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Hace un par de semanas se mudó frente a mi apartamento un chico de unos 18 años. Lo había visto un par de meses atrás cuando, junto a sus padres y el agente inmobiliario, visitábamos un apartamento desocupado. No imaginé que pronto volveríamos a encontrarnos.
La semana pasada, mientras me preparaba para salir rumbo al supermercado, abrí la puerta de mi apartamento con mi rutina habitual: saludé a Camilo, mi pequeño de 6 años, y dejé que la niñera se encargara de él por la tarde. Con mi bolso en mano, salí a la calle. Fue en ese preciso instante que me encontré cara a cara con el nuevo vecino.
—Hola, ¿tú eres la Andrea de este edificio? —me preguntó con una sonrisa amigable.
—Sí, soy yo —respondí—. Soy Andrea, tengo 32 años y vivo aquí con mi hijo.
Él se presentó:
—Me llamo Miguel Ángel. Tengo 18 años, voy a empezar la universidad para estudiar ingeniería de sistemas y, pues, hoy me mudé solo a este edificio.
La conversación fluyó de manera natural. Me llamó la atención su entusiasmo y la forma en que hablaba de sus nuevos comienzos. Entre saludos y algunas risas, intercambiamos detalles sobre nuestras vidas: yo le conté sobre mi trabajo como freelancer en diseño gráfico, y él me habló de sus planes para la universidad.
No pasó mucho tiempo antes de que mi camino se separara del suyo y yo continuara con mis diligencias, pero ese breve encuentro dejó una impronta en mí. Cada vez que salgo, me alegra ver su cara y recordar ese primer saludo.
Lo curioso es que, en medio de esta nueva etapa, me he dado cuenta de lo impredecible que puede ser la vida. Después de aquel día, seguí con mi rutina y, sin esperarlo, algunos encuentros fortuitos han surgido en el edificio, recordándome que siempre hay espacio para nuevas experiencias y para redescubrir la alegría en lo cotidiano.
Cada encuentro me recuerda que, a pesar de las responsabilidades y las rutinas, la vida nos sorprende con momentos llenos de sencillez y humanidad. Y aunque mi día a día transcurra entre el trabajo y la crianza de Camilo, esos momentos con Miguel Ángel me hacen pensar en el futuro y en las posibilidades que trae cada nuevo vecino.
Un par de días después de nuestro primer encuentro, me crucé nuevamente con Miguel Ángel. Salía de mi apartamento rumbo al supermercado cuando lo vi en el vestíbulo del edificio. Con mi bolsa en mano y una sonrisa amable, me acerqué y le dije:
—Hola, Miguel Ángel. Tengo algo en mente que me gustaría preguntarte.
Él, con esa sonrisa que parecía iluminar el lugar, respondió:
—¡Hola, Andrea! Claro, dime.
Recordé entonces lo que me dijo la primera vez que nos conocimos: “Tú eres la famosa Andrea”. Siempre me había quedado esa frase en la mente, y hoy, con la curiosidad a flor de piel, decidí preguntarle:
—La otra vez me dijiste: “Tú eres la famosa Andrea”. ¿Qué quisiste decir con eso?
Miguel Ángel se rió suavemente y me miró con sinceridad:
—Mira, Andrea, todos los vecinos, especialmente los de la tercera edad, dicen que eres muy servicial. Te conocen desde hace años y siempre hablan de lo mucho que ayudas a los demás. Creo que esa fama, esa buena reputación, te precede por aquí.
Sus palabras me sorprendieron y me hicieron sentir apreciada. Siempre había creído que simplemente hacía lo que podía, sin darme cuenta de que para ellos era algo realmente especial. Entre risas y una mirada cómplice, respondí:
—Vaya, nunca lo había pensado de esa manera. Siempre pensé que solo hacía lo que se me venía de las ganas.
—Pues ya ves —continuó Miguel Ángel—, lo que para nosotros puede parecer normal, para ellos es un gesto extraordinario.
Ese breve intercambio me llenó de una calidez inesperada. Me hizo ver que, en medio de la rutina diaria, de cuidar a Camilo y trabajar como freelancer en diseño gráfico, mi esfuerzo por ayudar a los demás era notado y valorado.
Nos despedimos con un apretón de manos y una sonrisa. Esa conversación me dejó pensando en lo afortunada que soy de formar parte de una comunidad donde la bondad y la ayuda desinteresada se reconocen. Cada vez que veo a Miguel Ángel en el edificio, me recuerda que, aunque la vida tenga sus desafíos, siempre hay pequeños momentos de luz que nos hacen sentir valorados.
Ese mismo día, como habíamos conversado en la mañana, justo después de dejar a Camilo en el colegio, me encontré nuevamente con Miguel Ángel. Esa mañana ya habíamos intercambiado algunas palabras amistosas en el vestíbulo del edificio, y cuando regresé a mi apartamento, lo vi saliendo del suyo. Nos saludamos con cortesía y la conversación se mantuvo en ese tono cordial que me resultaba familiar.
Casi una hora y media después, salí nuevamente, esta vez en chanclas, porque justo me había pintado las uñas de los pies de un rojo vibrante. Caminaba por el edificio con esa sensación de frescura y un toque de diversión, cuando, una vez más, me crucé con Miguel Ángel. Él, al verme, no pudo evitar detenerse un instante para observar mis pies y, con una sonrisa sincera, me dijo:
—Andrea, tienes unos pies muy bonitos, y las uñas te han quedado increíbles con ese color rojo.
Me sorprendió el comentario, pero sonreí y respondí:
—Gracias, Miguel Ángel.
Antes de despedirse, con un aire de confianza y una pizca de picardía, añadió:
—Sabes, también sé dar masajes. Si alguna vez necesitas relajarte o simplemente quieres que alguien te mime un poco, solo dímelo.
Le devolví una sonrisa y, entre risas, le contesté:
—Bueno, lo tendré en cuenta.
Aquella breve interacción, tan natural y llena de pequeños detalles, me dejó pensando en cómo, a veces, los encuentros más casuales pueden aportar un toque especial al día. Mientras regresaba a mi apartamento, con el eco de su cumplido y la promesa de un posible masaje resonando en mi mente, me di cuenta de que estos momentos hacen que la rutina se llene de sorpresas y de una sutil magia que me invita a disfrutar cada instante.
A mediodía, fui al colegio de Camilo para recogerlo y luego lo llevé a su clase de pintura. Con el tiempo transcurrido en la mañana, me sentí llena de energía y decidí regresar a mi apartamento para continuar con mi trabajo de freelancer en diseño gráfico.
Al llegar, me quité los tenis y las medias, y me puse mis chanclas. Con esa sensación de frescura y el día en marcha, me acomodé frente al computador para retomar mis tareas. Sin embargo, en medio de la concentración, mi laptop comenzó a fallar de forma inesperada.
Frustrada pero decidida a no detenerme, pensé en buscar ayuda. Recordé lo amable que había sido Miguel Ángel en nuestros encuentros anteriores, así que decidí salir del apartamento y tocar la puerta del suyo.
Minutos después, su puerta se abrió y, con esa sonrisa habitual, él me preguntó:
—¿Qué sucede, Andrea?
Con una mezcla de urgencia y esperanza, le respondí:
—Mi computadora está fallando. ¿Podrías revisarla, por favor?
Miguel Ángel asintió, invitándome a pasar. Mientras se acomodaba en su sala, le expliqué que había estado trabajando en algunos diseños y que de repente la máquina se apagó y empezó a reiniciarse sola. Él, siempre tan atento, comenzó a examinarla con paciencia, mientras conversábamos de manera amena sobre el día, la rutina del edificio y algunos detalles de nuestras vidas.
En ese momento, entre charlas y risas, me di cuenta de que esos pequeños rescates y gestos amables hacen que el día se llene de sorpresas agradables. Miguel Ángel se tomó el tiempo de intentar solucionar el problema.
En ese momento, entre charlas y risas, me di cuenta de que esos pequeños rescates y gestos amables hacen que el día se llene de sorpresas agradables. Miguel Ángel se tomó el tiempo de intentar solucionar el problema de mi laptop, mientras yo me recosté en el sofá, sin chanclas, dejando que mis pies descansaran cerca de donde él trabajaba. Yo estaba concentrada en mi iPad, revisando algunos diseños, sin percatarme de lo que Miguel Ángel estaba haciendo.
Fue entonces, sin que yo lo notara, que Miguel Ángel deslizó suavemente sus dedos índices sobre las plantas de mis pies, desde los talones hasta la base de mis dedos. De repente, una carcajada explosiva brotó de mí, acompañada de un grito y un instinto inmediato de retirar mis pies.
—¡Ah! —exclamé, mientras mis pies se apartaban rápidamente.
Miguel Ángel, con la cara teñida de asombro y una ligera sonrisa, dijo:
—¡Eres cosquillosa!
Me sonrojé un poco y, entre risas y algo avergonzada, respondí:
—Sí, tengo muchas cosquillas en mis pies.
Por un instante, el ambiente se llenó de una extraña complicidad. Yo traté de retomar mi trabajo en el iPad, pero el eco de mi risa aún resonaba en la sala. Miguel Ángel, aún sorprendido, se disculpó:
—Lo siento, Andrea, fue un accidente… no pude evitarlo, tus pies me invitaron a moverme.
—No te preocupes —dije entre una mezcla de risa y timidez—. Mis pies son muy sensibles.
Ambos nos reímos suavemente, y la situación, aunque inesperada, dejó una huella de camaradería en medio de la rutina diaria. Mientras Miguel Ángel volvía a concentrarse en revisar mi laptop y yo retomaba mis tareas en el iPad, noté cómo ese pequeño gesto había transformado nuestro encuentro en algo aún más memorable.
Casi diez minutos después, sin haber prestado mucha atención, volví a estirar mis pies en el sofá, disfrutando de la comodidad del momento. Me había relajado tanto que ya ni recordaba la pequeña travesura de Miguel Ángel. Pero él sí.
De repente, en un movimiento rápido, me atrapó los pies con su brazo izquierdo, haciéndome una especie de llave que me dejó completamente a su merced.
—¡No, Miguel Ángel! ¡No hagas eso! —exclamé de inmediato, dándome cuenta de sus intenciones.
—¿Por qué no? —preguntó con esa sonrisa pícara que ya me resultaba familiar.
—¡Porque me dan muchas cosquillas! ¡En serio! —supliqué entre risas nerviosas, tratando de liberar mi pie.
Pero Miguel Ángel hizo caso omiso y, sin darme tiempo de reaccionar, deslizó sus dedos hábilmente por mis plantas, recorriéndolas con precisión desde los talones hasta la base de los dedos.
—¡NOOOO! ¡JAJAJAJA! ¡Miguel Ángel, por favor! —grité entre carcajadas, tratando de encoger los pies, pero su agarre era firme.
—Vaya, sí que eres cosquillosa… —dijo divertido mientras seguía con su tortura.
Yo pataleaba, me retorcía en el sofá y me aferraba a los cojines como si fueran mi única esperanza.
—¡Ya, ya! ¡Por favor! ¡JAJAJA! ¡Miguel Ángel, suéltameeee!
Él seguía con sus dedos explorando cada rincón de mis plantas, centrándose en la zona debajo de los dedos, donde mis carcajadas se hacían aún más escandalosas.
—¿Te rindes? —preguntó entre risas.
—¡SÍ! ¡JAJAJA! ¡LO JURO, YA!
Pero, para mi desgracia, Miguel Ángel no parecía satisfecho con mi rendición. En lugar de detenerse, redobló sus esfuerzos y sus dedos comenzaron a deslizarse con más rapidez por mis plantas.
—¡No, no, nooo! ¡JAJAJAJAJA, ya me rendíííí! —grité entre carcajadas, retorciéndome en el sofá, tratando de zafar mis pies de su agarre.
—Mmm… no sé, como que no te escuché bien… —dijo fingiendo confusión mientras sus dedos subían y bajaban, enfocándose en los arcos de mis pies.
—¡Migueeel, por favor! ¡JAJAJA, esto es injusto! ¡No puedes preguntar si me rindo y seguir de todas formas! —intenté razonar, pero las lágrimas de risa ya nublaban mi visión.
—Oh, claro que puedo, y lo estoy haciendo —respondió con una sonrisa traviesa, mientras ahora usaba ambas manos, asegurándose de que no tuviera escapatoria.
Mi cuerpo se agitaba como si estuviera en una montaña rusa de cosquillas. Pateaba suavemente en el aire, pero él tenía mis tobillos bien asegurados.
—¡Eres un abuso de persona! ¡Jajajaja! ¡Te juro que cuando esto acabe me vengaré! —logré decir entre carcajadas, intentando tomar aire.
—¿Vengarte? ¡Jajaja! Primero tendrías que atraparme… y dudo que puedas hacerlo después de esto —dijo, dándome un último ataque justo debajo de los dedos, lo que me hizo pegar un chillido y encogerme de golpe.
—¡NOOOO! ¡JAJAJAJAJA! ¡Miguel, no más, no más! —grité entre carcajadas, pero mis súplicas eran inútiles.
Miguel Ángel, completamente entregado a su travesura, ahora exploraba cada rincón de mis pies con una precisión digna de un experto en cosquillas. Ya no solo eran las plantas; sus dedos se aventuraban por los bordes, los talones y hasta entre mis dedos, haciendo que mi risa subiera de nivel hasta el punto en que apenas podía respirar.
—¡Aaaaah! ¡No, no ahí, no ahíííí! ¡JAJAJAJAJAJAJA! —me revolvía en el sofá como si me hubieran conectado a la electricidad, pateando sin control, pero él tenía mi tobillo bien asegurado.
—¡Ohhh, qué interesante! ¿Aquí es peor? —dijo con una sonrisa traviesa mientras se concentraba en la parte más sensible de mi arco, justo debajo de mis deditos.
—¡NOOO! ¡JAJAJAJA! ¡ME ESTÁS MATANDO, MALVADOOO! —intenté tomar aire entre carcajadas, pero mis fuerzas me abandonaban poco a poco.
—Mmm, no sé, aún te escucho con mucha energía… —dijo, como si evaluara si debía seguir o no.
—¡Nooo, Miguel, te juro que ya, YA! —supliqué con la voz entrecortada, tratando de recuperar el control de mi cuerpo.
Pero, por supuesto, él no parecía convencido.
—Vamos a hacer una prueba… si logras decir «Miguel Ángel es el mejor» sin reírte, te dejo ir —propuso con una sonrisa de superioridad.
—¡Nooo! ¡Eso es trampa! —reclamé entre jadeos.
—¿Ah, sí? Pues entonces… —Y, sin más, comenzó a usar las puntas de sus dedos para hacer pequeños movimientos rápidos justo en la parte baja de mis deditos.
—¡AAAAAAAAHHH! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA! —mi risa estalló sin control mientras mis pies se retorcían en el aire como si tuvieran vida propia.
Miguel Ángel no daba tregua. Sus dedos recorrían cada centímetro de mis plantas con movimientos rápidos y precisos, deslizándose por mis arcos, presionando justo debajo de mis dedos y arañando suavemente mis talones. Yo intentaba resistirme, pero era imposible.
Mis pies entraron en un estado de pánico total. Instintivamente, apretaba los dedos con fuerza como si intentara atrapar sus manos y detenerlo, pero él simplemente esperaba a que los abriera para deslizar sus dedos justo por esos espacios.
—¡AAAAH, NO, NO, NO! ¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡MIS DEDOOOOOS! —chillé cuando sentí cómo jugueteaba entre ellos, haciéndome perder lo poco de control que me quedaba.
—¡Uy, esto es lo peor para ti, eh! —comentó divertido mientras seguía con su implacable ataque.
Yo intentaba todo: estiraba las plantas, las arrugaba, movía mis pies a los lados, hacia arriba, hacia abajo, pateaba el aire, pero nada funcionaba. Miguel Ángel tenía un agarre perfecto y, por más que intentara liberarme, sus manos siempre encontraban la forma de seguir cosquilleándome.
—¡YA, YA, YA! ¡JAJAJAJAJA! ¡TE JURO QUE NO PUEDO MÁS! —supliqué, sin poder evitar llorar de la risa.
—Mmm… no sé, sigues gritando muy fuerte, eso significa que aún te queda aire —dijo con una sonrisa traviesa, como si estuviera calculando cuánto tiempo más podría torturarme.
—¡NOOOO, POR FAVOR, YA NO MÁS! ¡MI-GUEL ÁN-GEL, ERES CRUEEEEL! —grité entre carcajadas, tratando de recuperar mis pies, pero él se aseguró de darme unos últimos ataques justo en mis puntos más débiles antes de soltarme finalmente.
Miguel Ángel, al notar mi reacción explosiva, pareció fascinado. —Vaya, creo que encontré tus puntos débiles —dijo con una sonrisa pícara.
—¡No, no, no! ¡Miguel Ángel, no te atrevas! —grité entre carcajadas, tratando de recuperar mis pies, pero él ya tenía una misión en mente.
Con precisión quirúrgica, aplicó más cosquillas entre mis dedos y en el centro de mis plantas, donde había descubierto que mi risa se volvía más caótica. —¡Nooo, ahí nooo! ¡JAJAJA, MIGUEL ÁNGEL, ERES MALVADO!» Me retorcía en el sofá, intentando escapar, pero él solo se reía de mi desesperación.
—¿Ah sí? ¿Y qué pasa si hago esto? —preguntó, trazando círculos con sus dedos en el centro de mis pies.
Solté un chillido y mi risa se convirtió en un torbellino de carcajadas. Intentaba empujarle con mis piernas, pero él tenía buen control de la situación.
—¡Vas a pagar por esto! ¡En cuanto pueda respirar, te atraparé!»
Él rió, sin soltarme del todo. —Eso si logras alcanzarme, ¿no?
Mis intentos por liberar mis pies se convirtieron en un caótico juego de movimientos y carcajadas, mientras él seguía divirtiéndose con mi debilidad.
Miguel Ángel sonrió con picardía al notar mi reacción explosiva.
—Vaya, vaya… parece que encontré un mapa del tesoro —comentó, deslizando sus dedos entre los míos mientras yo me retorcía.
—¡NOOO, AHÍ NOOOO! ¡JAJAJAJAJA! ¡ERES MALVAAADO! —grité entre carcajadas, sacudiendo la cabeza y tratando de cerrar los dedos de los pies para protegerme.
—Oh, ¿qué tenemos aquí? ¿Un escondite secreto? —bromeó él, usándolo como excusa para redoblar su ataque. Con movimientos ágiles, atrapó mis dedos entre los suyos y los frotó suavemente, enviándome otra ola de risas desesperadas.
—¡NO PUEDO MÁÁÁÁÁS! ¡JAJAJAJA!
Miguel Ángel se recargó contra el sofá, completamente divertido con mi sufrimiento cosquilloso.
—¿Segura? —preguntó con fingida inocencia mientras trazaba pequeños círculos en el centro de mis plantas, ese punto fatal que me hacía chillar como si estuviera en una montaña rusa.
—¡NO-OOHOOO! ¡POR FAVOR, TE LO SU-P-PLICO!
Yo pataleaba, me encogía, hacía lo posible por zafarme, pero él tenía toda la ventaja. En un intento desesperado por escapar, rodé a un lado, pero Miguel Ángel simplemente me siguió, asegurándose de que mis pies quedaran atrapados otra vez en su trampa.
—Andrea, creo que oficialmente eres la persona más cosquillosa que he conocido —soltó riendo.
—¡GRACIAS, PERO PREFIERO OTRO TÍTULO! —jadeé entre risas.
Sin darme tregua, cambió su técnica. Ahora usaba solo la punta de sus dedos para recorrer lentamente mis arcos, haciendo que mi risa se volviera más entrecortada y llena de súplicas.
—¿Qué tal aquí? —susurró mientras acariciaba la base de mis dedos con movimientos lentos.
—¡AAAAHHHH! ¡MI-GUEL ÁNGEL, TE ODI… TE ODIOOOO!
—¿Ah, sí? Pues tu risa dice otra cosa… —respondió con una gran sonrisa.
—¡MI-GUEL ÁNGEL, NO MÁS, NO MÁS, TE LO JUROOOO! ¡JAJAJAJA! —rogaba entre carcajadas mientras intentaba zafarme, pero él simplemente negaba con la cabeza, divirtiéndose demasiado con mi reacción.
—Mmm… no sé, Andrea. Siento que aún te queda energía para reír un buen rato más —dijo con una sonrisa traviesa, deslizando sus dedos justo en la parte media de mis plantas, ese punto maldito que me hacía perder el control.
—¡NOOOO, NO AHÍIII! ¡JAJAJAJA!
Intenté tomar aire y pensar en algo que pudiera hacer que me soltara. Y entonces se me ocurrió.
—¡Miguel Ángel, en serio! ¡Necesito ir al baño! ¡JAJAJAJAJA!
Por un instante, él detuvo sus movimientos y me miró con una ceja levantada, como si estuviera evaluando la credibilidad de mi súplica. Yo, aún retorciéndome, traté de poner mi mejor cara de urgencia mientras jadeaba entre risas.
—¿Ah, sí? ¿Y justo ahora se te ocurre? —dijo con fingida duda, pero con una sonrisa maliciosa.
—¡SÍIIIII, JAJAJA, SUÉLTAMEEE!
Pero en lugar de hacerlo, simplemente chasqueó la lengua y negó con la cabeza.
—Nah, no te creo.
—¡¿QUÉ?! ¡ES EN SERIOOOO, TE LO JUROOOO!
—Mmmm… —fingió pensarlo mientras de repente empezaba a dibujar pequeños círculos en la parte más alta de mis arcos con la punta de sus dedos.
—¡AAAAAHHHHHHH! ¡JAJAJAJAJAJAJA!
—¿Sabes por qué no te creo? Porque las personas que realmente necesitan ir al baño no pueden reírse así.
—¡SÍIIII PUEDEN! ¡JAJAJAJA! ¡TÚ NO ERES CIENTÍFICO PARA SABERLOOOO!
—Tal vez no, pero tengo sentido común —se burló mientras con ambas manos ahora atrapaba mis pies y deslizaba sus pulgares firmemente por el centro de mis plantas.
—¡NOOOOOO, POR FAVOR, NOOOO MÁS! ¡MI-GUEL ÁÁÁÁNGEL, ERES UN SAAAADICOOOOO!
Mis carcajadas eran imparables, mi cuerpo se retorcía con desesperación y mis pies no paraban de sacudirse, pero él seguía, sin piedad, disfrutando de mi reacción.
—Vaya, Andrea… eres demasiado cosquillosa. ¿Cuánto tiempo crees que puedas aguantar?
—¡NAAAADA! ¡YA ME GANASTE, TE LO SUPLICOOOOOOO!
—Mmm… no sé, me gusta verte retorciéndote así… —dijo con una sonrisita divertida mientras su ataque continuaba sin tregua.
Nunca imaginé que pedirle ayuda a mi vecino estudiante de ingeniería de sistemas con mi laptop terminaría convirtiéndose en una sesión de tortura de cosquillas despiadada en mis hipersensibles plantas.
Miguel Ángel seguía sin mostrar ni una pizca de piedad, y mis carcajadas resonaban por todo el apartamento.
—¡MI-GUEL ÁÁÁNGEL, POR FAVOR, YA NO MÁÁÁS! ¡JAJAJAJAJAJA!
—¿Segura? Porque no parece que quieras que me detenga… sigues riéndote mucho —dijo con una sonrisita traviesa mientras sus dedos continuaban recorriendo cada rincón de mis pobres pies.
—¡ES QUEEEE… NO PUEDO EVI-TAAAARLOOO! ¡JAJAJAJAJA!
Intentaba en vano apartar mis pies, pero sus manos eran rápidas y expertas, siempre encontrando el punto perfecto para hacerme perder la poca cordura que me quedaba.
—A ver, a ver… ¿qué pasa si hacemos esto? —preguntó con falsa inocencia antes de empezar a deslizar suavemente sus uñas entre mis dedos.
—¡AAAAAAAHHHH NO, NO, NOOOO! ¡NO ENTRE LOS DEDOS, NOOO! ¡JAJAJAJAJA!
—¿Aquí? —preguntó con burla, metiendo sus dedos entre los míos y moviéndolos de un lado a otro, como si intentara «darme la mano» con los pies.
—¡SÍÍÍ, AHÍÍÍÍ! ¡ES INSOPORTABLEEEE! ¡JAJAJAJAJAJA!
Me retorcía como loca, sacudía los pies, pateaba el aire, pero nada servía.
—¡Migueeel! ¡Te lo suplicoooo! ¡JAJAJAJAJAJA!
—Mmmm, no sé… me parece que todavía te queda mucha energía.
—¡NOOOO, YA NOOOO! ¡VOY A MORIIIR, LO JUROOOO!
—Nah, exagerada —se burló mientras pasaba de mis dedos a mis arcos, donde presionó con sus pulgares y comenzó a frotar en círculos lentamente.
—¡AAAAAAH, NOOOO, AHÍ NOOO! ¡JAJAJAJAJAJA!
Mi risa se hizo más aguda y mi fuerza para resistirme ya no existía.
—¡Vas a romper el récord de la persona más cosquillosa del mundo! —soltó riendo.
—¡NO QUIERO ESE RÉCORD, SUÉLTAMEEEEE!
Pero él simplemente siguió, sin remordimientos, decidido a descubrir cada punto débil de mis pobres pies.
Miguel Ángel sonrió con picardía al ver mi estado de completo caos entre risas, sacudidas y súplicas inútiles. Yo ya no podía ni hablar bien de tantas cosquillas, y en mi desesperación, intenté lo último que me quedaba.
—¡Migu… JAJAJAJ! ¡Miguel Ángel, p-por favor! ¡Necesito ir al baño! —logré soltar entre carcajadas entrecortadas.
Pero él ni se inmutó.
—¡Ah no! ¡Ese es el truco más viejo del mundo! —respondió con una risa traviesa—. ¿Crees que voy a caer en eso? ¡Ja! ¡Ni lo sueñes!
—¡PERO ES VERDAD! ¡JAJAJAJA! ¡EN SERIO! ¡YA, PARA, POR FAVOR!
Pero mis intentos de convencerlo solo lo hicieron reír más.
—Mmm, no sé, no suenas muy convincente… —dijo, fingiendo pensarlo mientras seguía bailando sus dedos por mis plantas sin descanso.
—¡LO JURO! ¡Juro que tengo que ir al baño! ¡JAJAJAJAJA!
—Bueno, te creo… —dijo finalmente.
Sentí un respiro de alivio, pero fue un alivio demasiado corto porque en cuanto bajé la guardia, Miguel Ángel soltó una carcajada malvada y comenzó a cosquillearme el doble de rápido.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡NOOOO, ERES UN DEMONIOOOO! ¡SUÉLTAMEEEEEE!
Yo movía mis pies frenéticamente, apretaba los dedos, los estiraba, los arrugaba, ¡todo en vano! Parecía que cada nuevo truco que intentaba para escapar solo lo animaba más.
—¡Uy, creo que descubrí algo aquí! —dijo emocionado, enfocando toda su atención en el centro de mis plantas, justo en la zona más cosquillosa.
—¡NO, NO, NO, NO, NO, NO! ¡JAJAJAJAJAJAJA!
Su técnica era impecable. Rápidos arañazos en la base de mis dedos, caricias suaves en mis arcos, y ataques implacables en mis talones. No podía más. Estaba completamente a su merced.
—¡Está bien, está bien! ¡JAJAJAJA! ¡ME RINDO, LO JURO, ME RINDO DE VERDAD!
Pero Miguel Ángel solo alzó una ceja con incredulidad.
—¿Ah sí? ¿Y cómo sé que no es otra trampa para que te suelte?
—¡LO JURO POR TODOOOO! ¡JAJAJAJA! ¡POR LO QUE QUIERAS!
Miguel Ángel soltó una risa burlona.
—Mmm… no sé, no sé… Tal vez deba seguir un poco más, por seguridad.
—¡NOOOO! ¡JAJAJAJAJAJA! ¡ERES TERRIBLEEEEE!
Sentí que mi alma abandonaba mi cuerpo de tantas cosquillas. Yo solo me revolcaba en el sofá, completamente agotada de reír.
Apenas sentí que mis pies eran liberados, traté de tomar aire, mi pecho subía y bajaba descontroladamente mientras recuperaba el aliento tras semejante ataque. Pero antes de siquiera procesar el alivio, Miguel Ángel, con la rapidez de un felino cazando a su presa, saltó sobre mí en el sofá.
—¡AHHH, NOOOO! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA! —solté un grito seguido de un estallido de carcajadas antes de que pudiera reaccionar.
Sus manos, veloces y despiadadas, encontraron su camino a mi cintura, apretando suavemente los lados antes de deslizarse entre mis costillas.
—¡Miguel Ángel, NOOOO! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA! ¡DETENTE, POR FAVOR!
—¡Ohhh, pero qué descubrimiento! —exclamó con una sonrisa traviesa mientras seguía su ataque—. ¡Tu cintura también es un punto débil!
—¡SÍ, LO ES, LO ES! ¡JAJAJAJAJAJA! ¡POR ESO DETÉNTEEEEEE!
Pero, por supuesto, eso solo lo animó más.
Sus dedos se deslizaron ágilmente entre mis costillas, haciendo que mi cuerpo se retorciera como loco bajo su peso. Yo intentaba empujar sus manos, pero mi fuerza estaba completamente anulada por el frenesí de cosquillas que me estaban torturando.
—¡No te retuerzas tanto, Andrea! ¡JAJAJA! ¡Apenas puedo mantenerte quieta!
—¡P-PORQUE NO PUE-DOOOO! ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Justo cuando pensaba que nada podía ser peor, Miguel Ángel llevó su ataque a un nuevo nivel.
—Mmm… veamos qué tal aquí… —murmuró con tono travieso mientras sus manos se deslizaron con precisión quirúrgica hacia mis axilas.
—¡NOOO, AHÍ NOOOOOOOO! ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Pero ya era tarde.
Sus dedos comenzaron a moverse con rapidez, trazando círculos y arañando suavemente la piel sensible de mis axilas, lo que provocó que mi risa se volviera completamente descontrolada.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡NOOOO, MIGUEL ÁNGEL, ERES TERRIBLE! ¡VOY A MORIIIIIR!
—¡Ohhh, vamos! No exageres, ¡apenas estoy calentando!
—¡NO MÁS, NO MÁS, NO MÁS! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!
Mis piernas pateaban en el aire, mis brazos intentaban cerrar el acceso a mis axilas, pero Miguel Ángel se las arreglaba para colar sus dedos una y otra vez, implacable.
—¡Dime algo! —dijo entre risas—. ¿Cuánto tiempo crees que podrías aguantar esto?
—¡NINGUNOOOOO! ¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡ME VOY A DESMAYAAAAR!
Pero en lugar de detenerse, Miguel Ángel volvió a su ataque inicial, alternando entre la cintura, las costillas y las axilas, sin dejarme un solo respiro.
—¡PARECES UN PEZ FUERA DEL AGUA! —se burló mientras yo me revolvía como loca, sin escapatoria alguna.
Yo solo podía reír, reír y seguir riendo, completamente a su merced.
El frenesí de cosquillas era tan intenso que mi cuerpo no paraba de retorcerse y revolcarse en el sofá. Mis carcajadas resonaban en todo el apartamento, mis brazos intentaban desesperadamente bloquear sus manos, pero Miguel Ángel, implacable, seguía atacando sin piedad.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA, NO PUEDO MÁS! ¡VOY A MORIR AQUÍ MISMO!
Pero él solo sonrió con diversión.
—¡Pues prepárate porque esto no ha terminado! —dijo con una expresión traviesa mientras sus dedos se deslizaban con precisión quirúrgica entre mis costillas, haciéndome gritar y reír aún más fuerte.
Entre el caos de mi risa descontrolada y mis intentos fallidos de escapar, me retorcí tanto que, sin darme cuenta, resbalé y ¡PLAF! Terminé cayendo del sofá al suelo con un golpe amortiguado por la alfombra.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! —No sabía si reía más por la caída o porque Miguel Ángel, en lugar de detenerse, aprovechó mi nueva posición para continuar con su despiadado ataque.
—¡Ohhh, mira lo que hiciste! —se burló mientras se acomodaba rápidamente a mi lado, inclinándose sobre mí—. ¡Ahora tienes aún menos escapatoria!
—¡NOOOO, MIGUEL ÁNGEL, YA NO MÁS, TE LO SU-PLI-COOOO! ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Pero mi súplica cayó en oídos sordos. Sus manos regresaron a mi cintura y costillas, bailando sobre mi piel con precisión milimétrica, mientras yo me retorcía como un pez fuera del agua, golpeando el suelo con los puños entre carcajadas incontrolables.
—¡Eres una cosquillosa nivel experto! —comentó con diversión mientras su ataque descendía lentamente hacia mi abdomen.
—¡N-NO SOY… NADA… SOLO UNA VÍCTIMAAA! ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
—¡Vaya, qué dramática! Pero ya que estamos aquí… —dijo con una sonrisa aún más malvada antes de deslizar sus manos nuevamente hacia mis axilas.
—¡NOOO, AHÍ NOOOOTAMPOCO! ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Mis piernas se pateaban en el aire, intentaba alejarlo, pero mi fuerza estaba completamente anulada por la risa. No tenía escapatoria, y Miguel Ángel parecía dispuesto a seguir atormentándome hasta el fin de los tiempos.
—¿Te rindes? —preguntó con malicia.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡CLARO QUE ME RINDO! ¡DESDE EL PRIMER SEGUNDO ME RINDOOOO!
Pero en lugar de soltarme, él simplemente sonrió con picardía.
—Mmmm… No sé si creerte. Tal vez necesito hacer una pequeña prueba…
—¡¿QUÉ PRUEBA?! ¡NOOOO! ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
iguel Ángel, con esa sonrisa traviesa y malvada en su rostro, aprovechó mi vulnerabilidad absoluta. Yo todavía me retorcía en el suelo, con mi risa descontrolada, cuando de repente sentí su aliento acercándose peligrosamente a mi cuello.
—A ver… me pregunto si aquí también eres cosquillosa —susurró con tono juguetón.
—¡NO, NO, NO! ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Pero antes de que pudiera terminar mi súplica, Miguel Ángel inclinó su rostro y empezó a soplar suavemente en mi cuello, alternando con pequeños roces de su nariz y, peor aún, ¡su barba incipiente rozando mi piel!
—¡AAAAHHHHHHH! ¡NOOOO, MIGUEL ÁNGEL, NO HAGAS ESOOOOOO! ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Intenté encogerme, meter los hombros, hacerme bolita, ¡lo que fuera! Pero él solo se acomodó mejor, asegurándose de seguir sentado encima de mí, dejándome completamente atrapada.
—Mmmm… definitivamente este es un buen punto —comentó divertido mientras ahora añadía pequeños besitos y mordiditas en mi cuello.
Yo me convulsionaba de risa debajo de él, tratando de apartar mi cuello, pero no había escapatoria. La mezcla de su barba, su aliento y sus mordiditas suaves me tenían en un estado de histeria absoluta.
—¡JAJAJAJAJAJAJA, POR FAVOR, YA NO MÁÁÁS! ¡NO PUEDO MÁS, EN SERIOOOO!
—Mmm… no sé, sigues riendo demasiado —dijo con fingida seriedad, llevando sus manos de nuevo a mi cintura y costillas, atacándome sin piedad mientras su boca seguía jugando con mi cuello.
—¡MI-GUEEEEEEEL ÁNGEEEEEEL! ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Mis carcajadas resonaban por todo el apartamento. Mi fuerza estaba completamente drenada, mis piernas se movían sin control, y cada vez que intentaba suplicar, él encontraba una nueva forma de hacerme sufrir más.
—¿Me crees ahora cuando te digo que las cosquillas son un arte? —preguntó con una sonrisa de satisfacción.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡ERES UN DEMONIOOOOOO!
Pero en lugar de detenerse, él solo se inclinó un poco más y susurró en mi oído:
—¿Demonio? Nah… pero si quieres, puedo ponerme peor…
—¡NOOOO, NOOOO, NOOOO! ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Apenas empezaba a recuperar el aliento, aún tumbada en el suelo con el pecho subiendo y bajando rápidamente, cuando vi que Miguel Ángel miró su reloj con una sonrisa traviesa. Yo, en mi ingenuidad, pensé que por fin me daría un respiro.
—Uf… en serio… ¡eres un maldito! —le dije entre risas entrecortadas, aún tratando de normalizar mi respiración.
—¿Maldito? Nah, maldito sería si hiciera… esto.
—¿Qué co—?
No terminé la frase. En un abrir y cerrar de ojos, Miguel Ángel me agarró de los tobillos con firmeza y me jaló de golpe, deslizándome por el suelo hasta que mis pies quedaron nuevamente atrapados entre sus manos.
—¡NOOOOOOOO! ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡ES-PE-RA, NO PUEDE SER!
—¿Nada de gracias? ¡Exacto! —dijo con fingida seriedad antes de lanzarse directamente a mis plantas, corriendo sus dedos ágilmente sobre cada centímetro de piel hipersensible.
Mi reacción fue inmediata. Mi cuerpo entero entró en estado de colapso total.
—¡AAAHHHHHHHH! ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡MIS PIEEEES, NOOOOOO!
Mis manos golpeaban el suelo, mis piernas se sacudían frenéticamente, pero Miguel Ángel tenía un agarre de hierro.
—¡Dios, no puedo creer que sean TAN cosquillosos! —dijo riendo mientras deslizaba sus dedos entre mis dedos de los pies, separándolos uno por uno para atacarlos con precisión quirúrgica.
—¡AAAAAAAHHHH, NO, NO, NOOOOOO! ¡NO ME SEPARES LOS DEDOOOOS! ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
—¿No? ¡Entonces haré esto!
Dicho y hecho. Como si no fuera suficiente tortura, Miguel Ángel inclinó su rostro y, sin previo aviso, volvió a meter mis dedos en su boca, lamiéndolos y mordisqueándolos suavemente.
—¡NAAAHHHHHH, NOOOOO! ¡ESO NOOOOO, ESO NOOOO! ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Era una sensación completamente insoportable. El calor de su lengua, la textura húmeda, la presión de sus labios… todo multiplicaba mis cosquillas hasta niveles inhumanos.
—¿No es esto lo mejor? —dijo con voz burlona, alternando entre lamidas y soplidos en mis archicosquillosas plantas.
—¡TE OOOO-DI-O! ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Yo solo podía sacudirme como loca, tratando de encontrar alguna manera de liberarme, pero mi cuerpo estaba completamente fuera de control por la risa. Era un caos absoluto, y él lo sabía.
—¿Te rindes?
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡ME RINDOOOOOO, LO JUROOOO, ME RINDOOOOOO!
Miguel Ángel, finalmente, se detuvo. Me soltó los tobillos y se recostó en el sofá, mirándome con una sonrisa triunfal mientras yo me quedaba boca arriba en el suelo, respirando como si hubiera corrido un maratón.
—Bueno, creo que ahora sí ya quedó claro quién manda aquí —dijo divertido.
Yo, con los ojos entrecerrados y sin fuerzas siquiera para levantarme, solo pude mirarlo con una mezcla de agotamiento y venganza en mis pensamientos.
—Esto… no… se va… a quedar… así… —dije entre jadeos.
Él solo se encogió de hombros con descaro.
—Cuando quieras intentarlo, aquí estaré. Pero recuerda…
Se inclinó un poco y, con la sonrisa más diabólica que le había visto hasta ahora, susurró:
—Ya sé exactamente cómo destruirte.
Mis ojos se abrieron como platos.
—¡NOOOO, JAJAJAJAJAJA! ¡MALDITO, TE JURO QUE UN DÍA TE LAS COBRARÉ!
Miguel Ángel solo rió mientras se ponía de pie, dejándome ahí, completamente destrozada, pero con una certeza absoluta…
Esta guerra de cosquillas no había terminado.
Andrea
Original de Tickling Stories
