Tiempo de lectura aprox: 2 minutos, 13 segundos
Hola, soy Dunia, tengo 39 años y soy profesional en psicología. No estoy casada ni tengo una relación estable, quizás porque mi profesión me ha llevado a mantener ciertas distancias emocionales. Mi vida, aunque a veces parece solitaria, es muy activa y está llena de desafíos. Me describiría como una mujer de cabello negro y corto, ojos verdes y piel clara. Mido 1,72 metros, peso 56 kg y calzo talla 39. Soy una mujer que cuida mucho de su apariencia; me encanta mantenerme bien arreglada y siempre me hago pedicure, especialmente con el esmalte rojo brillante que resalta contra la piel blanca de mis pies.
Una de las cosas más particulares sobre mí es mi extrema cosquillosidad. En general, soy muy cosquillosa en todo mi cuerpo, pero mis pies son el punto más sensible. En particular, el arco de mis pies es mi área más hipercosquillosa. Esta sensibilidad puede ser un verdadero tormento para mí. En el pasado, he tenido parejas que disfrutaban haciéndome cosquillas en los pies, inicialmente como una especie de juego durante el acto sexual, pero con el tiempo, esa diversión se convirtió en una verdadera tortura. La risa incontrolable y la desesperación de no poder escapar se convirtieron en algo que realmente odiaba.
Mi vida dio un giro inesperado cuando un joven de 19 años comenzó a venir a mi consultorio. Él tenía un fetiche muy específico relacionado con los pies y las cosquillas. Durante nuestra primera cita, me confesó que estaba obsesionado con las mujeres que usaban zapatos abiertos o de tacones, y que fantaseaba con hacerles cosquillas en los pies. Esa conversación me dejó inquieta, especialmente porque mis propios pies son extremadamente sensibles a las cosquillas.
En nuestra segunda sesión, él me preguntó directamente si tenía cosquillas en los pies, y aunque al principio me sentí incómoda, finalmente le revelé que calzaba talla 39 y que era muy cosquillosa, especialmente en el arco de mis pies. Vi en sus ojos una emoción que me desconcertó y me causó cierta incomodidad.
Durante la tercera sesión, el chico volvió con más historias sobre sus experiencias con mujeres y cosquillas. Al final de esa cita, me pidió que le permitiera hacerme cosquillas. Aunque le expliqué que no me gustaba para nada esa sensación, accedí a su solicitud. Durante la cuarta sesión, me encontré con él nuevamente, vestida con un pantalón de lino negro, una camisa blanca y tacones rojos. Aquel día, me hizo cosquillas de manera intensa, y a pesar de lo desesperante que era, algo en el fondo me impulsaba a querer que continuara.
Finalmente, llegamos a la quinta sesión. Para esa ocasión, decidí vestirme completamente de blanco: pantalón y camisa blanca, cinturón rojo y tacones con tiritas que dejaban mis pies a la vista. El chico, al entrar al consultorio, no pudo apartar la mirada de mis pies. Me preguntó por qué había elegido ese calzado, y le respondí que era para ver cómo se comportaba. Sin embargo, en esa sesión, no me contó ninguna historia; simplemente me pidió hacerme cosquillas.
Me recosté en el sofá, y él comenzó a hacerme cosquillas en las plantas de mis pies, moviendo sus dedos con una precisión que me hizo reír a carcajadas mientras intentaba mover mis pies para escapar. A pesar de la desesperación, sentía una mezcla de placer y tormento, una experiencia que nunca había vivido de esa manera.
Después de 45 minutos de intensas cosquillas, se detuvo, me ayudó a levantarme y agradeció la oportunidad. Me propuso hacer una sesión más, pero esta vez atada de pies y manos. Aunque le dije que debía pensarlo, me sentí intrigada y desconcertada por la intensidad de la experiencia.
Así terminó nuestra última sesión. A pesar de que el chico se fue, me quedé con una reflexión sobre cómo una experiencia que comenzó como una inquietud terminó siendo una revelación inesperada. La sensación de vulnerabilidad y la desesperación provocada por las cosquillas habían despertado en mí emociones que nunca había explorado.
Dunia
Original de Tickling Stories
