable ni hijos, y tengo mi propio estudio de masajes dentro de mi apartamento. Mis clientes son hombres y mujeres profesionales y solventes, y mis servicios son únicamente masajes netamente profesionales.

Un día, recibí a Catalina, una de mis clientas frecuentes. Catalina es una mujer gerente de una reconocida empresa del país. Tiene unos 40 años, cabello rubio, piel blanca, ojos azules y mide aproximadamente 1,70 metros. Es ingeniera industrial de profesión y gerencia la empresa para toda Colombia y parte de Suramérica. La presión que enfrenta es enorme, y ese día, particularmente, se veía muy estresada.

Le pedí a Catalina que se desvistiera, quedara únicamente en ropa interior y se acostara en la camilla de masajes. Catalina tiene un cuerpo esbelto y tonificado, con una piel suave y bien cuidada. Sus pies son de tamaño mediano, con uñas bien arregladas y pintadas de un rojo brillante.

Empecé a trabajar en su espalda, aplicando aceite de masaje y realizando movimientos suaves y circulares. Desde el primer contacto, noté algo inusual. Catalina soltaba risitas involuntarias cada vez que mis manos se deslizaban por su piel.

«¿Estás bien, Catalina? Pareces más sensible de lo habitual,» le pregunté con curiosidad.

Catalina rió suavemente. «No lo sé, Silvia. Hoy estoy extremadamente sensible. No entiendo por qué.»

Para aligerar el ambiente, que se sentía un poco tenso debido a las reacciones involuntarias de Catalina, decidí deslizar mis uñas suavemente por las plantas de sus pies. Catalina soltó una carcajada y movió los pies desesperadamente. Sus pies eran suaves, con una pedicura impecable y uñas pintadas de un azul pastel.

«¡Dios mío, Silvia! Soy muy cosquillosa en los pies,» exclamó entre risas.

«No te preocupes, también tengo muchas cosquillas en todo el cuerpo,» le dije, intentando que no se sintiera incómoda.

Catalina se giró un poco en la camilla, mirándome con una mezcla de sorpresa y diversión. «¿En serio? ¿Y qué tal si hacemos algo diferente hoy? Podríamos hacernos cosquillas mutuamente. Claro, solo si estás de acuerdo.»

Me sorprendió su propuesta, pero también sentí una chispa de curiosidad. «Nunca he hecho eso antes, Catalina. No estoy segura de si podría soportar una hora de cosquillas.»

Catalina sonrió. «Bueno, yo tampoco. Pero podría ser divertido, ¿no crees?»

Finalmente, accedí. Comencé primero, deslizando mis dedos por las costillas de Catalina, quien inmediatamente estalló en carcajadas.

«¡Ahhh, eso hace cosquillas! ¡Jajajaja!» gritó entre risas.

Me uní a las risas. «¡Tienes muchas cosquillas! Esto va a ser interesante.»

Después de unos minutos, me concentré en sus pies. Empecé a acariciar suavemente sus plantas, moviendo mis dedos por sus arcos y entre sus dedos. Catalina no pudo contenerse y estalló en carcajadas, moviendo los pies de un lado a otro.

«¡No, mis pies no! ¡Jajajaja, eso cosquillea demasiado!» gritó entre risas.

Seguí haciéndole cosquillas en los pies por un buen rato. Catalina tenía unos pies hermosos y bien cuidados, con la piel suave y tersa. Las cosquillas en sus arcos y entre los dedos la hacían reír a carcajadas y suplicar que parara.

Después de una hora haciéndole cosquillas, Catalina estaba exhausta de tanto reír. Entonces, fue su turno. Ella comenzó acariciando suavemente mis axilas, y me retorcí, soltando una carcajada. Yo también tenía una pedicura reciente, con las uñas de los pies pintadas de un color rosa brillante.

«¡No, ahí no! ¡Jajajajaja!» intenté contenerme, pero las cosquillas eran demasiado intensas.

Catalina no se detuvo ahí. Continuó haciéndome cosquillas en los arcos de los pies, y la risa se volvió incontrolable. Grité y reí como loca durante toda la hora. Ambas descubrimos que teníamos puntos extremadamente sensibles, especialmente en los arcos de los pies y las axilas. Las cosquillas en esas partes nos hacían chillar, gritar y reír sin parar.

«¡No puedo más, Silvia! ¡Jajajaja, me haces morir de risa!» gritaba Catalina mientras intentaba liberarse de las cosquillas.

Yo también estaba exhausta de reír. «¡Esto es una locura! ¡Jajajaja, no sabía que podía reír tanto!»

Al final de la sesión, estábamos tumbadas en la camilla, respirando con dificultad pero sonriendo. Habíamos pasado de una sesión de masaje relajante a una experiencia única y divertida que nunca olvidaríamos.

«Gracias, Silvia. Realmente necesitaba esto,» dijo Catalina, todavía recuperándose de las risas.

«Yo también, Catalina. Fue una forma diferente de liberar el estrés, ¿verdad?»

Catalina asintió. «Definitivamente. ¿Lo repetimos la próxima vez?»

Reí. «Claro, pero quizás no por tanto tiempo. ¡Jajajaja!»

Silvia

Original de Tickling Stories

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