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Secuela de la historia: El precio de la justicia. Sino la has leído lo puedes hacer dando clic aquí.
Maritza había logrado desaparecer del radar. Había cambiado de residencia, eliminado su rastro digital y evitado cualquier contacto con clientes o colegas del mundo legal. Pero a pesar de sus esfuerzos, no había contado con una posibilidad aterradora: alguien la había encontrado.
Uno de sus antiguos y poderosos clientes, un hombre cuya identidad era un misterio incluso para las autoridades, había descubierto su paradero. No por casualidad, sino porque tenía los recursos y la influencia para localizar a cualquiera, incluso a una abogada experta en cubrir sus huellas.
Desde hacía semanas, la vigilaba en silencio, estudiando sus movimientos. No entendía del todo por qué Maritza había renunciado tan abruptamente a un caso tan lucrativo y de tanta importancia. Sospechaba que ella sabía más de lo que decía y que, en algún momento, podría convertirse en un problema. No podía arriesgarse a que hablara.
Pero había algo en Maritza que despertaba su curiosidad. Aunque aún no conocía su punto débil, estaba decidido a descubrirlo. Y para ello, necesitaba un plan.
Una noche, mientras Maritza cenaba sola en la tranquilidad de su nuevo hogar, una llamada desconocida iluminó la pantalla de su teléfono. Dudó antes de contestar, pero la curiosidad la venció.
—¿Hola?
—Señorita Vargas —dijo una voz masculina, profunda y controlada—. Tenemos asuntos pendientes.
El corazón de Maritza se detuvo por un segundo.
—No sé quién es usted ni de qué está hablando —respondió con frialdad.
—Oh, claro que lo sabes —continuó la voz—. Llevaste un caso muy importante y luego, de repente, te retiraste sin reclamar un solo centavo. Eso es muy inusual. Lo que me hace pensar que… tienes miedo.
Maritza sintió un escalofrío recorrer su espalda.
—No tengo miedo de nadie —dijo, manteniendo la compostura.
—Eso lo veremos.
La llamada se cortó.
Maritza sintió cómo el pánico se apoderaba de ella. Había sido cuidadosa, había tomado todas las precauciones… ¿cómo la habían encontrado?
Se levantó de la mesa de inmediato, cerrando todas las puertas con llave y bajando las persianas. Su instinto le decía que debía salir de ahí cuanto antes. Pero lo que no sabía es que ya era demasiado tarde.
Días después, Maritza recibió una invitación a un exclusivo evento de gala, organizado por una firma de abogados internacional. Aunque había dejado el mundo legal, la curiosidad la llevó a considerar asistir. Pensó que podría ser una oportunidad para tantear el terreno, ver si todavía era recordada o si, de alguna manera, podía volver a su vida normal sin ser perseguida.
Vestida elegantemente, con un vestido negro ceñido al cuerpo y unos tacones que realzaban su estatura, llegó al evento sin sospechar que había caído en la trampa.
Todo parecía normal. Vino, música clásica y conversaciones formales llenaban la sala. Pero, en un momento de distracción, alguien la tomó del brazo con firmeza.
—Maritza Vargas —dijo una voz detrás de ella.
Ella se giró y se encontró con un hombre de traje oscuro, de mirada intensa y sonrisa fría.
—¿Quién es usted? —preguntó, manteniendo la calma.
—Un cliente insatisfecho —respondió él con sorna—. Pero no te preocupes, pronto haremos que todo tenga sentido.
Antes de que pudiera reaccionar, un pinchazo en el cuello la hizo perder el equilibrio. Su visión se tornó borrosa y el mundo se desvaneció.
Cuando Maritza despertó, se encontraba en una habitación oscura, atada a una silla. Sus muñecas estaban firmemente sujetas y sus tobillos inmovilizados. Intentó moverse, pero la sujeción era perfecta.
—¿Dónde estoy? —dijo con la voz adormecida.
—En un lugar seguro… para mí —dijo la misma voz de antes, que ahora sonaba mucho más cerca.
La luz se encendió de golpe, cegándola por un instante. Frente a ella estaba el hombre que la había interceptado en la gala. Ahora lo veía con claridad: cabello bien peinado, rostro afilado y unos ojos oscuros que la observaban con calma, como un depredador estudiando a su presa.
—Necesito respuestas, Maritza —dijo él, cruzándose de brazos—. Y créeme, las voy a obtener.
Ella lo miró con rabia.
—No sé qué crees que vas a lograr con esto, pero no te diré nada.
El hombre sonrió con una confianza inquietante.
—Ah, Maritza… eso es lo que dicen todos al principio. Pero, tarde o temprano, hablan.
Se acercó lentamente y se agachó hasta quedar a su altura.
—Verás, tengo muchas maneras de hacer que la gente coopere. Pero lo interesante es que… descubrí algo sobre ti.
Maritza sintió un nudo en el estómago.
—¿De qué hablas?
El hombre sacó un teléfono y reprodujo un audio. Era su propia voz, gritando, riendo y suplicando durante su anterior tortura.
Los ojos de Maritza se abrieron con horror.
—Parece que tienes un punto débil muy particular… —dijo el hombre con una sonrisa maliciosa—. Cosquillas.
Maritza sintió cómo el miedo la paralizaba.
—No… —murmuró, su voz temblorosa.
El hombre sacó un par de guantes de cuero y se los puso con calma.
—Voy a disfrutar esto, Maritza.
Se arrodilló frente a ella y, con una precisión meticulosa, comenzó a deslizar sus dedos lentamente por sus costados. Maritza cerró los ojos con fuerza, mordiendo su labio para no reaccionar.
Pero el hombre no tenía prisa.
—¿Nada todavía? —dijo, aumentando la intensidad de sus movimientos.
Los labios de Maritza temblaron.
—Mmmmfff…
El hombre sonrió.
—Oh, vamos… sé que estás luchando.
Entonces, bajó sus manos hasta sus muslos y deslizó sus dedos con lentitud por la tela de su vestido.
—Hhhnnng… —Maritza intentó aguantar, pero su piel ya estaba ardiendo con la anticipación.
El hombre se acercó a su oído y susurró:
—Dime lo que quiero saber, y todo esto terminará.
Maritza sacudió la cabeza desesperadamente.
—No… n-no… ¡NO!
En ese instante, el hombre deslizó sus manos hasta sus pies, quitándole lentamente los tacones.
—Veamos qué tan cierto es lo que dicen sobre tus pies…
Maritza sintió un escalofrío recorrer su espalda.
—¡No, espera!
Pero el hombre ignoró su súplica y comenzó a deslizar sus uñas por sus plantas desnudas.
—¡NOOOOHAHAHAHAHA! ¡BASTA! ¡NOOOOOHAHAHAHAHAHA!
El sonido de su risa desesperada llenó la habitación.
El hombre sonrió.
—Tenemos toda la noche, Maritza.
La habitación se llenó de un eco macabro: la risa desgarrada de Maritza entrecortada por jadeos de pánico. Sus pies, pálidos y sensibles, se retorcían bajo los dedos expertos del hombre, cuyas uñas trazaban círculos lentos en las plantas, alternando presión y velocidad.
—¡HAHAHAHA! ¡POR FAVOR, BA-BASTA! ¡NO PUEDO… HAHAHA! —suplicó Maritza, arqueándose en la silla, las lágrimas resbalando por sus mejillas.
El hombre inclinó la cabeza, observando su agonía con fascinación.
—¿En serio creíste que quería información? —preguntó, deteniéndose un instante. Su voz era suave, casi tierna—. Desde que te vi manejar aquel caso, supe que había algo especial en ti… una vulnerabilidad oculta bajo esa fachada de abogada imperturbable.
Maritza jadeó, recuperando el aliento. Sus ojos brillaban de rabia y humillación.
—Eres un m-monstruo… —masculló, temblando.
—Monstruo es una palabra fuerte —respondió él, deslizando un dedo desde el talón hasta el dedo gordo de su pie derecho—. Prefiero… conocedor de placeres únicos.
—¡ESTO NO ES PLACER! —gritó ella, mientras un nuevo ataque de risa estallaba—. ¡HAHAHAHA! ¡DETENTE, POR DIOS!
El hombre ignoró sus súplicas. Sacó un cepillo de cerdas suaves de su bolsillo y lo pasó lentamente por el arco de su pie izquierdo. Maritza gritó, su cuerpo convulsionando contra las ataduras.
—¿Ves? —murmuró él, acercándose a su rostro—. Esto no es tortura. Es… exploración. Cada risa, cada temblor, me dice más de ti que cualquier confesión.
—¡TE ODIO! —aulló Maritza, pero su voz se quebró en otra carcajada—. ¡NHAHAHAHA!
El hombre sonrió, disfrutando de la dualidad en su rostro: la furia luchando contra la vulnerabilidad física. Durante horas, alternó herramientas: plumas que danzaban entre sus dedos, cepillos que recorrían sus costillas, incluso un vibrador eléctrico que colocó brevemente en su cuello, provocando espasmos incontrolables.
—¡NO MÁÁÁS! ¡TE LO SUPLICO! —imploró Maritza, la voz ronca, el cuerpo cubierto de sudor.
El hombre se detuvo, tomándole la barbilla con fuerza.
—¿Sabes lo que más me intriga? —susurró—. Que podrías haber evitado esto si no hubieras asistido a la gala. Pero algo en ti… ansía este juego.
—¡MENTIRA! —gritó ella, pero una sonrisa fugaz cruzó el rostro del hombre.
—¿En serio? —deslizó una mano bajo su vestido, los dedos rozando la parte interna de su muslo—. Tu cuerpo dice lo contrario.
Maritza contuvo la respiración, los ojos dilatados.
—No… —susurró, pero era demasiado tarde. Sus dedos ascendieron, encontrando ese punto sensible cerca de la cadera.
—¡AH! ¡NO, AHÍ NO! ¡HAHAHAHAHA! —Maritza se sacudió violentamente, la risa mezclada con sollozos—. ¡BASTA, BASTA!
El hombre rio, un sonido bajo y cálido que heló la sangre de Maritza.
—Shhh… esto es solo el principio —dijo, mostrando una jeringa con un líquido translúcido—. Un pequeño estimulante nervioso. Hará que cada roce… dure.
Maritza gritó cuando la aguja penetró su brazo. En minutos, una sensación de fuego líquido se extendió bajo su piel. El hombre sopló suavemente en su oreja, y ella estalló en carcajadas antes siquiera de que lo tocara.
—Impresionante —murmuró él, comenzando de nuevo con los dedos en sus costillas—. Eres… perfecta.
Las horas se difuminaron en un ciclo interminable: risas convertidas en llanto, súplicas en roncos susurros. Cuando el hombre finalmente se detuvo, Maritza colgaba de las ataduras, jadeando, el cuerpo exhausto pero aún hipersensible.
—Mañana será más interesante —prometió él, acariciando su mejilla—. He diseñado un aparato… correas para colgarte boca abajo, cepillos automáticos en tus pies. Quiero ver cuánto aguantas antes de rogarme que no pare.
Antes de irse, colocó un dispositivo con una pantalla frente a ella.
—Mírate —ordenó—. Esta eres tú… sin máscaras, sin control. Real.
Maritza vio su reflejo: cabello desgreñado, rostro enrojecido, ojos salvajes. Una extraña mezcla de vergüenza y liberación la invadió.
—No… esto no soy yo… —murmuró, pero una parte de ella dudaba.
El hombre apagó la luz, dejándola en oscuridad.
—Descansa, Maritza —dijo desde la puerta—. Tu nuevo dueño cuida bien de sus… posesiones.
La puerta se cerró. Maritza escuchó la risa del hombre alejarse, mientras las palabras resonaban en su mente. Sabía que debía encontrar una manera de escapar, pero otra voz, pequeña y aterradora, susurraba que quizás… quizás él tenía razón.
La mañana siguiente, la luz blanca de una lámpara led se encendió de golpe, cortando como un cuchillo la penumbra de la habitación. Maritza entrecerró los ojos, su cuerpo tensándose al instante. Cada músculo le ardía, sus muñecas y tobillos estaban en carne viva por forcejear contra las ataduras, y el vestido negro que aún llevaba puesto estaba rasgado y manchado de sudor. Su cabello, antes impecable, caía en mechones desgreñados sobre su rostro pálido.
—Buenos días, princesa —la voz del hombre resonó desde la puerta, demasiado alegre para el infierno que habitaban.
Maritza intentó tragar, pero su garganta estaba seca como el desierto. Él se acercó, sosteniendo un vaso de agua con una pajita.
—Bebe —ordenó, acercando el líquido a sus labios agrietados.
Ella dudó, pero la sed pudo más que el orgullo. Sorbió con avidez, el agua fresca aliviando por un segundo la quemazón interna. Mientras lo hacía, el hombre observaba cada movimiento de su garganta, como un científico estudiando un espécimen.
—Gracias… —murmuró Maritza, sin querer darle el gusto.
El hombre sonrió, colocando el vaso en una mesa cercana.
—No me agradezcas todavía —dijo, desabrochándose lentamente los puños de la camisa—. Hoy será más… divertido.
Maritza sintió que el corazón le latía en el cuello.
—¿Qué… qué quieres de mí? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
El hombre se inclinó hasta quedar a su altura, sus ojos oscuros brillando con una chispa perversa.
—Quiero oír esa risa otra vez. La que brota cuando pierdes el control… cuando yo te lo quito —susurró, rozando con un dedo la costura del vestido cerca de su axila derecha—. ¿Lista para el segundo round?
—¡No, por favor! ¡Ayer ya fue suficiente! ¡No puedo…! —suplicó Maritza, pero el hombre colocó un índice sobre sus labios.
—Shhh… —susurró—. Tus no siempre se convierten en sí… tarde o temprano.
Antes de que pudiera reaccionar, sus manos se abalanzaron. Los dedos del hombre, fríos y expertos, se deslizaron bajo sus brazos, apuntando directamente a las axilas, donde la tela del vestido se había rasgado, exponiendo piel sensible.
—¡NOOOHAHAHAHA! ¡NO AHÍ, NO! —Maritza se retorció violentamente, la risa explotando como un torrente.
—¡Oh, pero es tu zona favorita! —bromeó él, alternando entre arañar suavemente con las uñas y presionar con las yemas de los dedos—. ¿Ves? Tu cuerpo no miente…
—¡ESTOY… HAHAHA… CANSADA! ¡NO PUEDO… HAHAHAHA! —gritó Maritza, las lágrimas brotando de nuevo.
El hombre no se detuvo. Con el brazo izquierdo, continuó atacando su axila derecha, mientras con la mano derecha deslizó los dedos por su costado, buscando ese punto exacto entre las costillas que ya había descubierto la noche anterior.
—¡AH! ¡NO LAS COSTILLAS! ¡HAHAHAHA! ¡TE ODIO, TE ODIO! —aulló, arqueándose hacia adelante, las ataduras cortando su piel.
—¿Odio? —el hombre rio, aumentando la velocidad de sus dedos en las costillas—. El odio y la risa son primos cercanos, Maritza… Mira cómo se besan en tu cara.
La combinación era insoportable. Las axilas, hypersensibles por horas de tortura previa, respondían con espasmos caóticos cada vez que sus dedos se enrollaban en los pequeños vellos o presionaban los huecos más profundos. Las costillas, por su parte, habían desarrollado una memoria traumática: cada roce desencadenaba una carcajada más aguda, más desesperada.
—¡PARA! ¡TE LO… HAHAHA… SUPLICO! ¡ME VOY A DESMAYAR! —gritó, la voz convertida en un chirrido.
El hombre pausó un instante, solo para acercar sus labios a su oreja.
—Prométeme que no te desmayarás… —susurró, caliente contra su piel—. Quiero que sientas todo.
Y entonces, sin transición, sus manos cambiaron de táctica. En las axilas, usó las uñas para trazar líneas rápidas y aleatorias, como un pianista tocando una sonata en clave de locura. En las costillas, sus dedos se convirtieron en pinzas que pellizcaban y retorcían la piel suavemente, un contraste diabólico.
Maritza perdió el sentido del tiempo. Su mundo se redujo a la oscilación entre el dolor de la risa forzada y el terror de no poder controlar su propio cuerpo. En un momento de lucidez, entre espasmos, notó que el hombre había conectado un dispositivo metálico a los pies de la silla.
—¿Qué… qué es eso? —jadeó, con el poco aire que le quedaba.
El hombre siguió su mirada y sonrió.
—Ah, esto… —dijo, acariciando el objeto que parecía una mezcla entre un soporte médico y un instrumento de tortura—. Es para cuando te canses de mis dedos… —explicó, ajustando unas correas con cepillos giratorios en los extremos—. Pero no hoy. Hoy prefiero hacerlo personal.
Al decir eso, desabrochó de un tirón los remanentes de mangas del vestido, exponiendo completamente sus axilas. Maritza intentó cerrar los brazos, pero las ataduras lo hicieron imposible.
—Por favor… —susurró, sin fuerzas para gritar—. No…
El hombre observó su piel erizada, los escalofríos anticipatorios recorriéndola, y suspiró, casi con ternura.
—Eres una obra de arte… —murmuró, antes de clavar los diez dedos en ambas axilas a la vez, moviéndolos como si tocara un acordeón invisible.
El grito de Maritza fue tan agudo que casi no sonó humano.
—¡AAAAAAAAHHHAHAHAHAHAHA! ¡NO, NO, NO! ¡HAHAHAHA! ¡MÁTAME EN VEZ DE ESTO! —suplicó, la risa mezclada con un llanto histérico.
El hombre no respondió. Su respiración se había acelerado, sus ojos brillaban con una intensidad enfermiza. Durante minutos que se sintieron como siglos, la habitación fue un crescendo de risas, súplicas y el roce incesante de piel contra piel.
Cuando finalmente se detuvo, Maritza estaba inclinada hacia adelante, jadeando, la saliva seca en las comisuras de su boca.
—¿Por qué…? —logró decir, mirándolo con ojos inyectados en sangre—. ¿Por qué no me matas?
El hombre le acarició el rostro con una falsa dulzura.
—Porque eres divertida —respondió—. Y porque… —agregó, sacando un reloj del bolsillo—. Solo han pasado veinte minutos del segundo round.
Maritza palideció.
—No…
—Shhh… —él colocó un dispositivo con temporizador sobre la mesa—. Ahora, con tu permiso, quiero probar algo nuevo…
Antes de que pudiera protestar, ató sus brazos por encima de la cabeza, exponiendo completamente las axilas. Luego, sacó dos plumas de avestruz, largas y sedosas.
—¿Sabías que el cerebro no puede distinguir entre cosquillas suaves y… persistentes? —preguntó retóricamente, pasando las plumas por el aire cerca de su piel.
Maritza tembló, anticipando el contacto.
—No… no lo hagas…
El hombre sonrió.
—Demasiado tarde.
Las plumas descendieron, danzando en espirales sobre sus axilas desnudas. Al principio, el contacto fue tan ligero que Maritza contuvo la respiración, pero luego…
—¡HAHAHAHA! ¡NO, ASÍ NO! ¡PARA! —gritó, sintiendo cómo cada fibra de las plumas se multiplicaba en su piel, como si cien dedos la tocaran a la vez.
—¡Ahora! —exclamó el hombre, activando el temporizador—. Cuarenta minutos… y después, hablaremos de rendición.
Las carcajadas de Maritza se convirtieron en un mantra de desesperación. El hombre se recostó en una silla frente a ella, cruzó las piernas, y disfrutó del espectáculo. Cada vez que intentaba cerrar los brazos, las correas tiraban de ellos con fuerza. Cada vez que intentaba morderse los labios para no reír, las plumas encontraban un nuevo ángulo, un nuevo ritmo.
Y en algún lugar, entre la humillación y el éxtasis forzado, Maritza sintió que algo dentro de ella… se quebraba.
El aire en la habitación vibraba con un eco de locura. Maritza colgaba de las correas, los brazos estirados sobre su cabeza, las axilas expuestas y enrojecidas por horas de plumas, dedos y herramientas que ahora parecían extensiones del propio infierno. Su risa, antes estridente y llena de furia, se había convertido en un quejido ronco, entrecortado por hipidos y sollozos. El vestido negro, ahora poco más que jirones, revelaba moretones en sus costillas y muslos, mapas de una guerra que solo ella estaba perdiendo.
El hombre observaba desde un rincón, los ojos brillantes, mientras limpiaba meticulosamente un par de cepillos de cerdas de caballo con alcohol.
—¿Sabías que el cerebro humano puede colapsar si se sobreestimula? —preguntó, como si hablara del clima—. Es como una sinfonía… demasiadas notas, y todo se convierte en ruido.
Maritza intentó enfocar su mirada en él, pero el mundo se tambaleaba. Las luces LED parpadeaban en su visión, creando halos que se mezclaban con las sombras.
—Mátame… —susurró, pero la palabra sonó ajena, como si alguien más la hubiera pronunciado.
El hombre dejó los cepillos y se acercó, sosteniendo un frasco con un líquido viscoso y azulado.
—Esto es mentol concentrado —explicó, untando el líquido en sus dedos—. Aumentará la sensibilidad de tu piel un… ¿300%? Quizás más.
—No… —Maritza intentó retirarse, pero las correas la inmovilizaron—. ¡No lo hagas! ¡Por favor, ya no puedo…!
—Shhh —interrumpió él, aplicando el líquido primero en sus axilas. El frío fue instantáneo, un fuego helado que hizo gritar a Maritza—. Ahora, cada roce será como una corriente eléctrica.
Antes de que pudiera prepararse, sus dedos descendieron.
El efecto fue monstruoso.
—¡AAAAIIIIHAHAHAHAHA! ¡DIOS, NO! ¡QUEMA, QUEMA! —Maritza se sacudió como una marioneta descontrolada, los músculos abdominales contrayéndose en espasmos.
—¡Perfecto! —exclamó el hombre, fascinado—. ¡Mira cómo responde tu sistema nervioso!
Comenzó a alternar: una mano arañaba su axila izquierda enhielada, la otra usaba un cepillo en las costillas. Maritza sintió que su mente se fracturaba. Las risas se mezclaban con alucinaciones: veía sus propias carcajadas como pájaros negros escapando de su boca, las paredes se ondulaban al ritmo de su sufrimiento.
—¡Detente! ¡DETENTE! —gritó, pero ya no sabía si hablaba en voz alta o solo en su cabeza.
El hombre, como si leyera sus pensamientos, se inclinó y sopló suavemente en su oreja. El aliento cálido contrastó con el mentol, y Maritza estalló en una carcajada tan violenta que sintió que algo se rompía en su pecho.
—¿Qué… qué eres? —logró balbucear entre espasmos.
—Tu espejo —respondió él, pasando a usar las uñas en sus pies, ahora también untados con el líquido—. Te muestro lo frágil que eres… lo deliciosamente quebradiza.
Maritza intentó concentrarse en algo, cualquier cosa, para no perder el último hilo de cordura. Recordó su oficina en la ciudad, los casos que manejaba, la frialdad con la que doblegaba testigos en los juicios. Pero esos recuerdos se desvanecían, reemplazados por el presente: un cuerpo que ya no le pertenecía, convertido en un instrumento de placer perverso para otro.
De pronto, el hombre detuvo sus manos. Maritza jadeó, confundida, los ojos desenfocados.
—¿Por qué… paras? —preguntó, sin reconocer la esperanza en su propia voz.
Él sonrió y señaló hacia arriba. Maritza alzó la vista: atado al techo había un arnés de cuero, con correas diseñadas para inmovilizar cada articulación.
—Es hora de cambiar de ángulo —dijo él, soltando las ataduras de sus muñecas solo para sujetarla con fuerza—. Vamos, princesa.
Maritza intentó luchar, pero sus fuerzas eran fantasmas. El hombre la levantó como a una muñeca de trapo, ajustándola en el arnés hasta quedar colgada boca abajo, las piernas abiertas y los pies expuestos a la altura de su rostro.
—No… no otra vez… —susurró, viendo cómo el hombre se colocaba unos guantes con puntas de silicona en las yemas.
—Esta vez, no tocaré tus pies —susurró él, acariciando el aire cerca de sus talones—. Tocaré… aquí.
Sus dedos se cerraron alrededor de la parte trasera de sus rodillas.
El efecto fue catastrófico.
—¡¡NO, ESE LUGAR NO!! ¡¡HAHAHAHAHA!! —Maritza gritó, las venas del cuello sobresaliendo. La piel detrás de sus rodillas, fina y casi nunca expuesta, ardía bajo el mentol y las puntas de silicona—. ¡¡ESTO ES IMPOSIBLE, IMPOSIBLE!!
El hombre no hablaba más. Respirando entrecortado, trabajaba en silencio, como un artista en su obra maestra. A veces usaba un solo dedo para trazar círculos lentos; otras, deslizaba los diez dedos como si tocara un arpa. Maritza sintió que su mente se desconectaba. Ya no había pensamientos, solo sensaciones: picazón, frío, calor, risa, dolor, una cacofonía que borraba cualquier línea entre el cuerpo y el alma.
En un momento, creyó oír voces. ¿Clientes de su pasado? ¿Colegas? No. Eran risas, docenas de ellas, saliendo de sus propios labios como serpientes.
—¿Quieres agua? —preguntó el hombre de pronto, deteniéndose.
Maritza, con los ojos cerrados, asintió débilmente.
Él tomó una botella y, en vez de darle de beber, vertió el líquido frío sobre su estómago.
—¡¡HAAAAHAHAHA!! —Maritza se sacudió, el agua resbalando por su torso y potenciando cada cosquilla—. ¡¡TRAIDOR, TRAIDOR!!
—Lo siento —dijo él, sin un ápice de arrepentimiento—. Pero mentir es parte del juego.
Las horas se diluyeron. Cuando el hombre finalmente la bajó del arnés, Maritza se desplomó en el suelo, temblorosa, los miembros entumecidos. Él se arrodilló junto a ella, apartando el pelo sudado de su rostro.
—¿Sabes lo que más amo de esto? —preguntó, casi romántico—. Que cada vez que crees que no puedes más… descubres que sí puedes.
Maritza lo miró. Hubo un instante, brevísimo, en que consideró escupirle, arañarle los ojos, matarlo. Pero su cuerpo no respondió. Solo un hilo de saliva cayó de sus labios.
El hombre se levantó, ajustándose el reloj.
—Descansa —ordenó—. Mañana probaremos el electroestimulador… conectado a tus pies, claro.
Antes de salir, lanzó una última mirada. Maritza yacía en posición fetal, riendo suavemente, sin razón alguna.
La puerta se cerró. En la oscuridad, su risa continuó, un susurro quebrado que ya no necesitaba estímulos externos.
El caos, al fin, había ganado.
